Apoyar una intervención militar en el propio país no es una postura ideológica ligera. Es el síntoma extremo de la desesperación. Para llegar a ese punto, una sociedad tiene que haber sido empujada al límite de lo humano. Nadie desea ver aviones extranjeros bombardeando su ciudad; nadie celebra una guerra. Pero cuando una persona es capaz de grabar un video para Tik-tok desde su ventana contando, uno a uno con entusiasmo, los aviones mientras bombardean Caracas —sin correr, sin pánico, con una calma extraña— no estamos frente a locura: estamos frente a ira acumulada y coraje tardío. Frente a alguien a quien le robaron todo.
¿Qué puede habitar en el corazón de una abuela que cría a sus nietos sola porque su hija emigró para poder ayudar a la familia?, ¿Qué siente un hijo que no ha vuelto a ver a su madre en años? Resentimiento, tristeza, impotencia. En nuestras mentes habita una pregunta que nunca se apaga: ¿hasta cuándo?
Solo quien ha vivido 28 años de dictadura puede entender lo que ocurre hoy en Venezuela. Y para quien quiera comprender —más allá de consignas o posturas políticas — hablo desde la voz de una periodista venezolana.
Empiezo con la verdad: Nicolás Maduro nunca ganó una elección limpia. Hugo Chávez, su predecesor, corrompió el sistema electoral venezolano, y desde entonces no hemos vuelto a tener una elección presidencial legítima.
Resulta irónico que muchas personas condenan la acción militar de USA en Venezuela cuando Chávez, predecesor de Maduro, fue a prisión por intentar derrocar y asesinar al entonces presidente Carlos Andrés Pérez en 1992. En ese intento participó Diosdado Cabello, quien es hoy ministro del Interior del gobierno de Maduro. Es necesario el contexto histórico siempre antes de opinar sobre política.
Maduro y el chavismo nos robaron el país
Hoy un trabajador público gana el equivalente a tres dólares al mes. Las pensiones de vejez y jubilación son igual de miserables. La comida es importada y se vende a precios comparables con los de Suiza. La mayoría sobrevive gracias a remesas del exterior. El agua y la electricidad fallan por días, dejando a comunidades enteras sin servicios básicos. Estos son los efectos de la farsa del comunismo cubano.
Maduro y su equipo gobiernan a través del miedo, arman a colectivos paramilitares, detienen a quienes publican en redes sociales, controlan la distribución de comida a cambio de silencio. No es un Estado: es un sistema de sometimiento.
Increíblemente el chavismo es tan ineficiente que destruyó una de las empresas petroleras más ricas del mundo (PDVSA), hipotecaron el país y nuestras reservas naturales a China, Rusia e Irán aunque no tienen la voluntad de pagarles. Y es que la cúpula chavista se mantiene porque han convertido Venezuela en el principal puerto de droga de América.
¿Y si Maduro es tan terrible por qué no lo sacan?
He vivido en Ecuador, Estados Unidos y España. Llevo ocho años fuera de Venezuela. Y siempre me hacen la misma pregunta: “¿Por qué ustedes no sacan a Maduro?” Entonces pienso en los cientos de detenidos entre 2014 y 2017. Recuerdo a Neomar Lander, muerto en una explosión durante una protesta; en Bassil Da Costa, abatido por un guardia nacional. Lamento a Óscar Pérez, asesinado mientras transmitía en vivo su rendición, cuando el gobierno lanzó un misil contra su refugio. Pienso en los cientos de personas detenidas injustamente que están en el Helicoide, que es el centro de torturas más grande de Latinoamérica.
¿Cómo explicar que Chávez se blindó después de ser derrocado brevemente en 2002? ,¿Cómo explicar que se protegió con inteligencia cubana, que compró armamento ruso, y chino para usarlo contra su propio pueblo?, ¿Cómo explicar que helicópteros y tanquetas fueron utilizados contra civiles desarmados? La mayor bonanza petrolera del mundo se convirtió en un arsenal contra la población.
No somos cobardes. Necesitamos ayuda. Lo habíamos pedido millones en las calles, en las redes sociales, en los medios de comunicación, en conciertos, lo escribimos en las calles: Venezuela SOS. Nadie respondió.
Por eso muchos decidimos irnos
Cuando emigré, viajé ocho días en bus con mi madre, con mil dólares para sobrevivir. Vi ríos de personas caminando hacia el sur: familias con casas, con profesiones, que eligieron el exilio antes que la brutal represión y el hambre. Esos países que nos recibieron no estaban preparados para aquellas olas migratorias, ni siquiera Estados Unidos. Somos nueve millones de venezolanos fuera del país, el segundo éxodo más grande del mundo después de Siria.
Cuando mi madre —a quien no veo desde hace tres años— me envió la noticia de la detención de Maduro, no celebré de inmediato. Caminé hasta puerta del Sol, donde venezolanos cantaban el himno y lloraban. Sentí alivio. Dignidad. Nuestra verdad estaba siendo validada: Maduro es un dictador, un narcotraficante y un asesino. Pero la justicia sigue siendo incompleta. Nadie nos devuelve los años robados, el tiempo lejos de quienes amamos, todo lo que fuimos y lo que podríamos haber sido.
Después de Maduro: ¿María Corina no tiene el apoyo de USA?
No estamos celebrando aún. Esto apenas comienza. Hasta que no salgan todos los delincuentes que han usurpado el poder, no habrá un cambio real para los venezolanos. Como bien ha señalado María Elvira Salazar, el problema no es solo Maduro: es “Alí Babá y los cuarenta ladrones”.
