Arte

‘Disfuncionarias’: los cuerpos que sostienen y padecen la burocracia

La artista Tanit Plana interviene en el Museo Cerralbo de Madrid con una instalación que combina fotografía, inteligencia artificial y objetos de archivo para explorar las contradicciones del trabajo institucional y los límites de los sistemas de clasificación

‘Disfuncionarias’: los cuerpos que sostienen y padecen la burocracia.
‘Disfuncionarias’: los cuerpos que sostienen y padecen la burocracia.
Montaje: kiloycuarto

Una cortina de vinilo rojo recibe al visitante de Disfuncionarias, la exposición de Tanit Plana que puede verse hasta el domingo 25 de octubre en el Museo Cerralbo de Madrid. Al otro lado, grandes telas impresas cuelgan del techo y atraviesan la sala, plegándose sobre sí mismas y alterando la rigidez habitual de la fotografía expuesta. A su alrededor aparecen objetos envueltos, documentos administrativos y dispositivos electrónicos. La artista convierte así una de las salas del museo en un espacio que remite tanto al archivo institucional como a una oficina abandonada, donde los materiales parecen conservar las huellas de quienes alguna vez trabajaron con ellos.

La instalación, incluida en la Sección Oficial de PHotoESPAÑA 2026, prolonga un proyecto presentado anteriormente en la Fundació Joan Brossa de Barcelona, ganador de la convocatoria PostBrossa 25/26. Su adaptación al Museo Cerralbo, institución estatal dedicada a conservar el legado del marqués de Cerralbo, introduce una nueva dimensión: ¿qué sucede cuando los propios mecanismos de conservación y clasificación se convierten en objeto de una exposición?

Formada en Comunicación Audiovisual en la Universitat Pompeu Fabra, Plana (1975) lleva décadas explorando las relaciones entre fotografía, cuerpo, tecnología y poder. Reconocida con distinciones como la beca FotoPres de la Fundación “la Caixa”, la Beca Leonardo de la Fundación BBVA o el premio BCN Crea, su trayectoria ha ido ampliándose desde la imagen fotográfica hacia las instalaciones y las prácticas artísticas vinculadas con la cultura digital.

En Disfuncionarias, la artista desplaza su atención hacia un colectivo que normalmente permanece fuera de la mirada pública: el personal encargado de investigar, catalogar, conservar y administrar el patrimonio de las instituciones culturales. Su trabajo resulta imprescindible para la existencia de los museos, aunque rara vez ocupa un lugar destacado en los relatos que estos construyen sobre sí mismos.

El concepto que articula la exposición es el del “cuerpo funcionarial”, entendido como una figura contradictoria. Por un lado, los trabajadores públicos deben someterse a horarios, protocolos, jerarquías y procedimientos que condicionan su actividad. Por otro, son ellos mismos quienes, en representación de las instituciones, aplican esas normas sobre el resto de la ciudadanía. El funcionariado aparece así como víctima y ejecutor de un mismo sistema, sometido a sus mecanismos de control y encargado, simultáneamente, de perpetuarlos.

Una de las imágenes de la serie ‘Disfuncionarias’.
Tanit Plana

Plana ha definido el proyecto como una “autopsia institucional” que pretende descubrir las tensiones entre las necesidades humanas y la lógica administrativa. La obediencia, la productividad y el cumplimiento de los procedimientos se enfrentan al deseo, la curiosidad y la posibilidad de actuar al margen de lo establecido. Pero las protagonistas de la instalación no son simples trabajadoras desbordadas por la burocracia. Son figuras que, mediante pequeñas interrupciones de su actividad cotidiana, encuentran maneras alternativas de relacionarse con aquello que deben clasificar.

En ese sentido, la disfunción adquiere un significado distinto del error o la incompetencia. Puede entenderse como una desviación de la conducta esperada, una resistencia a reducir toda experiencia humana a una sucesión de trámites. Frente a la obligación de identificar y ordenar, Plana reivindica también la posibilidad de observar sin comprender completamente, de aceptar aquello que escapa a las categorías establecidas.

Esta reflexión encuentra una prolongación en el uso de la inteligencia artificial. Para la artista, los sistemas algorítmicos no representan una ruptura absoluta con las formas históricas de organizar el conocimiento, sino una continuación de sus aspiraciones. Los antiguos archivos, censos y registros administrativos ya pretendían traducir la complejidad del mundo en información clasificable. La inteligencia artificial lleva esa ambición a una nueva escala, convirtiendo imágenes, documentos y comportamientos en datos susceptibles de procesamiento matemático.

Sin embargo, ningún sistema puede reproducir la realidad en toda su complejidad. Incluso los modelos más avanzados producen errores, interpretaciones inesperadas o resultados que contradicen sus propias pretensiones de exactitud. En lugar de disimular estas limitaciones, Plana las incorpora deliberadamente a su procedimiento artístico.

