Lo peor cuando ocurre un siniestro como el de ayer es la incertidumbre. Ese teléfono al que llamas sin obtener respuesta mientras ves imágenes terribles por la televisión y te temes lo peor. Y a veces, lo peor se confirma.
Hace nueve meses del accidente de Adamuz que costó la vida a 46 personas. La vía se rompió, aparentemente, por un problema en la soldadura, pero nadie dimitió en ese momento. Es más, cuando las víctimas le reprocharon a Óscar Puente que nadie hubiera asumido responsabilidades, el ministro contestó: “yo no he soldado el raíl”. Solo esa respuesta debería haber llevado a Pedro Sánchez a destituir al titular de Transporte por su falta de sensibilidad, pero no lo hizo, y Puente hizo lo que mejor sabe: insultar a todo el mundo a través de las redes sociales y evitar las explicaciones sobre las continuas incidencias que se registran en el transporte ferroviario español.
En enero, el ministro Óscar Puente nos dijo que la probabilidad de que ocurriera algo similar era bajísima, pero ayer la tragedia se repitió. “Es inexplicable e inverosímil”, aseguró; pero fue real. El sistema de señalización falló, sí, pero quizá no lo hubiera hecho si, como dijeron los responsables del sindicato ferroviario, ya estuviera operativo el nuevo sistema que debía reemplazarlo y si, como apuntaron otros expertos, el protocolo del Centro de Control de Adif incluyera la supervisión de dos personas en lugar de una.
Pedro Sánchez, compareció ayer para decir en tono solemne que, si se tiene que reforzar la seguridad para reconstruir la confianza en nuestro sistema ferroviario, se hará, porque no es asumible para un país como España, sufrir dos accidentes en la alta velocidad en un mismo año. La frase está muy bien, pero suena como si Pedro Sánchez acabara de llegar al poder y no llevara 8 años gobernando, porque, ¿qué es lo que se ha hecho desde el accidente de Adamuz? ¿Cómo se reforzó esa seguridad?
La liberalización del transporte ferroviario y la apertura a otras compañías, ha podido repercutir en la seguridad de la infraestructura; por eso mismo, la inversión en mantenimiento tendría que haber sido mucho mayor. Quizá si hubiera habido presupuestos en esta legislatura habría sido más fácil, ¿no?
El argumento es muy parecido al de la vivienda: el problema está ahí y se ignora. De repente ocurre algo que nos afecta a todos y el Gobierno comienza a desplegar un abanico de argumentos para dejar claro que se ocupan y se preocupan y que han estado en ello todo el tiempo.
En los últimos años se han multiplicado de manera alarmante los incidentes con los trenes y los retrasos. Hemos pasado de vivir, según Óscar Puente, el mejor momento de la historia del ferrocarril, a que la gente suba con miedo a los convoyes y a que no sepa cuándo llegará a su destino. Necesitamos trenes nuevos y acabar las obras –dijo Puente hace unos días- y, mientras tanto, “vamos a sufrir un poco”.
Un poco no, ministro: muchísimo.

