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La francesa perfecta no existe (pero llevamos 20 años intentando vestir como ella)

La última en caer ha sido Gigi Hadid durante la Semana de la Moda de París. Pero, ¿por qué seguimos queriendo parecernos a una parisina que, probablemente, solo existe en nuestra imaginación?

Jeanne Damas es posiblemente el mejor ejemplo actual
Jeanne Damas es posiblemente el mejor ejemplo actual

Hay una mujer que vive en París y aparentemente nunca tiene un mal día. No sabemos exactamente a qué se dedica porque parece disponer de las mañanas para tomar café en una terraza, comprar flores y caminar junto al Sena. Tampoco sabemos cómo consigue que su flequillo mantenga esa perfecta imperfección cuando llueve, dónde guarda la ropa deportiva o por qué jamás aparece cargada con una mochila, unas zapatillas destrozadas y las bolsas del supermercado. Su armario, en cambio, lo conocemos perfectamente: camisa blanca, Levi’s ligeramente desgastados, americana masculina, jersey de cachemir, gabardina beige, bailarinas y un bolso de cuero que parece heredado de su madre. Por la noche se pone un vestido negro y, por supuesto, nunca parece haber dedicado más de cinco minutos a elegirlo.

Esa mujer lleva décadas apareciendo en revistas, campañas de publicidad, libros de estilo, Pinterest, Instagram y en los innumerables artículos titulados How to dress like a French girl que se publican cíclicamente. Cambian las tendencias, las modelos y las redes sociales, pero ella permanece intacta. La última encarnación de la fantasía ha sido Gigi Hadid, que estos días apareció en París para asistir al desfile de Miu Miu con camisa blanca, vaqueros de pierna recta, bailarinas Mary Jane, bolso marrón y gafas de sol. ¿Ha entrado la modelo en su French girl era? Se preguntaban las revistas de moda.

La descripción es divertida porque Hadid nació en Los Ángeles, es estadounidense y acudía al desfile de una casa italiana. Nada de eso ha impedido que la combinación de camisa, denim y bailarinas active inmediatamente el imaginario francés. Y ahí está precisamente la clave: el French girl style dejó hace mucho tiempo de describir cómo visten realmente las mujeres francesas y ha pasado a ser una categoría estética internacional, una fantasía sobre cómo creemos que debería vestir —y quizá también vivir— una mujer que tiene ese llamado “estilo sin esfuerzo“.

Toda fantasía necesita una protagonista y la parisina imaginaria ha tenido unas cuantas. Jane Birkin continúa siendo probablemente la más influyente, aunque aquí aparece la primera paradoja: Birkin no era francesa, sino británica. Nació en Londres y llegó a Francia en los años sesenta, pero sus vaqueros, camisetas blancas, vestidos diminutos, flequillo y célebre cesta de mimbre terminaron formando parte de la iconografía del estilo francés. Incluso el bolso Birkin nació después de que Jean-Louis Dumas, entonces responsable de Hermès, coincidiera con ella en un vuelo entre París y Londres en 1984 y escuchara sus dificultades para encontrar un bolso práctico para una madre joven.

Después llegaron Françoise Hardy, Catherine Deneuve e Inès de la Fressange; más tarde, Caroline de Maigret y Jeanne Damas. Cada una representó una versión ligeramente diferente de la misma mujer y, sin embargo, sorprende comprobar lo poco que ha cambiado su guardarropa. Vaqueros, camisa, americana, gabardina, jersey, bailarinas, mocasines, algún vestido estampado y un buen bolso. Si alguien hubiera escrito esta lista en 2006, probablemente habría servido. Y sigue funcionando.

Cómo convertimos a la francesa en una marca

La industria comprendió pronto que aquello podía venderse. En 2010, Inès de la Fressange publicó Parisian Chic: A Style Guide, uno de los manuales más conocidos sobre el asunto. Cuatro años después llegó How to Be Parisian Wherever You Are: Love, Style, and Bad Habits, firmado por Anne Berest, Audrey Diwan, Caroline de Maigret y Sophie Mas. El título resumía perfectamente la paradoja: ya no hacía falta vivir en París para ser parisina. La identidad se había convertido en un producto exportable.

