La crítica ★★★☆☆

‘Tres adioses’: Isabel Coixet busca la belleza en la inminencia de la muerte

Una película que, sin caer en el dramatismo más extremo, propone una mirada melancólica pero luminosa sobre la aceptación y la gratitud por lo vivido

Tres adioses encaja a la perfección en la filmografía de su directora, Isabel Coixet, interesada desde hace tiempo en dilemas existenciales y cuya su película más aclamada a nivel internacional, Mi vida sin mí (2003), ya retrató a una joven obligada a allanar el terreno para su propia muerte. Basada en la exitosa novela semiautobiográfica Tres cuencos, que la autora y activista por los derechos LGBTQ+ Michela Murgia escribió poco antes de fallecer en 2023 a causa de un cáncer de riñón, la nueva película trata de meditar sobre lo que significa despedirse -de tu pareja, de tu identidad, de tu vida-, y de recordarnos que que, incluso ante la inminencia de la muerte -o quizá especialmente entonces-, es necesario regocijarse por nuestra presencia en la Tierra.

Su peripecia argumental arranca cuando Marta (Rohrwacher) y Antonio (Elio Germano) se ven envueltos en una discusión conyugal aparentemente trivial que escala hasta degenerar en la disolución abrupta de la relación. Mientras él se refugia en el trabajo, Marta se repliega sobre sí misma y lame sus heridas tanto publicando en internet valoraciones negativas del restaurante de Antonio como manteniendo charlas unilaterales con la figura de cartón de una estrella del K-pop que rescató de la basura callejera; esas conversaciones son un recurso narrativo francamente caprichoso, que carece de justificación narrativa si se tiene en cuenta que, en general, Marta no parece mostrar el menor interés por ese tipo de música.

Durante ese primer acto, mientras se recrea en las minucias de la ruptura, la película opone formas distintas de reaccionar ante la pérdida del amor y se pregunta qué ocurre con los momentos íntimos compartidos por dos personas cuando estas se separan. La calma con la que lo hace por momentos resulta excesiva, aunque tiene sentido que Coixet nos conceda tiempo para comprender a los personajes y empatizar con ellos antes de ejecutar el gran golpe dramático.

Llegado el momento, el mundo de Marta da un vuelco cuando la mujer descubre que su pérdida de apetito tiene más que ver con su salud que con su reciente separación. A partir de entonces, Tres adioses se dedica a contemplar a su protagonista mientras reformula su existencia hasta alcanzar una tranquilidad, una serenidad y una armonía que nunca antes había tenido. La mujer vuelve a relacionarse con el mundo restableciendo su amistad con Antonio, llamando la atención de un compañero de trabajo encantadoramente torpe, encarnado por Francesco Carril, e interpelando con perspicacia a dos de sus alumnas, que se cortan a escondidas en el baño y cuyas heridas -además de ser una nueva manifestación de la tendencia de Coixet al simbolismo de brocha gorda– aluden a las cicatrices ocultas de Marta.

A diferencia de muchas películas sobre enfermedades terminales, Tres adioses mantiene un tono levemente melancólico y razonablemente alejado del tremendismo melodramático, pero eso no significa que no caiga en el sentimentalismo. De hecho, su gran problema es su empeño en recurrir a significantes estéticos tramposos en busca de una emotividad abiertamente kitsch. Coixet se sirve de cámaras lentas, planos bañados por sugerentes rayos de sol, colores enfatizados hasta el exceso, insertos visuales en formato Super 8, montajes de imágenes encadenadas al compás autoritario de una música lacrimógena, recorridos por Roma en los que no aparecen ni la Fontana di Trevi ni el Coliseo pero que aun así evocan las maneras de los publirreportajes turísticos y amaneceres o atardeceres sobre los que danzan los pájaros. Paradójicamente, la insistencia con la que la película trata de seducir la mirada del espectador anula su capacidad expresiva, algo a lo que también contribuye la afectación de la que hace gala a través de sus referencias superficiales a Feuerbach y la propensión de sus diálogos al aforismo. En realidad, es en los momentos en los que la palabra se hace a un lado y los cuerpos, las miradas y los silencios cobran protagonismo cuando Tres adioses resulta más genuina y conmovedora; especialmente cuando el dolor de la despedida final se transforma en una forma de aceptación combinada con gratitud, por los instantes vividos y los aún por vivir.

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