En España, miles de empleadas del hogar sostienen cada día una parte invisible de la economía. Limpian casas, cuidan mayores, ordenan oficinas y mantienen en pie rutinas ajenas mientras las suyas quedan en segundo plano. Muchas de estas empleadas tienen estudios universitarios o formación técnica, pero sus títulos rara vez cuentan cuando se trata de salario, derechos o reconocimiento.
El trabajo doméstico se ha convertido en una de las principales puertas de entrada al mercado laboral. Especialmente para mujeres, y en particular para quienes llegan de otros países.
El trabajo invisible que sostiene los hogares
Los datos de los sindicatos lo confirman: una parte relevante de las empleadas del hogar cuenta con formación superior que no se traduce en mejores condiciones. Según la Federación de Servicios de CCOO y UGT, el sector concentra precariedad estructural, salarios bajos y una enorme brecha entre capacidades reales y remuneración. En la práctica, muchas empleadas del hogar ven cómo su experiencia previa se diluye frente a tareas que siguen infravaloradas socialmente.
Cristina rompe con el estereotipo. Es española, tiene estudios universitarios y decidió ser limpiadora “por elección y no por obligación”. Su caso no es una excepción, pero sí una voz que se escucha. A través de sus redes sociales, Cristina muestra lo que muchas empleadas del hogar callan: horarios fragmentados, exigencias abusivas y una relación laboral marcada por el desequilibrio de poder.
“Por limpiar, creen que no sabes hacer nada”
“La gente se piensa que por ser limpiadora no sé hacer nada”, cuenta Cristina en uno de sus vídeos. “Estudié una carrera, pero todavía hay quien te ofrece diez euros la hora y cree que te hace un favor”. Su testimonio conecta con una realidad compartida por miles de empleadas del hogar, a quienes se presupone docilidad y disponibilidad total. El prejuicio pesa tanto como el cubo y la fregona.
@lafregonadecris 🫧Yo soy limpiadora 🫧 Es mentira pero si quieres no es mentira🤭 Dejame en comentarios alguna “anécdota” de tu trabajo. Te leo💗 🤩𝐒𝐢 𝐭𝐞 𝐡𝐚 𝐠𝐮𝐬𝐭𝐚𝐝𝐨 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐚𝐫𝐭𝐞,𝐜𝐨𝐦𝐞𝐧𝐭𝐚 𝐨 𝐝𝐚 𝐚 𝐥𝐢𝐤𝐞,𝐧𝐨 𝐭𝐞 𝐜𝐮𝐞𝐬𝐭𝐚 𝐧𝐚𝐝𝐚 𝐲 𝐦𝐞 𝐚𝐲𝐮𝐝𝐚 𝐚 𝐬𝐞𝐠𝐮𝐢𝐫 𝐜𝐫𝐞𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐞𝐧𝐢𝐝𝐨 𝐠𝐫𝐚𝐭𝐢𝐬 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐭𝐢 🥰𝐆𝐫𝐚𝐜𝐢𝐚𝐬 𝐩𝐨𝐫 𝐯𝐮𝐞𝐬𝐭𝐫𝐨 𝐜𝐚𝐫𝐢ñ𝐨♥️ #limpieza #tips #limpiezamadrid #ordenylimpieza #limpiezaenmadrid #empresadelimpiezamadrid #limpiezamadrid #limpiezadeobra #labayetamagica #lafregonadecris
La falta de pausas, la irregularidad y la ausencia de límites claros forman parte del día a día. La última encuesta del Instituto Nacional de Estadística señala que más del 60% de las empleadas del hogar trabaja con jornadas partidas y sin derecho a descansos regulados. Es un dato que dibuja un sector donde la norma es la excepción y la ley llega tarde.
Exigencias que rozan el abuso
El desgaste físico es constante. Espaldas, rodillas y muñecas sostienen jornadas que rara vez se reconocen como trabajos duros. Pero, además, muchas empleadas del hogar se enfrentan a exigencias que cruzan la línea. Cristina lo resume con crudeza: “En algunos servicios me cronometran el tiempo que bebo agua; en otros, me piden que limpie el suelo de rodillas. Señora, la esclavitud se abolió hace muchos años”.
Estos episodios no son aislados. La relación laboral en domicilios particulares, sin supervisión ni protocolos claros, deja a las empleadas del hogar en una posición de vulnerabilidad. La negociación individual sustituye a los derechos colectivos y normaliza prácticas que no se aceptarían en otros sectores.
Un sector feminizado y precarizado
Las cifras explican parte del problema. De las aproximadamente 540.000 personas que trabajan en limpieza de edificios y locales, cerca del 74% son mujeres, unas 400.000 trabajadoras. En el servicio doméstico, el porcentaje femenino asciende hasta el 95%. Es decir, las empleadas del hogar sostienen un sector casi íntegramente feminizado, donde la precariedad se ceba con quienes ya parten en desventaja.

Visibilizar estas historias es un primer paso. Cristina no busca compasión, sino dignidad. Que el trabajo de las empleadas del hogar deje de ser invisible, que se respeten horarios, salarios y descansos, y que limpiar no signifique agachar la cabeza. Porque detrás de cada casa reluciente hay una trabajadora que merece derechos, no cronómetros.
