Opinión

Es inverosímil que Óscar Puente no dimita

MADRID, 28/10/2026.- El ministro de Transportes, Óscar Puente, comparece ante los medios de comunicación en el Centro de Control del gestor de la infraestructura ferroviaria, Adif, en Madrid, para informar del accidente por alcance en la red de alta velocidad ferroviaria de este miércoles en Urda (Toledo). EFE/ Borja Sanchez-trillo
Óscar Puente, comparece ante los medios en el Centro de Control de Adif, en Madrid.
EFE/ Borja Sánchez-Trillo
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Por la mañana estuve unas cuantas horas sin saber qué decir o si tenía sentido expresar algo más allá de las condolencias, el horror, el espanto ante la catástrofe, el sentimiento de compasión (en compartir el dolor de los otros, de familiares, allegados o cualquier persona cercana a quien estuviera en los trenes); creo que no tenía sentido decir nada, en realidad, así que no lo dije. En los momentos de tragedia o fatalidad queda todo en suspenso salvo el dolor, que abarca todo en la conciencia y hasta constituye sus dimensiones. Sólo es importante, en un primer momento, animar a donar sangre, divulgar la información para familiares afectados o los números de emergencias, tal y como los políticos no deberían hacer nada que no fuera dedicarse a las tareas de emergencias, coordinación entre instituciones, rescate, investigación, dilucidar qué ha pasado, aportar toda la información necesaria…

Podemos debatir largo y tendido, después, sobre a partir de qué momento conviene o no pedir responsabilidades políticas. No compro del todo el discurso que dice que todo eso hay que dejarlo para etapas posteriores, a veces infinitamente postergadas, como le pasó a Mazón, que estuvo demasiado tiempo eludiendo darlas. La responsabilidad es un efecto colateral de la búsqueda de explicaciones, y la búsqueda de explicaciones comienza desde un primer momento: es imposible no buscar responsabilidades si una intenta hallar las explicaciones. Como desde el principio he querido entender un poco de lo que ha pasado, como la situación me sumió en el desconcierto, como su evolución me resultó inimaginable, intentar entender me lleva, necesariamente, a pensar en las responsabilidades.

La responsabilidad no puede caer sobre los hombros del trabajador, operario del supuesto “fallo humano”, como si fuera concebible, en 2026, que ante el fallo de un sistema todo dependa de la decisión de un individuo, y a sus espaldas pudieran cargársele decenas de muertos. Ha de ser algo mucho más complejo, en ocasiones difuso, sucesión de fallos donde la responsabilidad se distribuya, y sucesión también de decisiones: como, por ejemplo, la falta de la inversión necesaria en la red ferroviaria, acusada desde 2008 y prolongada bajo gobiernos tanto populares como socialistas; ha de ser de priorizar la extensión al mantenimiento; ha de ser, claro, de la sobrecarga de un sistema que, con ese bajo mantenimiento, ha priorizado la liberalización del tránsito y destinado más trenes a circular por vías que hasta hace poco estaban peor mantenidas. Y ha de ser, porque si no, no me lo explico, también de nuestros responsables políticos.

En Corea del Sur, con veintidós años de servicio ferroviario de alta velocidad, no hay ningún accidente con muertos documentado hasta la fecha, aunque haya tenido descarrilamientos. En Japón no ha muerto ningún pasajero por choque o descarrilamiento desde 1964. En Italia fallecieron dos maquinistas en febrero de 2020. En Francia, con una red con 45 años de servicio, no ha muerto ningún viajero en un servicio comercial desde 1981 y los datos históricos registran 3 fallecimientos. La red de alta velocidad china acumula un total de 41 muertos, 40 en Wenzhou en 2011, en un accidente parecido al de Urda, más la muerte de un maquinista en 2022 en un deslizamiento. Son 50 los que acumula Turquía, 9 si sólo se cuentan los muertos en trenes de alta velocidad. El peor caso histórico es el de Alemania, con 101 muertos en Eschede en 1998, a los que se suma otra víctima en Hamburgo en 2025. Si contamos Angrois, casi duplicamos a Alemania, segundo país en la lista de siniestros mortales. Si contamos Angrois, de hecho, estamos cerca de superar la suma de todo el resto de países juntos.

Sólo con las víctimas de los accidentes de este 2026 España ha perdido en un solo año más vidas en trenes de alta velocidad que ningún otro país en toda su historia. No hay justificación. No me cabe en la cabeza que Óscar Puente no dimita y no haya responsabilidades políticas. No considero que quepa imputarle a él los muertos o adjudicarle a su mero mando todas las decisiones que nos han llevado hasta aquí, pero sí que hay una dejadez, una tendencia, que hace que la situación se vuelva intolerable. Ningún país tendría que llegar hasta aquí o vivir unas circunstancias tan sobrecogedoras. No se puede seguir siendo ministro de Transportes cuando durante el mandato de uno como ministro de Transportes ha sucedido algo así, por mucho que las explicaciones sean distintas en Adamuz y en Urda; simplemente no se puede. O Puente dimite, o el Presidente del Gobierno ha de cesarlo; no hay alternativa, bajo el signo político que sea, que no pase por la auditoría completa del sistema ferroviario, ante algo que jamás habría tenido que ocurrir, y el cuestionamiento de todo, todo, lo que ha permitido que lleguemos hasta aquí. Si el accidente es inverosímil, más inverosímil que Óscar Puente no dimita.

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