Entre el alivio de ver a Maduro detenido y camino a juicio, se respira un aire de incertidumbre y temor. No sabemos si será necesaria una nueva fase de operaciones, ni si el proceso derivará en un conflicto más amplio. Tampoco sabemos con certeza si existen negociaciones opacas entre sectores del régimen y Estados Unidos. Lo que sí sabemos es que Delcy Rodríguez no es una presidenta legítima y que sus intereses no representan la voluntad del pueblo venezolano.
Excluir a María Corina Machado y al presidente electo Edmundo González Urrutia de cualquier proceso de transición sí sería una traición a la democracia venezolana. Aún es pronto para afirmar que ese escenario se materializará, pero es falso que María Corina no cuente con el respaldo popular, y también es falso —como se ha insinuado recientemente— que la mayoría de los opositores estén fuera del país.
Las declaraciones ambiguas han despertado el temor de que el chavismo y Estados Unidos terminen conviviendo en una suerte de acuerdo pragmático, extrayendo recursos sin que ello se traduzca en un cambio real para los venezolanos. Ese es, sin duda, el escenario más pesimista. Y los venezolanos ya hemos sufrido demasiado.
Mi fe —y la de muchos— está puesta en que María Corina Machado asuma un rol central en el próximo gobierno. Ha sido la líder opositora más coherente con su discurso y su trayectoria. Hay algo de justicia poética en que sea ella, la única que confrontó a Chávez y le dijo de frente que expropiar es robar, una mujer con más de 20 años de carrera política que ha sido leal a los intereses del pueblo venezolano.
Volver a casa
Los venezolanos que exigimos un cambio democrático no estamos solo dentro del país ni solo en el exilio: estamos en ambos lugares, y somos mayoría. Lo demostramos en las urnas. Un cambio real en Venezuela significa, ante todo, poder volver, reencontrarnos con nuestras familias y recuperar la vida que nos fue arrebatada.
Sé que muchos volveremos a Venezuela, porque tiene el potencial de ser tan abundante y noble como el país que recibió a mis abuelos en un barco de refugiados tras la Segunda Guerra Mundial: una nación que les dio trabajo y les permitió construir una vida digna; un país donde en cada casa convivían familias de origen portugués, árabe, español e italiano; un país con campos enteros de estadounidenses trabajando en la industria petrolera, como los que levantaron la Shell.
Sentido común
Cada vez que veo a un refugiado pienso en cuánta empatía le hace falta al mundo y en lo poco que solemos detenernos a imaginar cómo se siente quien lo ha perdido todo. Hay situaciones tan extremas que un pueblo no puede resistir solo. Nos encontramos, como ha dicho María Corina Machado, en verdaderas guerras espirituales: enfrentamientos entre el bien y el mal, armas contra el pueblo. Y en esos escenarios, pedir ayuda no es traición: es supervivencia.
“Rezo por tu familia”, me dijo Benay, una amiga desde Estados Unidos. Le respondí que mi familia estaba celebrando en distintos países y que, pese a todo, me sentía agradecida con el apoyo del ejército estadounidense. Que, aunque Donald Trump me empujó a dejar ese país al decidir terminar el Estatus de Protección Temporal (TPS) para los venezolanos, podía reconocer la detención de Maduro como algo positivo para nosotros. Como justicia, por fin.
¿Se van a dejar robar el petróleo?
Rusia, China, Cuba, Turquía e Irán llevan décadas explotando los recursos naturales de Venezuela sin que exista ningún beneficio real para su pueblo. Bajo el chavismo, el petróleo dejó de ser una palanca de desarrollo para convertirse en moneda de intercambio político, en garantía de deudas opacas y en botín de una élite que saqueó al país mientras empobrecía a su población.
Pero Venezuela no es solo petróleo. Somos mucho más que eso y tenemos un potencial económico enorme, suficiente para reconstruir el país y cumplir con cualquier compromiso internacional que surja de una ayuda decisiva en este momento histórico. Venezuela sí tiene cómo pagar una asistencia militar que contribuya a restaurar la democracia, desmantelar una estructura criminal enquistada en el Estado y devolverle la soberanía al pueblo.
Lo que no queremos los venezolanos —ni podemos aceptar— es convertirnos en una colonia, un protectorado o una administración tutelada. Ayuda no es dominación. Cooperación no es sometimiento. Recuperar la libertad no puede implicar perder el derecho a decidir nuestro futuro.
Maduro no es suficiente
Hoy, además, es necesario decirlo con claridad: la detención de Nicolás Maduro no es suficiente. Para que exista un cambio real, deben responder ante la justicia los demás actores que sostuvieron y ejecutaron el régimen, entre ellos Delcy Rodríguez, Vladimir Padrino López y Diosdado Cabello. Mientras las estructuras del poder criminal sigan intactas, no habrá una transición verdadera.
Del mismo modo, no puede haber ambigüedad sobre la cadena de mando. Las Fuerzas Armadas deben estar subordinadas al poder civil legítimo, y ese poder tiene nombre y mandato: Edmundo González Urrutia, presidente electo por la mayoría de los venezolanos. Cualquier escenario que ignore esta realidad sería una traición a la voluntad popular.
En este momento, los venezolanos no necesitamos que nos llamen ingenuos por celebrar una guerra, solo celebramos el fin de la impunidad y el comienzo del cambio. Ya el pueblo venezolano ha sufrido demasiado como para ser juzgado desde la comodidad de la distancia. Lo único que exigimos a la comunidad internacional no es aplauso ni tutela, sino algo elemental: que se respalde el resultado electoral y que ese mandato se haga valer.
Venezuela no pide salvadores eternos, ni discursos moralizantes. Pide respaldo para una transición democrática real, para reconstruir sus instituciones y para que su pueblo —dentro y fuera del país— pueda dejar de ser diáspora y volver, por fin, a casa.



