Dentro del traje hermético, el aire suena distinto. La respiración rebota en la máscara y se escucha amplificada, más rápida, más densa. La visión queda reducida a dos pequeñas ventanas de plástico y cada movimiento exige un esfuerzo extra. El primer minuto es asfixiante. Después, el cuerpo se adapta. Así trabaja la sargento Elena Zafra, especialista NBQ –nuclear, biológica y química– del Ejército de Tierra, en una de las unidades más desconocidas y, al mismo tiempo, más decisivas. Su misión no es combatir lo visible, sino anticiparse a lo que no se ve, no se huele y no avisa.
Zafra ingresó en el Ejército con 19 años. No procedía de familia militar, pero la curiosidad por ese mundo la acompañaba desde niña. “Siempre me había llamado la atención el Ejército, la Guardia Civil… todo ese entorno”, recuerda. Fue su madre quien la animó a dar el paso. “Ella me dijo que si me gustaba, que adelante. Siempre he tenido su apoyo”. Desde entonces han pasado 24 años de servicio.
Durante años observó la especialidad NBQ desde fuera. Es de esas unidades que apenas se conoce más allá del EPI, el equipo de protección individual. Pero detrás del traje hay un engranaje técnico complejo: detectores, protocolos, análisis de muestras y procedimientos que no admiten improvisación.

El peso del equipo
Un combatiente con equipo NBQ completo puede cargar entre 15 y 20 kilos adicionales sobre su peso de combate habitual. El traje no es lo más pesado; el incremento real llega con el conjunto: chaleco, arma, detectores, equipo básico. La máscara, que pesa menos de un kilo con su filtro, apenas parece significativa en la mano. En el rostro es otra cosa. “La máscara te aprieta y al principio es agobiante”, explica. Obliga a respirar a través del filtro, a mantener un ritmo constante. En condiciones de ensayo, esos filtros pueden ofrecer entre dos y cuatro horas de protección continua frente a agentes químicos, aunque en operación los tiempos de cambio son más conservadores.
El uniforme NBQ parece una sola prenda, pero es un sistema multicapa: tejido exterior resistente, una capa intermedia con carbón activo que adsorbe partículas y, en algunos modelos, una película interior que refuerza la barrera frente a líquidos. Está diseñado para aislar.
La temperatura interior puede elevarse entre ocho y diez grados por encima del exterior. El sudor queda atrapado. La piel no respira. A pleno rendimiento, el trabajo intenso no debería prolongarse más de 30 o 60 minutos seguidos antes de que el calor y la fatiga empiecen a afectar. Por eso los relevos se planifican con precisión. En NBQ, el enemigo no es solo el agente contaminante: también lo es el agotamiento.
“Nuestra principal misión es estar preparados y anticiparnos”, insiste Zafra. La preparación es constante. Entrenan con los detectores, ensayan entradas en zonas contaminadas simuladas y repiten procedimientos hasta automatizarlos. Y es que el entrenamiento también sirve para aislar al miedo. “El miedo se transforma cuando tienes todo interiorizado y sigues siempre un protocolo”, asegura la sargentoa.

Serbia: la prueba real
En 2024, la sargento Zafra participó en un ejercicio en Serbia con agentes químicos reales. Allí la amenaza no era simulada.
Antes de entrar en la zona marcada, cada gesto se revisaba al detalle: cierres del traje, ajuste de la máscara, comprobación de los detectores. Dentro, el sonido cambia. Se escucha la propia respiración, amortiguada. Los movimientos son más lentos, más calculados. “Ahí sí que te das cuenta de si la preparación funciona”. Y funciona. “Tienes que estar súper concentrado y no dejar nada a la improvisación”.
La misión es clara: localizar el agente, detectarlo, identificarlo y tomar muestras. En el caso de agentes biológicos, la dificultad aumenta. “Es muy difícil encontrarlos porque pueden estar en el aire”, señala.
Es en esos escenarios cuando se comprueba que los equipos responden y que el protocolo sostiene la presión.
El ritual de la descontaminación
Salir del área contaminada no significa estar limpio. La descontaminación completa puede tardar entre 15 y 30 minutos por persona. Es un proceso metódico. Primero se descontamina el exterior del traje. Después comienza la retirada progresiva del equipo. Cada capa se quita siguiendo un orden estricto para evitar el contacto con posibles restos contaminantes. La máscara es lo último que se retira. Siempre.
Solo cuando los detectores verifican que no queda rastro se da por finalizado el proceso. La seguridad se basa en la redundancia: comprobaciones dobles, supervisión constante. A pesar de la naturaleza de su trabajo, Zafra asegura que no vive con psicosis. “No me llevo el miedo a casa”. Solo en Serbia, por la naturaleza del ejercicio, sintió una inquietud distinta. “Ahí eres más consciente”.

Una unidad con el 15 % de mujeres
En la unidad NBQ, alrededor del 15% del personal son mujeres. Unas 50 forman parte de la unidad. Zafra asegura que nunca ha sentido un trato diferente. “Me siento igual que cualquier hombre. Aquí lo que importa es el trabajo y la preparación”, sin distinguir quién lo haga.
Además de su labor operativa, la sargento también es jefa del equipo de armamento y de la oficina técnica, encargada de supervisar talleres y revisiones. Controla que el armamento, los aparatos de detección y los vehículos estén siempre listos. Incluso dirige ejercicios de tiro con el EPI puesto, porque también puede darse el caso. “No es lo habitual, pero estamos preparados para hacerlo si es necesario”.
Durante la pandemia, la unidad NBQ participó en la descontaminación de residencias y otros espacios. Era un escenario diferente al habitual, pero el método fue el mismo: procedimiento, control, verificación.
Zafra asegura que tiene un objetivo profesional claro: ascender a brigada y asegura. Y como especialista NBQ, su aspiración es aún más concreta: que todo su trabajo se quede en la preparación, es decir; que no haya ninguna alerta nuclear, biológica o química.
Porque la seguridad no siempre se construye frente a lo evidente, sino frente a lo improbable. Frente a aquello que casi nadie percibe hasta que es demasiado tarde.
