La lucha LGTBI a los 70: “Es hora de vivir el final de nuestra vida en paz”

Paulina Blanco explica a Artículo14 cómo afronta la vejez marcada por la discriminación LGBTI y el miedo a volver al armario en residencias donde la diversidad aún no siempre es segura

Paulina Blanco
Paulina Blanco
KiloyCuarto

A sus 76 años, Paulina Blanco habla despacio. No porque dude, sino porque cada palabra arrastra memoria. “Ya hemos sufrido bastante”, confiesa.

En esa confesión cabe una vida entera; la de quienes crecieron escondiéndose, aprendieron a vigilar sus gestos, bajaron la voz al pronunciar un nombre amado. La de quienes sobrevivieron a la dictadura, celebraron la democracia como una conquista íntima y colectiva, y ahora, al final del camino, temen volver a perderlo todo.

Paulina Blanco.

En España envejecen, por primera vez, generaciones de mujeres lesbianas y bisexuales que pasaron gran parte de su vida en la clandestinidad. Mujeres que entendieron demasiado pronto que amar podía ser peligroso y que el silencio era una forma de protección. Que la discreción era una estrategia de supervivencia.

Muchas de ellas, explica Blanco -activista y miembro del grupo de Personas Mayores LGBTI del Consell Nacional LGBTI de Catalunya-, atraviesan hoy una vejez marcada por la hipocresía del sistema. Son legales, pero invisibles; están amparadas por la ley, pero no siempre por los espacios donde transcurren sus últimos años. Después de décadas peleando por existir, algunas sienten que, al cruzar la puerta de una residencia, deben volver a esconderse.

La invisibilidad de las que siempre estuvieron

“De hombres gays en residencias sí he oído historias”, cuenta Blanco. “De mujeres, no”. Ese silencio no es tranquilidad. Es ausencia. Es borrado. Es la persistente invisibilidad de las lesbianas, incluso dentro del propio colectivo. “Probablemente han vuelto al armario”, apunta. Como tantas veces antes. Como si la vida fuera un ciclo de aperturas y repliegues forzados.

Las residencias de mayores no siempre son espacios seguros para las personas LGBTI. La discriminación se filtra en lo cotidiano: en bromas que incomodan, en miradas que juzgan, en silencios que pesan. En la suposición automática de que todas las personas son heterosexuales. En formularios que preguntan por marido o mujer. En la falta de formación del personal. En la tensión que todavía provoca ver a dos mujeres cogidas de la mano.

El problema, insiste Blanco, no es solo la orientación sexual, sino la suma de muchas discriminaciones: edadismo, machismo y LGTBIfobia. “Parece que cuando te haces mayor desaparecen tus derechos”, denuncia. Como si la sexualidad caducara con las arrugas. Como si el deseo, el afecto y la intimidad dejaran de ser legítimos al cruzar cierta edad.

Paulina Blanco.

En muchos centros, la sexualidad sigue siendo un tabú. Y cuando sale de la norma heterosexual, el silencio se vuelve más espeso.

Algunas conductas se patologizan. Otras se reprimen. Casi ninguna se comprende.

Protocolos que existen, derechos que no siempre llegan

Herramientas hay. En Cataluña, desde 2022, una guía práctica para incorporar la perspectiva LGBTI+ en residencias establece recomendaciones claras: formación obligatoria, protocolos contra la LGTBIfobia, respeto a la historia de vida, mecanismos de denuncia y acompañamiento emocional.

Pero entre el papel y la realidad hay distancia. “Más que protocolos, necesitamos formación y sensibilización”, insiste Blanco. Desde la formación profesional hasta la universitaria. Desde lo social hasta lo sanitario. Porque sin conocimiento no hay cuidado. Y sin cuidado no hay dignidad.

Un modelo de cuidados que no siempre cuida

”Las residencias, tal y como están concebidas hoy, son un modelo a extinguir”, afirma Blanco. “No siempre permiten una atención realmente centrada en la persona. Falta personal, sobran lógicas empresariales y escasea la sensibilidad. Si no produces, parece que ya no vales”, resume. Como si el valor de una vida pudiera medirse en términos de rentabilidad.

Por eso muchas personas mayores LGBTI imaginan otras formas de envejecer: viviendas con servicios, comunidades intergeneracionales, espacios donde no haya que explicarse ni justificarse. Donde la historia de vida no se borre al cruzar una puerta. Y donde la seguridad no exija silencio.

Para muchas mujeres lesbianas, la red de apoyo ha sido una conquista. La familia biológica no siempre fue refugio, a menudo fue rechazo. En su lugar, construyeron familias elegidas: amistades, parejas, vínculos tejidos durante años de complicidad y resistencia. “Son las personas con las que he compartido mis miedos y mis dudas”, dice Blanco. “Y hoy siguen ahí”.

Pero esa red también envejece. Se debilita. Desaparece. Y cuando llega la dependencia, el sistema no siempre está preparado para sostener esos lazos que no figuran en los libros de familia.

La memoria de lo vivido y el miedo a perderlo

Blanco mira con preocupación a las generaciones más jóvenes. No por lo que hacen, sino por lo que desconocen. “Muchos no son conscientes de lo que hemos vivido”, lamenta. De que hasta 2005 las personas LGBTI eran ciudadanas de segunda. De que cada derecho fue una conquista. Y de que ninguna conquista es irreversible.

Las leyes protegen, sí. España sigue siendo un referente internacional. Pero el auge de los discursos de odio y el desapego democrático en parte de la juventud encienden todas las alarmas. “Los derechos se pueden perder”, advierte. Y perderlos, para quienes ya los perdieron una vez, no es una abstracción: es una memoria corporal.

Envejecer con dignidad no debería ser un privilegio. Tampoco la visibilidad. Las mujeres lesbianas mayores no piden un trato especial, sino algo mucho más sencillo: poder ser quienes son hasta el final. Sin miedo. Sin silencios impuestos. Sin tener que volver al armario cuando el cuerpo ya no aguanta más batallas.

Es hora de vivir el final de nuestra vida en paz”, dice Paulina Blanco. No es una súplica. Es un derecho.

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