Opinión

Miércoles toda la semana

Una madre con su hijo. Cristina López Barrios
Actualizado: h
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Ayer fue miércoles y lo será, como el verso del poeta Ángel González, toda la mañana, incluso la tarde, la semana. Un miércoles que amanece soleado, pero ella lleva despierta desde las seis de la mañana y no consigue dormirse de nuevo. Le duelen los huesos. Lobos que muerden en la penumbra. Los siente como navajas. Está quieta en la cama, así la imagino, dando las órdenes a su cuerpo con tiempo suficiente, a esos huesos maltrechos, advirtiéndoles de que, en unas horas, habrán de ponerse en movimiento, levantarse, enfrentar el día, caminar. Qué pondrá de comida, qué pondrá de cena. La elección del menú diario la atormenta muchas veces, se me fueron las ideas, suele decirme, te entiendo, mamá, pensar qué cocinas es casi peor que cocinarlo.

Pero este miércoles de toda la semana, el menú está preparado porque es su cumpleaños. Ha comprado los ingredientes con antelación y organizado al milímetro la velada, como hace siempre en ocasiones especiales. El mantel terso, los aperitivos en platos de porcelana, el rollo de hojaldre relleno de verduras y carne, la bebida que te gusta -el aquarius de la niña- el queso de tu marca favorita, el jamón serrano que comías de pequeña, hija, hecho fideos en los que te envolvía una miguita. Mamá que me alimentaba como una madre pájaro, como una madre de leche, de cualquier forma, con tal de sacarme adelante.

La claridad se filtra por las rendijas de la persiana y, en esa luz que nace, ella aprovecha para rezar a San Pancracio, el patrón del trabajo, hija, para que te vayan bien los libros, la vida. Esa vida, ¿cómo es posible?, se pregunta, que ha pasado y no sabe cómo. Si hace nada subía la escalera del tercero sin ascensor de aquel piso en el barrio de las letras, con dos bolsas cargadas de naranjas para hacernos el zumo a mi hermana y a mí. Todavía puede oler la fruta, oír el crujir de los peldaños bajo sus pasos cuando sus huesos eran obedientes. Yo aun la veo en aquella casa de mi infancia. La veré siempre. La veo con su cabello rubio, corto, y sus preciosos ojos a retales, como le decía mi padre, verdes, azules, grises; la veo como la sentía: fuerte, enérgica, invencible, mamá mágica que me sonríe, mamá que, desde la ventana del salón, busca un perro que pasee por la calle para que deje de llorar; mamá es un hada como la madre de Celia, aquellas novelas de Elena Fortún que fueron de mis primeras lecturas, si toco a mamá estoy a salvo.

Mamá es como un génesis, un elixir, un bálsamo. Mamá es mar y lluvia y tierra. La veo enfadarse porque me escapo de la cama para ver Curro Jiménez, porque hablo mucho con mis amigas del colegio por aquel teléfono hoy de dinosaurios. La veo huyendo de las palomas en el parque de María Luisa, tiene esa colombofobia que me hacía reír, con sus gafas de sol vintage, enormes; la veo cosiéndome los trajes que saca de las revistas, sentándome en aquel carrito de la compra, alisándome el pelo. La veo a mi lado, como este miércoles que es su día. Mi hija trae la tarta, las velas encendidas. Mi madre triunfa sobre sus huesos, se levanta, sopla, pide un deseo, sonríe. Ella es el amor, el amor que cuida, que da, que se entrega. Y yo quiero que sea este miércoles el resto de mi vida.

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