Las redes sociales llevaron la idea mucho más lejos porque permitieron transformar el personaje en un universo permanentemente comprable. Jeanne Damas es posiblemente el mejor ejemplo de hoy en día. Fundó Rouje en 2016 alrededor de un guardarropa que reúne muchos de los códigos que asociamos inmediatamente con París: vestidos femeninos, blusas, vaqueros, punto, labios rojos y una sensualidad deliberadamente despreocupada. La propia firma explica que nació del deseo de crear el “armario ideal” de Damas y construye buena parte de su identidad alrededor de la mujer parisina.

El éxito de esa fantasía reside en su sencillez. No intenta representar la forma real de vestir de millones de mujeres francesas, algo evidentemente imposible, sino condensar París en media docena de objetos. Una camisa blanca, unos vaqueros, unas bailarinas y un bolso de cuero bastan para invocar todo un estilo de vida. Si añadimos flequillo, labios rojos y una baguette, prácticamente podemos escuchar un acordeón de fondo.

La París real, naturalmente, es mucho más interesante. Sus mujeres llevan zapatillas, ropa deportiva, lujo, cadenas de moda rápida, prendas vintage, streetwear, abayas, botas, mochilas y las mismas combinaciones acertadas o desastrosas que pueden encontrarse en Madrid, Londres o Nueva York. La “francesa” de la moda no pretende ser un retrato antropológico de esas mujeres. Funciona de la misma manera que ahora funcionan la Scandi girl, la Copenhagen girl o la más reciente Portuguese girl: toma una cultura compleja, selecciona unos cuantos elementos visuales y los convierte en un personaje que cualquiera puede reproducir desde cualquier parte del mundo.

Ninguno de esos personajes, sin embargo, ha tenido la resistencia de la parisina. Y quizá la explicación esté menos en las prendas que en la actitud que prometen. La francesa imaginaria representa uno de los mayores objetos de deseo de la moda: el esfuerzo invisible. Tiene buena piel, pero supuestamente apenas se maquilla; lleva el pelo perfecto, aunque parece haberse levantado así; conoce las tendencias, pero nunca parece seguirlas; tiene un armario extraordinario, aunque aparentemente no dedica demasiado tiempo a pensar en ropa. Incluso cuando lleva un pintalabios rojo, el resto del rostro debe sugerir que se lo puso en el ascensor.

La contradicción reside en alcanzar la apariencia de no haberse esforzado puede requerir muchísimo esfuerzo. El vaquero tiene que sentar exactamente como debe, la camisa blanca necesita el corte correcto, el cabello debe estar despeinado de una manera muy específica y el maquillaje invisible requiere, con frecuencia, bastante más trabajo que uno visible. La naturalidad se convierte así en otra construcción estética, solo que una particularmente eficaz porque pretende no serlo.

También existe una fantasía vital alrededor de ella. La parisina imaginaria bebe copas de vino, come pan, fuma en las versiones más antiguas del personaje y parece disfrutar de la comida sin dedicarle demasiado pensamiento. Esa imagen ha sido cuestionada numerosas veces por convertir la delgadez, la belleza y el privilegio en supuesta naturalidad, pero continúa ejerciendo una fascinación enorme porque ofrece justo lo contrario de la cultura contemporánea de la optimización: una mujer que aparentemente no necesita mejorarse constantemente.

