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Delcy Rodríguez, la mujer que esperaba el final de Maduro

Mientras el régimen se derrumbaba, la vicepresidenta ya había tejido su propia salida. Sancionada y temida, emerge como la pieza clave del madurismo tras la captura y traslado a EE UU

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La vicepresidenta ejecutiva de Venezuela, Delcy Rodríguez
Efe

Delcy Rodríguez siempre supo esperar. Y supo moverse. Mientras Nicolás Maduro concentraba sobre sí el peso del descrédito internacional, las sanciones y ahora -según el nuevo escenario- la captura por parte de Estados Unidos tras una oleada de ataques militares, la vicepresidenta ejecutiva de Venezuela permanecía en un segundo plano solo en apariencia. En realidad, llevaba años preparándose para este momento.

A sus 56 años, Rodríguez emerge como la figura mejor posicionada para encabezar una transición interna del madurismo sin romper con el ADN autoritario del régimen. No es una conversión democrática. Es, como han advertido quienes la conocen bien, una operación de supervivencia.

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La vicepresidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez
EFE

“Ambiciosa, desalmada y profundamente resentida”

Vicepresidenta, ministra de Petróleo y pieza central del círculo íntimo de Miraflores, Delcy Rodríguez ya fue descrita por la periodista Ibéyise Pacheco en 2024 como “ambiciosa, desalmada y profundamente resentida”, “un ser oscuro” dispuesto a llevarse “por delante a Maduro o a quien sea necesario”.

Rodríguez no viene de la nada. Es hija de un guerrillero muerto bajo custodia del Estado en 1976, abogada de formación y diplomática de carrera durante los años de Hugo Chávez, aunque nunca logró integrarse del todo en su núcleo de poder. Con quien sí encontró su espacio fue con Maduro y, sobre todo, con Cilia Flores. Con ellos escaló hasta convertirse en una de las mujeres más poderosas del país, aunque -como subrayan varias voces femeninas del exilio- su ascenso no tenga nada que ver con el feminismo.

Con la confianza de Maduro y Flores

Su verdadera fortaleza es la confianza. Maduro confió en ella cuando perdió elecciones, cuando se fracturó el chavismo y cuando las sanciones internacionales obligaron al régimen a operar en la sombra. Y ella respondió convirtiéndose en operadora política, diplomática y económica. La llave perfecta la completa su hermano Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional oficialista. Juntos forman, según Ibéyise Pacheco, un binomio que estaba decidido a gobernar.

Tras las elecciones del 28 de julio de 2024, en las que Edmundo González derrotó a Maduro, el movimiento fue revelador: Rodríguez recibió el control del Ministerio de Petróleo y, de facto, de PDVSA. Es decir, el centro neurálgico del dinero, de las negociaciones con actores internacionales y de los mecanismos oscuros para esquivar sanciones.

Una imagen de Delcy Rodríguez y José Luis Rodríguez Zapatero

Oscuros como su papel frente a presos políticos, a quienes -según Pacheco- sometió a tortura psicológica, grabándolos en momentos de extrema vulnerabilidad. Oscuros como el “Delcygate”, cuando en 2020 su avión aterrizó en España pese a las sanciones europeas que le prohíben pisar suelo comunitario, desatando una crisis diplomática aún no cerrada. Oscuros como su actuación reciente en la embajada española en Caracas, donde, junto a su hermano, habría coaccionado al presidente electo Edmundo González, en lo que Mariela Magallanes calificó como una violación grave del derecho internacional y del derecho al asilo.

La adaptación de Rodríguez a los diversos escenarios

Pero si algo distingue a Delcy Rodríguez es su capacidad de adaptación. Mientras defendía en público la retórica antiimperialista, en privado exploraba escenarios alternativos. Según una investigación del Miami Herald, en abril y septiembre de 2025, los hermanos Rodríguez promovieron discretamente en Doha una idea hasta entonces impensable: el madurismo sin Maduro. Una transición “controlada” que preservara el poder del régimen, evitara procesos judiciales y ofreciera a Estados Unidos estabilidad y acceso a los recursos energéticos venezolanos.

La vicepresidenta ejecutiva de Venezuela, Delcy Rodríguez
EFE/ Ronald Pena R

En ese plan, Delcy Rodríguez se ofrecía como rostro de continuidad. Al parecer, o al menos de cara a la galería, Washington rechazó las propuestas, apodadas internamente “Cartel Lite”, pero el mensaje quedó claro: dentro del régimen, ella ya se veía como el relevo. Qatar habría sido el puente, un país donde, según las fuentes, Rodríguez también habría protegido parte de sus activos.

El poder no se hereda, se ocupa

A diferencia de otros jerarcas, según nos cuentan Delcy Rodríguez cuida su imagen con obsesión. Le gusta el lujo, las grandes marcas, las casas espectaculares en las mejores zonas de Caracas. Tanto, que tras la derrota electoral de Maduro, Cilia Flores le pidió moderar su ostentación.

Delcy Rodríguez, durante la decimonovena edición de la Comisión Intergubernamental de Alto Nivel Rusia-Venezuela
EFE/ Vicepresidencia de Venezuela

Hoy, con Maduro fuera de juego, su perfil cobra otra dimensión. No es una demócrata en ciernes ni una reformista. Es una operadora fría, sancionada por la Unión Europea y Estados Unidos, señalada como corresponsable de violaciones de derechos humanos y presuntos crímenes de lesa humanidad. Pero también es, para algunos actores internacionales, una figura “más aceptable” que un Maduro cercado por acusaciones de narcotráfico.

Sin embargo, Delcy Rodríguez no encarna el fin del chavismo. Encara su mutación. Y en esa mutación, su ambición -paciente, calculada, implacable- la coloca en el centro de la escena y del futuro del país. No como salvadora de Venezuela, sino como la mujer que siempre supo que el poder no se hereda: se ocupa.