Álex tenía 13 años y había ido a casa de un amigo para pasar la tarde. Nunca volvió. El sábado, el padre de su amigo, Juan Francisco de 48 años, lo asesinó con extrema violencia en una vivienda de Sueca (Valencia).
El ataque se produjo en el cuarto de baño de la casa. El menor recibió golpes, se investiga si con un bate de béisbol, y varias cuchilladas concentradas en el pecho, a la altura del corazón, todas ellas frontales. Un patrón que los forenses interpretan como un claro ánimo de matar.
Horas después del crimen, Juan Francisco se entregó en el cuartel de la Guardia Civil tras llevar antes a su propio hijo a casa de los abuelos paternos. Desde entonces mantiene una única versión: que él y solo él mató al menor y que lo hizo en un “ataque de locura”.

Gritos, castigos y comportamientos violentos hacia su hijo
Sin embargo, la investigación apunta a una posible motivación ligada al conflicto que mantenía con su expareja y al régimen de custodia de los hijos que tenían en común. Una de las hipótesis que trata de confirmar o descartar la Guardia Civil es que Juan Francisco atribuyera a Álex haber informado a su madre —amiga íntima de su expareja— de episodios de gritos, castigos o comportamientos violentos hacia su propio hijo.
Según esta línea de investigación, el presunto agresor habría interpretado que esa información podía ser utilizada para revisar la custodia, lo que situaría el crimen dentro de una lógica de represalia.
Se da además la circunstancia de que la expareja de Juan Francisco y madre de sus hijos lo había denunciado previamente por violencia de género. La denuncia no prosperó y fue absuelto.
“No te preocupes, es un buen hombre”
De hecho, a la madre de Álex no le hacía gracia que su hijo acudiera a esa vivienda. Antes de que el menor se fuera, expresó sus dudas. La respuesta fue tranquilizadora: “No te preocupes, es un buen hombre”.
Tras el crimen, muchos vecinos describieron a Juan Francisco como “un hombre tranquilo” y “nada violento”. Para el médico forense y experto en violencia de género Miguel Lorente, este tipo de reacciones no son excepcionales y no contradicen, en absoluto, las dinámicas de la violencia machista.
Lorente explica que la violencia de género no siempre es visible en el entorno y que muchos agresores mantienen una apariencia de normalidad. No se trata de personas permanentemente violentas, sino de individuos que dirigen la violencia de forma selectiva, contra personas concretas, cuando sienten que han perdido el control sobre su pareja.

El forense rechaza la explicación del “arrebato” o de la “locura”. Apunta que nadie mata porque sí. Estos crímenes muestran una intencionalidad clara, una dirección precisa de la violencia y una conducta coherente antes y después del ataque. En el caso de Sueca, destaca que el agresor atacó con extrema violencia a una persona concreta y después actuó con aparente normalidad, llevando a su hijo a casa de los abuelos y entregándose a las autoridades.
Cómo se instrumentaliza la violencia, cómo puede dirigirse contra terceras personas
Lorente advierte además de que el problema no es solo lo que se investiga, sino cómo se investiga. Cuando no se entiende cómo funciona la violencia de género, explica, no se saben formular las preguntas adecuadas. Sin ese conocimiento previo, los hechos se analizan de forma superficial y la motivación real queda fuera del foco.
El experto compara la investigación judicial con un diagnóstico médico: no basta con aplicar un protocolo de manera mecánica. Si no se comprende el fenómeno —cómo se instrumentaliza la violencia, cómo puede dirigirse contra terceras personas o cómo se oculta bajo una apariencia de normalidad—, no se sabe qué buscar ni qué preguntar, y el caso acaba presentándose como incomprensible.
Por eso, advierte, se producen errores de encaje cuando se descarta la violencia de género porque la víctima directa no es la mujer o porque el agresor no encaja en el estereotipo del hombre violento. “Si no entendemos la violencia”, resume Lorente, “no entendemos lo que pasa”.
“Porque hablaba, porque contaba cosas, porque podía influir en la custodia y en la relación con su ex pareja”
Chelo Álvarez, presidenta de la asociación Alanna, rechaza de plano que el crimen de Sueca pueda presentarse como un “suceso” o un episodio de enajenación puntual.
“El asesinato de un niño de 13 años en Sueca no es un acto de locura. Es violencia de género”, afirma. Álvarez sostiene que el agresor no actuó por un arrebato, sino desde una lógica de poder y control. “Entendió que ese niño —amigo de su hijo— podía poner en peligro su dominio: porque hablaba, porque contaba cosas, porque podía influir en la custodia y en la relación con su ex pareja”.
Según explica, cuando un maltratador percibe que pierde control sobre lo que considera suyo —su mujer, su hijo, su imagen o su autoridad— aparece la violencia extrema. “El cuerpo asesinado es el de un menor”, apunta, “pero el mensaje es claro: si hablas, si te mueves, si cuestionas, habrá consecuencias”. “Eso”, concluye Chelo Álvarez, “es violencia de género”.
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