No es la primera vez que una denuncia queda desplazada por el análisis del comportamiento de quien acusa, como está ocurriendo con el caso Julio Iglesias. En lugar de interrogar los hechos relatados, el debate público se ha concentrado en mensajes privados, en su tono y en la forma en que fueron escritos, como si esos elementos pudieran restar valor al testimonio de mujeres que aseguran haber sufrido violencia. La atención se desplaza así del contenido de la denuncia a la conducta anterior o posterior de quienes denuncian, una operación frecuente en los relatos mediáticos sobre violencia sexual y que tiene un nombre: cultura de la violación.
El concepto de cultura de la violación no es una invención reciente ni un eslogan militante. Fue acuñado en los años setenta por el feminismo para describir un fenómeno social ampliamente documentado: la tendencia a poner en duda a las víctimas de violencia sexual y a desplazar el foco hacia su comportamiento. Desde entonces, este marco ha sido asumido por organismos internacionales como Naciones Unidas y el Consejo de Europa, que advierten del papel que juegan los estereotipos y los relatos mediáticos en la impunidad y la infradenuncia.

Los mensajes quieren poner el foco en el comportamiento de las víctimas
En este marco se inscribe la estrategia seguida por Julio Iglesias, que ha hecho públicos supuestos mensajes privados atribuidos a mujeres que lo han denunciado por agresión sexual y trata de seres humanos como parte de su respuesta pública. La difusión de esas conversaciones no busca esclarecer los hechos denunciados, sino trasladar la atención hacia el tono y la forma de expresarse de las mujeres, utilizando esos mensajes para poner en cuestión su testimonio.
Lejos de desacreditar sus relatos, los supuestos mensajes difundidos reproducen uno de los mitos más persistentes en torno a la violencia sexual: la idea de que una víctima no podría mostrarse cordial, mantener el contacto o escribir de forma afectuosa después de haber sufrido una agresión. Esa premisa es falsa. La psicología del trauma ha documentado que muchas víctimas intentan normalizar lo ocurrido, reducir el conflicto o proteger aquello de lo que dependen —un empleo, un ingreso, una mínima estabilidad—, especialmente cuando la violencia se produce en contextos de subordinación. Utilizar mensajes anteriores o posteriores como prueba de que no hubo violencia no analiza los hechos denunciados: desplaza la sospecha hacia el comportamiento de las mujeres que denuncian.
Una estrategia de supervivencia
Ese desplazamiento se agrava cuando se ignora la vulnerabilidad económica y el origen social y cultural de quienes escribieron esos supuestos mensajes. La necesidad no invalida a la víctima; invalida la idea de libertad plena. Cuando una mujer depende de un sueldo, carece de red de apoyo o se encuentra en una situación de precariedad, afirmar que “podía irse” o “podía negarse” es una ficción. En ese marco, la cordialidad exagerada, los diminutivos o las expresiones afectuosas no son una anomalía, sino una estrategia de supervivencia. No hablan de deseo ni de consentimiento, sino de miedo, dependencia o adaptación a una relación desigual.

La jerarquía y el miedo a perderlo todo
La asimetría de poder completa el cuadro. Frente a una figura pública con recursos económicos, prestigio y capacidad de influencia mediática, trabajadoras vulnerables no negocian en condiciones de igualdad. La coacción no siempre es explícita: a menudo opera de forma estructural, a través del dinero, la jerarquía y el miedo a perderlo todo.
La publicación de estas conversaciones cumple además otra función: desplazar el foco del hecho denunciado hacia el carácter de las mujeres. Ya no se discute qué ocurrió, sino cómo escriben, cómo se expresan o cómo se comportan. Se las confronta con un ideal de “víctima perfecta”, contenida, coherente y distante, que no se corresponde con la realidad del trauma ni de la pobreza. La exposición pública de mensajes privados, sin contexto ni análisis, opera también como un mensaje disciplinador: denunciar tiene un coste, y ese coste puede ser la exhibición de la intimidad. Ese efecto intimidatorio, que desalienta otras denuncias, forma parte del mismo patrón. La cultura de la violación no necesita negar la violencia de forma explícita; le basta con instalar la duda.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.
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