La historia de Stéphane Lévesque ha provocado una oleada de indignación en Canadá. Este conductor de autobús escolar fue despedido tras permitir que una estudiante de 13 años viajara con sus compañeras rumbo al colegio, pese a que su nombre no figuraba en la lista oficial de pasajeros. Para Lévesque, la decisión fue obvia; para su empresa, motivo suficiente para rescindir su contrato.
El caso de Stéphane Lévesque pone sobre la mesa un debate incómodo: hasta qué punto las normas administrativas deben imponerse al sentido común cuando está en juego la seguridad de una menor.
Una decisión tomada por sentido común
Todo ocurrió a finales de mayo, cuando Stéphane Lévesque descubrió durante su ruta que una de las niñas no tenía autorización formal para subir al autobús. La menor, sin embargo, contaba con el consentimiento de su abuela, su tutora legal. Ante la situación, el conductor decidió no impedirle el acceso.
“Soy nuevo y no conocía todas las normas, pero pensé que esa niña solo quería ir al colegio”, explicó Stéphane Lévesque en declaraciones a ICI Radio-Canada. Según su versión, había plazas libres en el autobús y no veía ningún riesgo en permitir que viajara junto a sus amigas.
El problema del transporte alternativo
La abuela de la menor respaldó desde el primer momento la decisión de Stéphane Lévesque. Según explicó, el transporte público convencional obligaba a la niña a levantarse dos horas antes, además de generar una sensación de inseguridad al viajar sola. “Era una locura”, llegó a afirmar.

Además, la familia había recibido la negativa para acceder a esa línea escolar con el argumento de que no quedaban plazas, algo que, según el conductor, no se ajustaba a la realidad. Para Stéphane Lévesque, impedirle subir al autobús habría sido una medida desproporcionada.
Contactar con el sistema, el inicio del conflicto
Lejos de ocultar lo ocurrido, Stéphane Lévesque decidió actuar con transparencia. Se puso en contacto con la abuela para aclarar la situación y escribió al Centro de Servicios Escolares para informar de que existían asientos disponibles en su ruta.
La respuesta fue tajante. Desde su entorno laboral le recriminaron haber contactado tanto con la familia como con el organismo educativo, recordándole que no tenía autorización para hacerlo. Para el conductor, el problema no era la norma, sino la rigidez del sistema: la lista de pasajeros no se actualizaba pese a haber plazas libres.
El despido de Stéphane Lévesque
Pocos días después, Stéphane Lévesque recibió su carta de despido. En ella, la empresa alegaba incumplimientos contractuales relacionados con la comunicación externa, el uso de información confidencial y una sanción previa por exceso de velocidad.
El Centro de Servicios Escolares quiso desvincularse de la decisión y aclaró que no solicitó en ningún momento el despido, que se produjo cuando apenas restaban tres meses para finalizar el curso escolar. Aun así, Stéphane Lévesque perdió su empleo por una actuación que él considera estrictamente humanitaria.
“Conductores así no se encuentran todos los días”
Paradójicamente, la menor pudo finalmente recuperar su plaza en el autobús escolar. Un desenlace que no calmó a la abuela, que lamentó profundamente el precio pagado. “Me parece injusto que mi nieta vuelva al transporte escolar y que un hombre haya perdido su trabajo”, afirmó, defendiendo el gesto de Stéphane Lévesque.
El propio conductor sostiene que su acción fue castigada de forma desmedida y reclama una revisión del sistema. A su juicio, actualizar las listas del transporte escolar con mayor frecuencia permitiría mejorar el control y garantizar la seguridad de más alumnos.
Para la familia, el mensaje es claro: sin la intervención de Stéphane Lévesque, la seguridad de la menor habría estado en riesgo. Un gesto sencillo que, lejos de ser recompensado, terminó con un despido que sigue generando debate.
