Ethan Hawke habla despacio, como si necesitara comprobar cada palabra antes de soltarla. Lo hace por respeto. Respeto por el lenguaje, por la verdad y por la tradición de quienes creyeron que contar historias podía cambiar algo. No es casual que vuelva una y otra vez a España, ni que cite a Cervantes como una de las influencias decisivas de su vida. Ahora, con The Lowdown, la nueva serie de FX que presenta Disney en España, Ethan Hawke encarna a un periodista obstinado y anacrónico al que define como “un Don Quijote contemporáneo”. Un hombre que persigue una verdad imposible en un mundo saturado de ruido. Como el hidalgo manchego, avanza contra el viento, convencido de que aún merece la pena intentarlo.
Ethan Hawke (Austin, Texas, 1970) mantiene con España una relación menos anecdótica de lo que parece. No habla el idioma con fluidez, pero lo intenta. Escribe palabras sueltas, improvisa frases, se corrige. En 2022 rodó en Almería Extraña forma de vida, el cortometraje de Pedro Almodóvar protagonizado junto a Pedro Pascal. Años antes, en 2016, el Festival de San Sebastián le concedió el Premio Donostia. “Nunca me sentiré bilingüe”, admite, “pero si alguien me habla despacio, podemos tener una conversación”. Según explica Ethan Hawke, el idioma es un territorio moral antes que una destreza técnica.

Ese respeto por la palabra atraviesa The Lowdown, la serie creada por Sterlin Harjo en la que interpreta a Lee Raybon, un periodista veterano que se define a sí mismo como “truthstorian”, una mezcla imposible entre historiador y defensor de la verdad. Hawke se ríe al explicarlo. “No es una palabra de verdad. Ni siquiera tiene mucho sentido. Pero me encanta porque señala ese lugar donde la verdad y la historia se encuentran”.
Raybon es un personaje fuera de tiempo. Cree en el periodismo como un oficio casi artesanal de contrastar datos, pasar noches enteras revisando documentos, sostener una acusación sólo cuando puede probarse. “Hay una escena en la que presume de haber fact-checkeado cada línea”, cuenta Hawke. “No quiere escribir en internet que alguien es un villano. Quiere demostrarlo”. En una época dominada por la velocidad y la opinión, esa obstinación resulta casi heroica.
Para el actor, ahí está el corazón de la serie. “Lo que no supimos prever con internet fue su lado destructivo”, reflexiona. “La idea de dar voz a todo el mundo parecía maravillosa: educación gratuita, igualdad de oportunidades. Pero apareció la Torre de Babel con todas las voces al mismo tiempo, y el caos”. Hawke recuerda películas como Todos los hombres del presidente y una época en la que el periodismo se percibía como un contrapeso real al poder. “Era un trabajo honorable. Se lo tomaban muy en serio”.

Hoy, sostiene, la frontera entre verdad y manipulación es cada vez más difusa. “Hay gente que se informa a través del cotilleo, no del periodismo. Siempre ha pasado, pero ahora es abrumador”. En ese contexto, un personaje como Lee Raybon, “un desastre con buenas intenciones”, como lo define, adquiere un peso simbólico inesperado. “No nos dimos cuenta de lo necesaria que era esta conversación hasta ahora”.
Ethan Hawke no oculta la referencia cervantina. Don Quijote es, dice sin dudar, uno de sus personajes favoritos de la literatura universal. “Ese libro me cambió la vida”, confiesa. “Cambió la manera en que miraba a mis amigos, a otros hombres, a cómo se expresaban, a cómo lanzaban un periódico o defendían una idea”. La influencia es ética. “Es casi un cliché decirlo, porque ha sido importante para tanta gente, pero es verdad”.
La serie también dialoga con el wéstern, otro de los grandes mitos fundacionales de la cultura estadounidense. Raybon se ve a sí mismo como un “cowboy del periodismo”, y Hawke no huye de esa contradicción. “El wéstern es nuestro género. John Ford decía que era la forma en que nos contamos a nosotros mismos. Es épico, hermoso y está lleno de mentiras”. Ese equipaje cultural, afirma, sigue pesando en el presente.

The Lowdown transcurre en Tulsa, Oklahoma, una ciudad que funciona casi como un personaje más. “La gente dice que puede oler la ciudad, sentirla”, cuenta Hawke. “Tulsa es mi coprotagonista”. La serie se apoya en una puesta en escena muy cuidada, fruto de un equipo que trabaja desde la cercanía personal. “Muchos son amigos de Sterlin. Hay historia entre ellos. Eso se nota”. Para un actor, explica, la autenticidad del entorno lo cambia todo. “Es mucho más fácil actuar bien cuando lo que te rodea es real”.
La colaboración con Harjo nació de la admiración. Ethan Hawke vio Reservation Dogs y quedó impactado. “No parecía una serie de televisión. Era como una colección de cortometrajes, algo más cercano al Decálogo de Kieslowski”. Le escribió para decírselo. Poco después, recibió una invitación para un pequeño papel. “A mí, lo que me saca de la cama es la curiosidad. Ver que algo real está pasando”.
En esta ocasión, además de actor, Ethan Hawke ejerce como productor ejecutivo. No lo entiende como una posición de poder, sino de protección. “Nuestro trabajo era asegurarnos de que Sterlin estuviera a salvo, de que pudiera hacer la serie que quería hacer”. Dirige junto a su mujer una pequeña productora, y compara su función con el fútbol americano. “Bloquear y placar”. Facilitar sin interferir.

Esa idea del arte como espacio sagrado atraviesa toda la conversación. “Importa lo que hacemos”, insiste. “Eso se nota cuando lo ves”. Hawke recuerda que los regímenes autoritarios suelen empezar controlando la cultura. “Dominar las artes es una forma de cerrar la conversación. El estado de la creación artística”, afirma, “es un indicador de la salud mental de una sociedad”.
Habla desde la experiencia. Ha visto cambios profundos a lo largo de su vida, especialmente en cuestiones como la homofobia. “Cuando yo era niño, era brutal. Mis hijos crecen sin ese nivel de miedo y odio”. Atribuye parte de ese cambio a la literatura, al cine, a la posibilidad de contar otras historias. “Afecta al corazón y a la mente de la gente”.
Ethan Hawke también habla de aprender a largo plazo. Recuerda una conversación con Sidney Lumet, con quien trabajó cuando el director tenía 83 años. “Me dijo que lo único seguro es que todo cambia. Y que lo que es valioso hoy, si de verdad lo es, lo seguirá siendo mañana”. De ahí su defensa de la constancia frente a la urgencia. “La tortuga vence a la liebre”, resume.
Quizá por eso, a sus más de treinta años de carrera, Hawke sigue interpretando a personajes que avanzan contra corriente. Como Lee Raybon. Como Don Quijote. Figuras obstinadas, imperfectas, a veces ridículas, que se niegan a aceptar que la verdad sea solo una cuestión de poder. En un mundo saturado de ruido, Ethan Hawke sigue creyendo, con una fe casi cervantina, que contar bien una historia todavía puede marcar la diferencia.


