Durante dos décadas, la it girl fue uno de los grandes productos culturales de la moda. Era una figura aspiracional y no era exactamente una celebrity ni una modelo, sino algo más difícil de definir, una mujer cuya manera de vestir y de vivir generaba deseo. De Chloë Sevigny a Alexa Chung, pasando por Kate Moss u Olivia Palermo, el fenómeno respondía a una época en la que la moda todavía producía figuras casi mitológicas.
Pero ese modelo empieza a parecer agotado. No porque hayan desaparecido los iconos, sino porque las mujeres que hoy marcan el ritmo cultural se relacionan con la influencia de otra manera. La etiqueta it girl tradicional, asociada históricamente a juventud, ligereza e incluso cierta frivolidad, generaba tendencia. Las nuevas musas generan discurso. Durante años, la industria privilegió mujeres convertidas en superficies de proyección (guapas, deseables y algo inaccesibles); hoy el valor está en otra parte. Importa menos encarnar una fantasía y más tener una mirada.
Ahí es donde figuras como Zendaya resultan decisivas, porque si algo ha hecho ha sido desbordar la categoría de icono de estilo. Su relación con la moda se aleja del modelo clásico de embajadora y responde a una construcción estratégica en la que imagen, narrativa y cultura funcionan juntas. Junto a Law Roach ha redefinido cómo una actriz puede utilizar la moda como extensión de su trabajo. La gira de Challengers fue un ejemplo perfecto. Cada aparición pública estaba pensada para dialogar con la película (referencias al universo del tenis, guiños al archivo…). Aunque se interpretó en prensa como una tendencia, en realidad fue algo más interesante, fue una forma de contar una historia a través del vestuario.
Según The Lyst Index, Loewe y Miu Miu han liderado en distintos momentos recientes el ranking global de marcas más deseadas. Resulta significativo que ambas hayan construido su atractivo alrededor de una feminidad menos convencional (intelectual, irónica, incluso un poco excéntrica). En el caso de Miu Miu, además, el fenómeno tiene traducción económica. Prada Group informó de un crecimiento del 97% en ventas retail de la firma durante los primeros nueve meses de 2024. Habla de un mercado que premia una sensibilidad distinta. Ya no se trata solo de vender prendas, sino imaginarios. Y esos imaginarios necesitan otras musas.
Si Zendaya encarna una nueva sofisticación narrativa, otras figuras están ampliando ese mapa desde lugares distintos. Hunter Schafer representa quizá la versión más artística de esta mutación. Su vínculo con la moda se sostiene en una sensibilidad propia, casi autoral. No es casual que casas como Prada la lean más como colaboradora que como simple imagen.
Algo parecido ocurre con Emma Chamberlain, cuya trayectoria desmontó otra idea clásica de la musa. No llegó desde la aristocracia de la moda ni desde el star system, sino desde internet. Y, sin embargo, se ha convertido en una de las figuras más observadas de la primera fila precisamente por su personalidad. También Ayo Edebiri encarna esa transición. Su estilo interesa porque no busca funcionar como escaparate, sino como extensión de una identidad. Hay humor, referencias, inteligencia. Algo que hace unos años no necesariamente era central en la conversación moda.
Y quizá ahí está la verdadera ruptura con el viejo modelo de it girl: las nuevas musas ya no están definidas por lo que proyectamos sobre ellas, sino por lo que ellas proyectan. Es un cambio de dirección. Antes la moda construía iconos para ser deseados. Ahora se acerca a mujeres que ya tienen lenguaje propio.
Incluso el fenómeno de Pamela Anderson puede leerse desde ahí. Su reciente reivindicación de una belleza sin artificio no ha funcionado como nostalgia, sino como gesto cultural. En una industria obsesionada con la producción de imagen, la autenticidad se ha convertido en una forma inesperada de radicalidad.
Por eso la palabra “musa”, que parecía antigua, vuelve a tener sentido. No como figura inspiradora en un sentido romántico, sino como mujer que activa imaginarios. En esa categoría caben hoy perfiles muy distintos, desde Zendaya hasta Hunter Schafer, pero todas comparten una misma lógica: no funcionan como fenómenos de temporada. Tienen consistencia.
Porque las tendencias duran meses, pero las musas de verdad cambian la conversación. Y esa es probablemente la razón por la que las nuevas referentes no quieren ser llamadas it girls. No porque renuncien a la influencia, sino porque aspiran a algo más ambicioso que marcar qué se lleva. Aspiran a definir cómo se piensa el estilo hoy.