Con el apoyo de Krea.ai, la fotógrafa trabaja con modelos de inteligencia artificial antiguos y entrenados para generar imágenes imperfectas, alejadas de los acabados cada vez más realistas que caracterizan a estas herramientas. Las deformaciones anatómicas, las superposiciones imposibles y las figuras de contornos inciertos se convierten así en parte del lenguaje visual de la instalación. El error, lejos de ser un inconveniente que deba corregirse, funciona como una manera de revelar las limitaciones de la tecnología.

Tanit Plana utiliza modelos de inteligencia artificial que producen errores y deformaciones deliberadas.
Tanit Plana

La elección resulta particularmente significativa en un momento en que la estética de los primeros errores de la inteligencia artificial comienza a reconocerse como un lenguaje visual propio, incluso cuando los modelos actuales ya son capaces de producir imágenes prácticamente indistinguibles de las fotografías. Plana recupera deliberadamente esos accidentes, no tanto como una demostración de las capacidades de la máquina, sino como una forma de cuestionar su aparente perfección.

La materialidad de las obras refuerza esa contradicción. En lugar de presentar las imágenes mediante impresiones convencionales, la artista las traslada a grandes superficies textiles que se arrugan, se doblan y modifican su apariencia dependiendo de cómo ocupan el espacio. La imagen digital, aparentemente inmutable, adquiere una presencia física que la somete a las mismas transformaciones que cualquier otro objeto. Junto a las telas aparecen varios bultos envueltos, cuya naturaleza permanece oculta y que evocan tanto los procedimientos de almacenamiento de un museo como los objetos olvidados en sus dependencias.

Uno de los elementos más sugerentes de la instalación es la larga vitrina que reúne documentos históricos del Cerralbo con materiales de oficina y objetos de apariencia dispar. Entre ellos figuran antiguos libros de inventario, cinta de carrocero, corbatas de lino de principios del siglo XX y un óleo titulado Perro con flores. El interior está revestido de un papel que reproduce la cuadrícula azul de un cuaderno escolar, como si la diversidad de los objetos debiera someterse a una misma estructura de clasificación.

La disposición recuerda por momentos a una excavación arqueológica, aunque sus vestigios no pertenecen necesariamente a una civilización desaparecida, sino al universo cotidiano de la Administración. Aquello que normalmente constituye un medio para organizar y conservar otros objetos adquiere aquí la condición de pieza museística.

Sobre este conjunto destaca un letrero luminoso rojo con una afirmación desconcertante: “Detrás de esta sala hay otra sala”. Su significado puede interpretarse de distintas maneras, desde una referencia a las dependencias invisibles que permiten el funcionamiento de cualquier museo hasta una alusión a todo aquello que los discursos institucionales dejan fuera de su relato.

La exposición incorpora también Idilio con materiales de embalaje (2026), una pieza audiovisual en la que varias mujeres caracterizadas como trabajadoras públicas establecen relaciones afectivas con objetos destinados al almacenamiento y la protección de materiales. La extrañeza de sus gestos introduce una dimensión casi cómica en la representación del trabajo administrativo, mientras que la ambientación remite a una oficina de un futuro imaginado desde el pasado.

Esta estética se relaciona con el fenómeno de los backrooms, popularizado a través de internet: espacios impersonales, pasillos vacíos y habitaciones aparentemente interminables que resultan familiares y, al mismo tiempo, profundamente inquietantes. Son lugares cuya función parece haberse perdido, aunque conservan las huellas de una actividad humana anterior. En la propuesta de Plana, ese imaginario sirve para representar las dependencias ocultas de las instituciones y los procedimientos que sostienen su funcionamiento cotidiano.

El recorrido ocupa una sola sala, lo que concentra la intervención en un conjunto relativamente reducido de obras. Sin embargo, permite establecer conexiones entre materiales de procedencias muy distintas y observar cómo el lenguaje burocrático puede adquirir una dimensión estética inesperada. El archivo deja de ser únicamente un instrumento de organización para convertirse en un espacio de asociaciones, recuerdos e incertidumbres.

En última instancia, Disfuncionarias plantea una paradoja inherente a cualquier museo: su existencia depende de la capacidad para identificar, ordenar y conservar objetos, pero el valor de sus colecciones nunca puede reducirse completamente a las fichas y los inventarios que las describen. Siempre permanecen significados desconocidos, relaciones imprevistas e historias que ningún sistema de clasificación consigue registrar.

La instalación de Tanit Plana invita a prestar atención precisamente a esas zonas de incertidumbre, así como a las personas y los procedimientos que habitualmente quedan ocultos detrás de la exhibición del patrimonio.

La exposición puede visitarse gratuitamente en la Sala Ferraz del Museo Cerralbo, en la calle Ventura Rodríguez, 17, hasta el domingo 25 de octubre. El sábado abre de 9:30 a 15:00 y el domingo, de 10:00 a 15:00. El acceso a la muestra temporal es independiente del recorrido por la colección permanente del museo.

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