En las últimas semanas, Ciudad de sombras se ha convertido en una de las producciones más esperadas del año. El nuevo thriller de Netflix, dirigido por Jorge Torregrossa y protagonizado por Isak Férriz y Verónica Echegui, llega con la promesa de sumergir al espectador en una Barcelona desconocida: laberíntica, tensa, cargada de historia y atravesada por un crimen tan perturbador como simbólico.
Adaptación de El verdugo de Gaudí, la primera novela de la saga de Milo Malart, la serie nace sobre un material literario potente que marca desde el principio la identidad de Ciudad de sombras. Un proyecto construido sobre el suspense, la investigación policial y el peso del pasado.
Un crimen imposible en el corazón de Barcelona
La premisa de Ciudad de sombras es tan contundente como su atmósfera. Un cuerpo aparece calcinado y colgado en la fachada de La Pedrera, uno de los edificios más emblemáticos de Antoni Gaudí. El escenario, cargado de simbolismo, no es un simple telón de fondo: la investigación gira alrededor de los significados ocultos que impregnan la ciudad, de sus espacios modernistas y de la forma en que cada rincón parece guardar un secreto que solo puede revelarse con paciencia y método.
Desde ese instante inaugural, Ciudad de sombras plantea un misterio que obliga a mirar Barcelona desde otra perspectiva, como si sus calles fueran un organismo vivo que respira, se contrae y esconde cicatrices.
El caso recae sobre Milo Malart, un inspector de los Mossos d’Esquadra que había sido apartado por indisciplina. Su retorno forzado añade capas de conflicto personal y profesional al relato: es un hombre que vuelve a un sistema que no lo quiere, a un método que incomoda a sus superiores y a una ciudad que parece exigirle cuentas. A su lado trabaja Rebeca Garrido, interpretada por Verónica Echegui.
Una pareja de detectives marcada por el dolor
La fuerza dramática de Ciudad de sombras se sostiene en la relación que se establece entre Malart y Garrido. No son una pareja profesional al uso. Ella encarna la disciplina, la mirada analítica y el respeto por la norma. Él representa la intuición, la obsesión y un modo de aproximarse al horror que casi roza lo autodestructivo. La serie utiliza ese choque de caracteres para subrayar la tensión de una investigación donde nada es evidente y donde cada descubrimiento parece abrir una puerta hacia un laberinto mayor.
La muerte violenta que da inicio a Ciudad de sombras funciona como un punto de no retorno para ambos. Torregrossa construye un retrato áspero de dos personajes que avanzan a pesar de las sombras personales que los persiguen. Una constante que conecta la trama policial con un trasfondo emocional que recorre cada capítulo.

Otro de los rasgos llamativos de Ciudad de sombras es el papel de la ciudad. No está filmada como postal ni como decorado reconocible. Aparece densa, nocturna, atravesada por una belleza inquietante que amplifica la historia. La arquitectura modernista, los espacios industriales, los callejones y las grandes avenidas funcionan casi como un mapa psicológico del crimen. Torregrossa convierte Barcelona en un personaje más. Una urbe que observa, calla y, de algún modo, empuja a los protagonistas hacia la verdad.
La elección de La Pedrera como punto de partida no es casual. La serie explora cómo el simbolismo arquitectónico, las tensiones sociales y ciertas heridas colectivas influyen en la investigación. Ciudad de sombras se mueve así entre lo policial y lo cultural, entre la lectura técnica del crimen y una dimensión más profunda que ancla la historia en el terreno de las obsesiones humanas.