Jane Birkin
Jane Birkin

Por qué nunca dejamos de querer ser ella

Que esta fantasía reaparezca ahora tiene bastante sentido. Llevamos varios años viviendo sometidas a una velocidad estética agotadora. TikTok ha convertido la moda en una sucesión interminable de cores y microtendencias: cottagecore, Barbiecore, clean girl, coquette, mob wife, office siren, old money. Cada pocas semanas aparece una nueva identidad que promete renovar nuestra forma de vestir y, convenientemente, exige volver a comprar. Frente a esa velocidad, el armario de nuestra francesa imaginaria tiene la ventaja de permanecer. La camisa blanca no necesita explicación. Los vaqueros rectos tampoco. Una gabardina puede llevarse este otoño y dentro de diez años. Las bailarinas desaparecen y regresan periódicamente, pero nunca abandonan completamente el armario. Un jersey de cachemir, una americana masculina o un bolso de cuero envejecen bastante mejor que cualquier microtendencia nacida de un vídeo de quince segundos.

Por eso el estilo francés suele recuperar fuerza precisamente cuando empezamos a cansarnos de las tendencias. Promete la posibilidad de dejar de buscar nuestro estilo porque supuestamente ya lo hemos encontrado. Y esa promesa encaja, además, con algunas de las ideas que están apareciendo esta temporada en París. Miuccia Prada ha construido su última colección de Miu Miu alrededor de lo que denomina “ropa real”, mezclando faldas, prendas deportivas, vaqueros y elementos reconocibles del armario cotidiano. The Guardian interpretaba el desfile precisamente como una reivindicación de las real clothes convertidas en alta moda. En ese contexto, Gigi Hadid saliendo del desfile con una camisa y unos vaqueros parece casi una imagen perfecta del momento. Después de años en los que el street style de las semanas de la moda llegó a convertirse en una competición por conseguir la fotografía más extravagante, resulta refrescante mirar un conjunto y pensar que podríamos llevarlo mañana.

Jane Birkin posa con su icónico bolso

También existe una explicación económica. Justo ahora que los precios han aumentado y una parte de los consumidores cuestiona cuánto está dispuesta a pagar por determinados productos, el armario francés imaginario tiene una ventaja comercial formidable: puede construirse prácticamente a cualquier precio. Los vaqueros pueden costar 50 euros o 500; la camisa puede proceder de Zara o de una casa francesa; el bolso puede ser Hermès o uno vintage encontrado en París hace quince años. Lo que importa no es necesariamente la etiqueta, sino la combinación.

Eso permite que medio sector participe de la misma fantasía. Zara puede vender la gabardina; Sézane, el jersey; Rouje, el vestido; Chanel, las bailarinas; Hermès, el bolso. Todas pueden ofrecer, desde escalones económicos completamente diferentes, una pequeña porción del mismo personaje. Lo que compramos no es la prenda francesa, es la promesa de construir un armario en el que todo combina, nada parece pasar de moda y vestirse por la mañana deja de requerir demasiadas decisiones.

E igual es aquí donde encontramos la razón por la que seguimos fascinadas por una mujer que probablemente nunca ha existido exactamente como la imaginamos. No queremos necesariamente ser francesas. Queremos aquello que hemos decidido que la francesa representa: abrir el armario y saber qué ponernos, encontrar de una vez los vaqueros perfectos, llevar el mismo bolso durante quince años, saber cuál es nuestro perfume, cortarnos el flequillo sin arrepentirnos y conseguir que todo parezca natural.

Es, en el fondo, una fantasía sobre la seguridad en una misma. Jane Birkin la representó con una cesta de mimbre; Caroline de Maigret, con el pelo despeinado; Jeanne Damas la convirtió en una estética perfectamente adaptada a Instagram. Ahora Gigi Hadid aparece en París con unos vaqueros, una camisa blanca y unas bailarinas y el mecanismo vuelve a ponerse en marcha. La mujer cambia, pero el uniforme apenas lo hace.

Dentro de veinte años, probablemente otra modelo saldrá de otro desfile con unos vaqueros rectos, una camisa blanca y unas bailarinas. Alguna revista anunciará de nuevo que ha encontrado el secreto del French girl style y miles de mujeres guardarán la fotografía buscando inspiración. Mientras tanto, en algún café de París, seguramente habrá una francesa de verdad leyendo ese artículo vestida con leggings y zapatillas.

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