La falda es, en sí, todo un mundo de posibilidades. Ya lo dice Miuccia Prada: “para mí la falda es como una camiseta, así que pongo todas mis ideas en cada colección y temporada; desde la mirror skirt, la tourist skirt o la lipstick skirt… Todas representan mi creatividad, así lo explicaba la directora creativa de Prada y Miu Miu (y ex CEO del grupo Prada) en una entrevista hace veinte años, y lo cierto es que su filosofía no ha cambiado ni un ápice. “Después es muy fácil vestirla, combinada con una camisa, un suéter… Es una pieza fácil de llevar y además puede ser todo lo excéntrica que quieras, pero no tiene por qué cambiar quién eres”, terciaba. No es exagerado decir que, en ese gesto, la falda se convirtió en un campo de pruebas para la marca y, consecuentemente, la industria.
Ya desde principios de los 90, la marca italiana introduce faldas que huyen del minimalismo sin esencia y la seducción de manera “más evidente”; al contrario, son rectas, a media pierna (el nuevo formato midi), en colores que no llaman la atención simple vista (marrones turbios, verdes apagados) y confeccionadas en tejidos que, hasta entonces, parecían ajenos al lujo. Este alarde de utilitarismo contrasta entonces con la explícita sensualidad de Versace o la provocación de Tom Ford en Gucci y era altamente político. De hecho, su espectáculo residía en la intención y la transformación de esta prenda (tradicionalmente asociada con lo femenino y lo doméstico) alteró el “sistema operativo” de la moda (y qué se considera deseable a través de qué materiales)
hasta conversar con la ambigüedad de lo práctico y lo real.
Foto 1: La colección ss2000 de Prada tuvo embajadoras como el personaje de Charlotte (Kristin Davis) en Sexo en Nueva York, que no solo lució la falda lipstick sino que dijo que fue uno de sus looks favoritos de toda la serie.
Esta pequeña revolución abanderada por Miuccia Prada abrió las posibilidades de la falda como laboratorio contemporáneo, que, con el tiempo, sienta la base sobre la que otros diseñadores construirán. Empezando por la propia Donatella Versace o Dolce & Gabbana, que matizan su exuberancia con una mayor complejidad, mientras que el minimalismo de Calvin Klein o Jil Sander abrazaba una nueva tensión más conceptual y relajada que en sus inicios. A su vez, esta dialéctica legitima la visión de los diseñadores de la escuela de Amberes (como Dries Van Noten o Ann Demeulemeester), que ya exploran lo anti-comercial y poético pero bajo un nuevo diálogo con el lujo global.
De hecho, la clave son los materiales únicos, la importancia de la textura y el gusto por las combinaciones inesperadas que incorporan los diseños de Helmut Lang o Martin Margiela bajo sus característicos enfoques deconstructivos. Si en el 98 Prada introduce materiales como la goma en sus faldas, el nylon ya es una realidad hacia el final de la década y los materiales industriales que las marcas comienzan a abrazar colocan a la falda más cerca de un objeto intelectual que de un ornamento puramente bello (y viceversa, en una contradicción constante).
Foto2: Bella Hadid, con una falda de archivo de Prada de los 2000 https://www.instagram.com/p/DQsUL-xEmBn/?igsh=MWp5YmFwMWp2dW40dg==
Objeto de estudio, veinte años después
Esta nueva forma de pensar la moda (intelectual, ambigua y abierta, en el caso de Prada), hace que esta prenda siga, aun hoy, en una constante reinvención. Una herencia que resulta especialmente visible en las colecciones reciente, como SS26 como máxima de estas intenciones. Así la falda vuelve a ocupar un lugar central en múltiples casas, pero rara vez lo hace de manera convencional; en Gucci o Saint Laurent reaparece la primogenia y ya icónica falda lápiz, ligeramente modificada a base de tiros más bajos y estilismos que mezclan códigos de oficina con elementos nocturnos. Los tejidos también se alejan de la rigidez clásica, con Bottega Veneta o Versace reinando en el terreno de la textura y el exceso controlado: capas, superficies táctiles y ornamentación que va más allá hasta alterar la percepción de la prenda. Como consecuencia, resuena de nuevo esa idea inicial de que el material es, puramente, un vehículo conceptual.
Por otro lado, Balenciaga o Chloé también proponen esta temporada una construcción sobre esta deconstrucción donde una silueta (que parece) inacabada invita a la libertad de movimiento, incluso con las propuestas más experimentales, como las de Marni (con Francesco Risso) y Duran Lantink haciendo de la falda un objeto conceptual, ensamblado y reciclado; una idea, de nuevo, más que un producto.
Foto 3: Dries Van Noten AW25
Cómo llevarla en 2026
Empezando por la falda lápiz desde una óptica contemporánea, los tiros bajos y estilismos más versátiles vuelven a escena; esto incluye versiones elevadas al cuadrado en cuanto a expresión, textura, brillo y superposición, donde la falda es la absoluta protagonista. En este caso, una camiseta blanca ajustada o una camisa oversize, en colores pastel o neutros, serán tus mejores aliados para completar el outfit.
Los volúmenes también entran en juego (gracias a Balenciaga, Sportmax o los volantes de Chloé) y garantizan teatralidad (y drama) para toda la temporada. Juega a los complementarios y equilibra el peso visual con colores sobrios, cropped tops y siluetas que acompañen en el entretiempo.
Además, las lentejuelas y el maximalismo conviven con la sobreposición, sin miedo a cruzar la línea del día y la noche. Apuesta por algodones, mezclas de lino, punto y tweed para contrastar los materiales (y el acabado) brillante.
Foto 4: Una imagen de la colección de Chloé SS26
“Al final tienes que hacer ropa que sea ponible (y venderla), pero, sobre todo, que la gente quiera llevar. Eso es mucho más importante que la creatividad para mí”, decía la señora Prada en esa entrevista de 2006, que hoy resuena más actual que nunca.
