A veces la frontera entre la vida y la tragedia no la marca una gran decisión, sino un gesto mínimo, casi invisible. No un cambio radical de planes ni una intuición inexplicable, sino algo tan cotidiano como elegir un tren u otro, gastar un poco menos o quedarse un rato más. En una estación ferroviaria, donde todo parece sometido a horarios exactos y trayectos cerrados, el azar se abre paso en los detalles más pequeños.
Luisa Lamas tiene 24 años y todavía le cuesta ordenar lo que pasó. Tenía billete para el Iryo 6189, el tren que debía salir de Málaga rumbo a Madrid a las 18.40 horas. Lo había comprado con antelación. Todo estaba previsto. Pero a última hora decidió no subir. El motivo fue tan simple como definitivo: el siguiente tren era nueve euros más barato. No hubo presentimiento ni miedo, solo una decisión práctica, casi automática. Una de tantas que se toman cada día sin pensar en las consecuencias.

Nueve euros le hicieron cambiar el billete
Doce minutos después de la hora de salida prevista, el accidente ya era una realidad. Luisa se enteró al devolver una llamada perdida de su padre. Él pensaba que ella viajaba en ese tren. Durante unos segundos, el tiempo se detuvo: el miedo ajeno, el alivio inmediato, el cuerpo encogido ante la certeza de lo que pudo haber ocurrido. Esos nueve euros, insignificantes cualquier otro día, se transformaron de pronto en una línea invisible entre la vida y la tragedia.
La historia de Luisa no es única. En la estación María Zambrano, a la mañana siguiente del accidente, se repetía una sensación común entre muchos viajeros: la de haber estado demasiado cerca. Cada uno con una decisión distinta, pero todos con el mismo desenlace. No subir.
Apurar la estancia en Málaga
Después del azar económico llegó el azar del tiempo. Irene Berdugo y Eduardo Daza estaban pasando unos días de vacaciones en Málaga. Su plan inicial era regresar en el tren que acabó descarrilando, pero decidieron apurar el fin de semana. Un paseo más, una comida sin prisas, unas horas extra de descanso antes de volver a la rutina. Reservaron el tren posterior sin darle más importancia. Cuando supieron lo ocurrido, la gratitud se mezcló con una sensación difícil de explicar. “Tenemos una sensación muy rara en el cuerpo”, reconocen. La conciencia de que disfrutar un poco más los había alejado del desastre, según contaron a el diario Sur.
Esa misma lógica del azar la expresó también Laura Baena en sus redes sociales. La creadora de Malasmadres contó cómo dudó qué tren coger por ser domingo y querer pasar el mayor tiempo posible con sus hijas antes de viajar. Finalmente, eligió el AVE de las 18.00 horas, aunque en otras ocasiones suele optar por Iryo. “Justo cogí el anterior a la tragedia”, escribió. Cuando ocurrió el accidente, ella ya estaba en marcha, a unos 40 minutos dirección Madrid.
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“No he dormido nada. Sigo en shock”
“No he dormido nada. Sigo en shock”, confesaba, recordando el miedo de las personas que iban en ese tren, el dolor de las familias y el susto de su propia madre hasta que pudo hablar con ella. Baena añadía además una reflexión compartida por muchos viajeros habituales de la línea Málaga–Córdoba–Madrid: los retrasos constantes, los frenazos, las vibraciones y las incidencias que se repiten desde hace meses en ese trayecto.
Para muchos, el momento más impactante no fue tanto el accidente en sí, sino el instante en que se enteraron, apenas minutos después. Algunos ya estaban en la estación. Otros dentro de trenes que no llegaron a salir. La noticia comenzó a circular primero en susurros, luego en llamadas nerviosas, y finalmente por megafonía. Doce minutos. Ese fue el margen en el que la normalidad se quebró.

Las llamadas tras el accidente
Hubo llamadas desesperadas a madres, padres, parejas y amigos. Mensajes rápidos para confirmar que no estaban a bordo. Silencios largos mientras se buscaban nombres y números. En esos minutos, muchos entendieron que no solo se habían salvado por no subir, sino que habían estado a punto de no poder contarlo.
El alivio no fue limpio. Llegó acompañado de culpa involuntaria, de miedo tardío y de una reflexión incómoda: ¿por qué yo no?, ¿qué hice distinto?, ¿qué cambió exactamente? La respuesta, casi siempre, era desconcertante por su simpleza. Nada importante. Nada heroico. Nada consciente.
La tragedia ocurrió en un punto concreto del mapa, pero sus efectos se extendieron mucho más allá. Afectaron también a quienes no iban en el tren, a quienes ahora miran su billete como un objeto extraño, a quienes dicen que volverán a viajar, pero con más respeto, con más miedo o con una prudencia nueva.
En Málaga, esa mañana, el azar dejó de ser una idea abstracta. Tomó forma de billete cambiado, de domingo alargado, de llamada perdida y de nueve euros de diferencia.


