Opinión

Su hemisferio, su petróleo, su caja

Donald Trump y Groenlandia - Internacional
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Este último año hemos dedicado muchos análisis a la extravagante, iconoclasta e intimidante figura de Donald Trump. Un hombre de su impudicia y exhibicionismo tiene la ventaja de que dice lo que piensa y adelanta sin freno sus intenciones oscuras. La materialización de sus planes en Venezuela y el avance de estos en Cuba, Groenlandia, Canadá, México o Colombia devuelven la historia de la humanidad al siglo XIX, a la época de los imperios. Parece una distopía, pero es la realidad a la que se somete el mundo, tras casi un siglo de construir una sociedad internacional basada en el respeto, el multilateralismo, el derecho y la solución pacífica del conflicto. Pero las cosas son como son y más vale enfrentarse a ellas con realismo. Eric Hobsbawn en su monumental historia del XIX categoriza el tiempo de 1875 a 1914 como La era del imperio. Lo definía de la siguiente manera: “un imperio es una estructura política en la que un Estado dominante ejerce control sobre extensos territorios y pueblos diversos, generalmente conquistados, gobernados desde una metrópoli y subordinados económica, política y culturalmente”. Esto es más o menos lo pergeñado por Trump y sus más estrechos colaboradores. Lo redactaron en su Estrategia de Seguridad Nacional y lo van cumpliendo en medio de sus contradicciones, confusiones e improvisaciones. Pero para el presidente americano Venezuela es un primer paso en su sueño de controlar, de una u otra manera, el hemisferio occidental, dividiendo el planeta bajo el control de tres grandes superpotencias: China, Rusia y Estados Unidos. Su insuperable poder militar, que hace temblar y callar al resto de los mandatarios, le permitirá conquistar sus trofeos por la intimidación o por la ocupación. Lo digo amargamente, pero es lo que pienso.

No en vano ha rebautizado la doctrina Monroe, formulada en 1823 en los inicios de un emergente Estados Unidos, con la versión Donroe para la poderosa potencia que es hoy. Durante más de un siglo los americanos han impuesto a golpe de garrote o de zanahoria sus posiciones en América Latina. Esta nueva doctrina pone en cuestión el papel jugado desde la II Guerra Mundial por Estados Unidos como garante de la democracia liberal y del multilateralismo. El actual Estados Unidos de Trump quiere controlar política y económicamente -sus recursos naturales- a todo el hemisferio occidental.

Trump y Delcy
Delcy Rodríguez y Donald Trump
KiloyCuarto

Vamos con el caso venezolano y su denso petróleo. Trump ha dicho que quiere controlarlo, que gestionará personalmente unos 50 millones de barriles anuales, que es un derecho de las empresas estadounidenses por expropiaciones pasadas y que repartirá ingresos al pueblo venezolano. También ha dicho que él es quién manda en Caracas y que no habrá elecciones hasta que lo crea oportuno.

17% del petróleo global

Vayamos por orden. Los datos de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) conceden a Venezuela un 17% de las reservas mundiales, unos 300.000 millones de barriles. Venezuela se convirtió en productor industrial de crudo en 1914, con una alianza estratégica de enorme calado con los Estados Unidos, especialmente con la Standard Oil Company, convirtiéndose en proveedor de combustible durante la II Guerra Mundial. Los americanos exportaron su tecnología y su gestión del negocio. Incluso, después de 1976 cuando Carlos Andrés Pérez nacionalizó la industria petrolera con la creación de Petróleos de Venezuela (PDVSA) bajo su política la gran Venezuela. La llegada de Hugo Chávez al poder en 1999 aparejó un cambio en la dirección de la compañía con el reemplazo de sus prestigiosos ingenieros por revolucionarios chavistas que redujeron la producción de unos 3-4 millones de barriles diarios al exiguo 1 millón de hoy en día. Buena parte de esta producción se exportaba a las refinerías americanas del Golfo de México, pues además el pesado crudo venezolano es idóneo para refinarlo con el liviano texano. Hoy es China quien absorbe casi el 75% de la producción venezolana. La política chavista, continuada por Maduro, originó una cascada de pleitos internacionales con las petroleras americanas. En la actualidad, sólo Chevron está autorizada para operar en Venezuela. El crudo venezolano es singularmente necesario para la producción de diésel, asfalto y combustible de maquinaria pesada. El crudo americano es mucho más ligero y, en consecuencia, no reemplaza las posibilidades de los pesados, que ahora escasean consecuencia de las tensiones con Venezuela y Rusia.

Donald Trump durante su reunión con los ejecutivos de las principales empresas petroleras del mundo
EFE

Los venezolanos, hasta la llegada del chavismo, estaban convencidos de que disponían de un pozo de petróleo bajo su jardín. Ahora su industria petrolera está al borde de la destrucción. Desde la huelga petrolera de 2002, PDVSA quedó en manos del ejército como su fuente financiera, ahuyentando a su personal cualificado y provocando un deterioro de su infraestructura, gestión y resultados. La producción ha caído a menos de un 30% de los que se conseguía en 1998. Algunos expertos señalan que su puesta al día exigiría una inversión de unos 100.000 millones de dólares. Trump no ha perdido el tiempo y este último fin de semana se ha reunido con las grandes petroleras, entre las que figura la española Repsol, para abordar las inversiones en Caracas. Muchas de ellas han expresado sus dudas de acometer por la falta de claridad sobre el horizonte político doméstico y de garantías sobre posteriores nuevas nacionalizaciones.

La economía venezolana históricamente ha estado muy asociada a su industria petrolera. La gestión chavista no ha podido ser más desafortunada. Su caída del producto interior bruto (PIB) ha sido drástica, junto a la escalada de la inflación lo que ha empobrecido el bolsillo del venezolano. Su PIB era de 550.000 millones en 2014, frente a los escasos 230.000 millones de 2024. En paralelo, la hiperinflación se ha situado en niveles insoportables. Y todo eso, con ocho millones de exiliados repartidos por el mundo.

Muchos expertos del sector dudan de la iniciativa, pues ponen en cuestión que la demanda mundial de petróleo necesite de una multiplicación por tres de la producción venezolana y, por tanto, del interés empresarial por afrontar inversiones en su infraestructura. El petróleo, siendo determinante, ya no es lo que era. La demanda mundial, estimada en unos 100 millones de barriles por día, está cerca de su techo y las energías alternativas cada vez aportan mayor electrificación. Pero Trump ha demostrado su determinación para controlar el hemisferio y hacerse con sus recursos naturales. También para manejar la caja. Aunque sus maneras gusten poco, no se le puede negar que su intervención mejorará la industria petrolera venezolana y el día a día de su sufrida población. Además, evidenciará, como escribió el historiador Hobsbawn sobre XIX que “los países avanzados dominarán a los atrasados: en definitiva un mundo imperialista”.

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