Cada generación tiene su propia Wuthering Heights. La novela de Emily Brontë nunca fue una historia romántica convencional, sino un relato feroz, violento y emocional. Sin embargo, durante décadas, el cine la ha envuelto en una estética refinada y fiel a la época que la acercaba más a un museo que a la tormenta emocional que describe.
La nueva adaptación dirigida por Emerald Fennell rompe con esa tradición desde el primer momento. Y lo hace, sobre todo, a través del vestuario. Lejos de intentar reconstruir con precisión la moda victoriana, la propuesta apuesta por algo más radical: transmitir la intensidad psicológica de los personajes. La historia no se plantea como una lección de historia, sino como una experiencia emocional.

La diseñadora Jacqueline Durran, una de las figuras más influyentes del cine de época contemporáneo, ha defendido en varias ocasiones que el vestuario no es un documento histórico, sino una herramienta narrativa. En esta versión, los trajes no responden a una cronología exacta. Se mezclan siluetas de diferentes décadas del siglo XIX, se incorporan texturas y cortes que evocan sensibilidades actuales y se exageran los contrastes para subrayar la personalidad de cada personaje. La prioridad no es la fidelidad, sino el impacto. Algunas piezas incorporan tejidos más ásperos, capas superpuestas y colores saturados que buscan transmitir sensaciones físicas, casi táctiles, antes que referencias académicas.
En Catherine, este enfoque resulta especialmente evidente. En adaptaciones anteriores, su evolución estaba marcada por la transformación social: del mundo rural a la sofisticación. Aquí, su vestuario refleja sobre todo su conflicto interior. Los tonos son más oscuros, las estructuras menos rígidas y la ropa parece funcionar como una extensión de su tormenta emocional. No es una cuestión de moda, sino de identidad.

El Heathcliff de esta adaptación también rompe con la tradición. Su imagen se acerca a un arquetipo contemporáneo del outsider: salvaje, ambiguo, inquietante. El vestuario combina referencias históricas con una estética casi atemporal, lo que refuerza su carácter universal. La intención es que el personaje resulte cercano para el espectador actual sin perder su fuerza original. El resultado se aleja del romanticismo oscuro habitual para acercarse a una figura más incómoda y violenta, en sintonía con la crudeza del texto de Brontë.
Este tipo de decisiones forma parte de una tendencia más amplia en el cine y la televisión. Series como Bridgerton han popularizado una visión estilizada del pasado en la que la fantasía, el color y el espectáculo tienen más peso que el rigor. Películas como Poor Things han ido incluso más lejos, mezclando materiales modernos, ciencia ficción y referencias históricas. Y directoras como Sofia Coppola ya habían demostrado con Marie Antoinette que reinterpretar la historia desde la sensibilidad contemporánea puede conectar con nuevas audiencias. Frente al academicismo visual de adaptaciones clásicas, estas propuestas buscan generar conversación y viralidad en un ecosistema dominado por redes sociales e imagen digital.
Detrás de esta evolución hay varias razones. Por un lado, los propios diseñadores reconocen que la exactitud absoluta es imposible. La mayoría de referencias visuales del pasado están mediadas por pinturas, retratos o reconstrucciones. Por otro, el cine siempre habla del presente, incluso cuando se sitúa en otra época. El vestuario, en este sentido, se ha convertido en un lenguaje que comunica poder, emoción, conflicto y deseo.
También influye el contexto cultural. Tras años marcados por la incertidumbre global, el público busca experiencias visuales más intensas, más escapistas. La cultura digital, las redes sociales y la moda han cambiado la manera en que se percibe la historia: ya no como una verdad fija, sino como una fuente de inspiración.
Las críticas no han tardado en aparecer. Algunos historiadores consideran que este tipo de propuestas difuminan el contexto social y político de las obras originales. Otros, sin embargo, defienden que la fidelidad nunca ha sido total y que reinterpretar los clásicos es la única manera de mantenerlos vivos.
La nueva Cumbres borrascosas se sitúa en ese punto de tensión. No pretende ser un retrato exacto del siglo XIX, sino una exploración de la pasión, la obsesión y la violencia emocional. Y en ese viaje, el vestuario deja de ser un archivo para convertirse en una forma de narrar. Porque, como repiten muchos diseñadores, el cine no es un documental. Es una experiencia. Quizá por eso, cada generación no solo adapta la historia, sino también la manera de sentirla.
