El videoarbitraje nació como una promesa de justicia: reducir el error, corregir lo decisivo y quitar peso al azar. Sin embargo, esa promesa no llegó a todos los campos del mismo modo.
En España, el VAR marca hoy una frontera silenciosa entre el fútbol masculino y el femenino, no solo por los medios disponibles, sino también por el propio modo en que la tecnología entra, o no, en el juego
Cuando el VAR es parte del paisaje
Desde la temporada 2018/19, cuando se implementó por primera vez en el fútbol masculino tras su debut en la Supercopa de España, el VAR se ha vuelto casi invisible por cotidiano.
Una sala VOR lejos del estadio, árbitros dedicados exclusivamente al vídeo y un despliegue técnico que permite intervenir incluso sin que nadie lo pida.

Decenas de cámaras, repeticiones en alta velocidad y tecnología semiautomatizada sostienen cada decisión.
Ese modelo tiene un coste elevado, pero también una consecuencia clara: el margen de corrección es más amplio y, aunque el error existe, rara vez queda sin posibilidad de revisión.
El punto incómodo del fútbol femenino
Mientras tanto, durante años, el fútbol femenino no contó con ese respaldo constante. Muchas jugadas decisivas se resolvieron sin repetición ni segunda mirada.
No por falta de criterio arbitral, sino porque el sistema no contemplaba esa intervención automática. El error, cuando llegaba, era definitivo.
Esa ausencia de red generó una tensión silenciosa: partidos que se decidían sabiendo que no había forma de volver atrás.
Un malestar que terminó de estallar tras varias polémicas arbitrales en encuentros de máxima exposición, como algunos Clásicos, y que abrió un debate ya inevitable sobre la necesidad de introducir tecnología de apoyo.
Ese fue el punto incómodo que obligó a buscar una solución distinta.
El FVS como respuesta
Ante esa desigualdad estructural, la RFEF ha optado por el Football Video Support (FVS), un sistema de revisión que se aplica desde la temporada 2025/26.
No hay sala VOR ni árbitros remotos, las imágenes son las de la retransmisión televisiva, y, la revisión no es automática, ya que solo se activa si alguien la solicita.

Cada equipo dispone de dos peticiones por partido, reservadas para jugadas que lo cambian todo. Gol, penalti, roja directa o confusión de identidad, la árbitra revisa la acción a pie de campo y toma la decisión final.
No es el VAR completo, pero tampoco pretende serlo. Es una solución intermedia que busca reducir errores claros sin asumir una infraestructura que muchos clubes todavía no pueden sostener.
Menos ángulos, más responsabilidad
La diferencia entre ambos modelos también se mide en perspectiva. En el fútbol masculino, cada acción se observa desde múltiples ángulos.
En el femenino, el margen es menor. No cambia la regla, pero sí cambia el contexto en el que se aplica.
Cuando el respaldo tecnológico es limitado, la responsabilidad recae con más peso sobre la árbitra. Y cuando aparece la polémica, se amplifica.
Arbitrar también es una cuestión económica
La brecha estructural se refleja en los salarios. Un árbitro principal de Primera División masculina puede superar los 250.000 euros brutos anuales sumando fijo, partidos y variables. En el sistema femenino, una árbitra ronda los 25.000 euros al año.

No es solo dinero. Es la profesionalización, tiempo para formarse y continuidad. La posibilidad, o no, de vivir exclusivamente del arbitraje.
Un paso que no es el final
La implantación del FVS llega acompañada de formación específica y del respaldo de la Real Federación Española de Fútbol. Es un avance real, pero no definitivo.
Sobre todo cuando otras ligas y competiciones internacionales ya han demostrado que el VAR completo también es posible en el fútbol femenino cuando hay inversión y estabilidad.
Mirar el juego desde el mismo lugar
El VAR no distingue géneros en el reglamento, pero sí en su aplicación. No entra igual en todos los partidos ni cuenta con los mismos apoyos, la diferencia no está solo en cómo se juega, sino en cómo y con qué se revisa.
Mientras el fútbol masculino aplica el videoarbitraje desde una estructura consolidada, el femenino lo hace en pleno proceso de crecimiento.

Un desarrollo reciente y acelerado que no siempre ha ido acompañado del mismo ritmo de inversión ni de las mismas garantías tecnológicas.
La tecnología puede corregir errores. Lo que todavía no corrige es la desigualdad estructural que determina quién tiene acceso a una segunda mirada y en qué condiciones.

