El oro va a lo suyo y lo está haciendo como nunca. Ya ha superado los 4.900 dólares por onza y sigue su camino sin mirar atrás. En las últimas semanas, el metal precioso ha dejado claro que ya no depende de las tensiones geopolíticas o del comportamiento del dólar subiendo.
El rally que despegó con fuerza en 2025 no ha perdido fuelle. Goldman Sachs ya ha revisado su previsión y ahora espera 5.400 dólares por onza para finales de año. Otros, como ICBC Standard Bank van más lejos. Habla de 7.000 dólares como un escenario posible.
Para José Manuel Marín Cebrián, economista y fundador de Fortuna SFP, el oro ha vuelto a consolidarse como “uno de los activos refugio por excelencia” en un mundo que empieza a desconfiar de todo lo demás. Las divisas tiemblan, la deuda pública se dispara y la sensación de que falta estabilidad se extiende por los mercados.
Los bancos centrales siguen comprando oro
Hasta hace poco, el protagonismo era casi exclusivo de los bancos centrales. Mes a mes, venían comprando oro con un ritmo de 60 toneladas, según Goldman Sachs. Pero la novedad, según su estratega Daan Struyven, es que también el sector privado se está volcando con el oro. Estas posiciones, añade, no parecen diseñadas para “deshacerse a corto plazo”, lo que eleva el punto de partida real de las previsiones.
La entrada de los ETF occidentales es otro dato relevante. Las compras han aumentado 500 toneladas desde enero de 2025 hasta hoy. Esta vez no se está produciendo la típica retirada de capital tras un periodo de euforia en los mercados o los justes de tipos. Se suman las compras físicas de grandes patrimonios y un mayor uso de opciones de compra, una forma menos visible de entrar en el mercado que, según Goldman, está cambiando el modelo tradicional de valoración.
La política monetaria ya no es neutral
Ned Naylor-Leyland, gestor de Jupiter AM, señala que el precio del oro “tiende a moverse en sentido inverso a los tipos de interés reales”. En su análisis, el metal no sube ni baja al ritmo de las bolsas ni de los bonos. Ni falta que le hace.
Mientras tanto, la expectativa de recortes de tipos por parte de la Reserva Federal (Fed) sigue sosteniendo al oro. Aunque el calendario se ha complicado tras el inicio de la investigación sobre Jerome Powell y el juicio a la gobernadora Lisa Cook, los tipos reales siguen bajos y el dólar débil. Para Naylor-Leyland, el coste creciente de la deuda pública estadounidense empieza también a pesar en la percepción del riesgo.
La independencia de la Fed entra en el precio
La investigación abierta contra la Fed ha provocado un movimiento inmediato en los precios de los metales preciosos. Oro y plata han reaccionado con fuerza. Pero lo que pesa no es el escándalo en sí. Es lo que viene detrás.
Carsten Menke, desde Julius Baer, cree que el mercado empieza a descontar una mayor interferencia política sobre la política monetaria. Y eso, en su opinión, no es un detalle. “La preocupación por la independencia de la Fed es un factor clave para el alza del oro”, afirma.
Con la salida anunciada de Jerome Powell en mayo, la pregunta es si su sucesor marcará distancia con la Casa Blanca o si se alineará con sus prioridades. En medio de esa duda, los inversores buscan terreno firme.
Más allá del refugio clásico
El papel del oro ya no es solo el de protegerse frente a sustos puntuales del mercado. Marín Cebrián destaca que el metal se ha convertido en una herramienta de diversificación estratégica en un momento donde la deuda pública se ha convertido en una bola de nieve.
Y no se trata solo de la demanda. También la oferta se ha vuelto más tozuda. Menos descubrimientos, más costes de extracción, peor calidad del mineral. Hay presión por todos los lados. Y lo que ya era escaso, ahora también es más caro de sacar. Al mismo tiempo, China, India, Polonia o Turquía siguen incrementando sus reservas con el objetivo de reducir su dependencia del dólar.
El orden financiero se está fragmentando
Desde la gestora Acacia Inversión describen el fenómeno en términos políticos más que financieros. En su opinión, “el oro vuelve a percibirse como un activo neutral, ajeno al riesgo político y al control de cualquier potencia concreta”.
En los últimos años, la creciente politización del sistema financiero, el uso de sanciones y la incautación de activos han llevado a muchos países a mirar hacia el oro físico como escudo de última instancia.
En un mundo donde las reglas ya no son universales, las materias primas han vuelto a ser el eje de muchas carteras. Los activos reales se están recuperando como referencia de valor frente a riesgos que ya no se consideran excepcionales, sino parte del nuevo equilibrio global.
¿Y ahora qué?
El oro subió un 65% en 2025 y acumula más de un 13% en lo que va de enero. Ha marcado cinco máximos históricos intradía desde el inicio del año y trata de consolidar precios por encima de los 4.900 dólares. La barrera de los 5.000 no es solo técnica. Es también política, estratégica y estructural.
Diego Morín, analista de IG, avisa de que el mercado podría estar entrando en una fase técnica más delicada. “Pueden producirse fuertes liquidaciones durante un tiempo”, advierte. No es una alerta de fondo, sino un aviso sobre el ritmo. Para inversores con horizonte de largo plazo, el escenario no cambia. Pero el momento exige más precisión.
La gran incógnita es cuánto tardará en llegar el siguiente tramo. Morgan Stanley espera una pausa antes del siguiente salto. Cree que el oro consolidará niveles por encima de los 4.800 antes de marcar nuevos máximos. Mientras tanto, la demanda física sigue presente.
La ruptura de los 5.000 parece una cuestión de tiempo. Lo que no está claro es si será en semanas o en meses. ICBC Standard Bank va más allá y su escenario más optimista prevé 7.150 dólares antes de que termine 2026.

