Moda

Por qué lo masculino sigue teniendo más prestigio que lo femenino (incluso en la moda)

Durante siglos, los vestidos, los tacones o los trajes han funcionado como símbolos de feminidad y masculinidad. Diseñadores como Harris Reed y Palomo Spain están cuestionando esas fronteras, pero su revolución plantea una pregunta que va mucho más allá de las pasarelas: ¿por qué seguimos considerando que determinadas prendas pertenecen exclusivamente a un género?

Pensemos por un momento en un hombre que entra en una tienda y se prueba una falda. O en una mujer que elige una chaqueta de corte masculino, unos zapatos planos y una camisa amplia para asistir a un evento. Es probable que la reacción social ante ambos sea muy diferente. A la mujer se le podría considerar elegante, moderna o sofisticada, mientras que el hombre quizá tendría que explicar su elección o enfrentarse a miradas de extrañeza. La ropa continúa funcionando como un lenguaje cargado de expectativas, incluso en una época en la que hablamos constantemente de libertad individual. Y es precisamente esa contradicción la que está llevando a una nueva generación de diseñadores a cuestionar las fronteras que tradicionalmente han separado el vestuario masculino del femenino.

La llamada moda sin género suele presentarse como una tendencia asociada a las nuevas generaciones y a una mayor visibilidad de identidades que no encajan en las categorías convencionales. Sin embargo, la historia demuestra que la relación entre las prendas y el género ha sido mucho menos estable de lo que imaginamos. Los hombres europeos de determinadas clases sociales utilizaron durante siglos tacones, bordados, pelucas y tejidos ornamentados que hoy asociaríamos fácilmente con la feminidad. Al mismo tiempo, prendas tan habituales en el armario femenino como los pantalones estuvieron sometidas a fuertes convenciones sociales antes de normalizarse. Lo que actualmente consideramos masculino o femenino no responde siempre a una característica natural de la ropa, sino a códigos culturales que han cambiado con el tiempo.

Uno de los ejemplos más reveladores de esa transformación se encuentra en la historia de los zapatos de tacón. Aunque hoy solemos asociarlos con la feminidad, su utilización se extendió entre determinados grupos masculinos mucho antes de convertirse en un símbolo del armario de las mujeres. Los jinetes persas utilizaron calzado con tacón para facilitar la estabilidad sobre los estribos, y durante la Europa moderna este elemento adquirió connotaciones de prestigio entre las élites. Luis XIV de Francia convirtió los tacones rojos en un signo de distinción aristocrática, demostrando que aquello que hoy consideramos femenino pudo representar, en otro contexto, poder y masculinidad.

Algo parecido ocurrió con los bordados, las medias de seda o las prendas decoradas con encajes. La ornamentación no siempre fue considerada incompatible con la imagen masculina. Fue a través de complejas transformaciones económicas, culturales y sociales como el vestuario de los hombres occidentales se fue orientando hacia una mayor sobriedad, mientras que numerosas formas de decoración quedaron asociadas al universo femenino. La historia de la moda demuestra así que las fronteras actuales no son tan antiguas ni tan inmutables como solemos pensar.

Para las mujeres, el recorrido fue diferente. La incorporación de los pantalones a su vestuario estuvo vinculada a debates sobre respetabilidad, actividad física, trabajo y autonomía. Durante el siglo XX, figuras como Coco Chanel o Marlene Dietrich contribuyeron, desde ámbitos distintos, a normalizar una estética femenina que incorporaba elementos tradicionalmente masculinos. Lo interesante es que, con el paso del tiempo, muchas de aquellas prendas dejaron de resultar provocadoras. Hoy una mujer puede vestir un traje de chaqueta sin que nadie interprete necesariamente que está cuestionando su identidad femenina. Ese cambio permite plantear una pregunta incómoda: si hemos aceptado que las mujeres incorporen buena parte del vestuario masculino, ¿por qué continúa resultando más difícil que los hombres adopten prendas asociadas a la feminidad?

Tweed de Coco Chanel - Estilo14
El emblemático traje tweed de Coco Chanel

Harris Reed y el derecho a resultar extraordinario

Entre los diseñadores que están explorando esta cuestión destaca Harris Reed, cuya propuesta creativa difícilmente puede confundirse con la idea tradicional de ropa unisex. Sus colecciones están llenas de volúmenes espectaculares, sombreros monumentales, faldas estructuradas y referencias al romanticismo histórico. En lugar de eliminar los elementos considerados masculinos o femeninos para alcanzar una apariencia neutra, Reed los combina de manera deliberadamente teatral. Su trabajo propone que una persona pueda utilizar la ropa para construir una identidad sin sentirse obligada a respetar las categorías convencionales.

El diseñador, formado en Central Saint Martins, ha convertido la fluidez de género en uno de los principios centrales de su lenguaje estético. Su trabajo ha aparecido en escenarios de gran visibilidad cultural, desde las colaboraciones con Harry Styles hasta el vestuario de celebrities como Iman. En 2022, el Victoria and Albert Museum de Londres dedicó una edición de su programa Fashion in Motion a sus creaciones, reconociendo así el interés cultural de una propuesta que no se limita a cuestionar cómo deben vestir las personas, sino también quién tiene derecho a ocupar espacio, llamar la atención y construir su propia imagen.

Lo más sugerente de Harris Reed es que no entiende la libertad estética como una obligación de renunciar a la belleza espectacular. Sus diseños son excesivos, románticos y profundamente ornamentales. Recuperan referencias aristocráticas y formas tradicionalmente asociadas al vestuario femenino, pero las sitúan en cuerpos e identidades diferentes. Un corsé puede dejar de ser interpretado exclusivamente como una prenda destinada a moldear la figura de una mujer, mientras que una falda adquiere nuevos significados cuando no se presenta como símbolo inequívoco de feminidad.

Esa aproximación permite distinguir dos conceptos que a menudo se utilizan como sinónimos. La ropa unisex suele diseñarse para ser utilizada por personas de diferentes géneros y con frecuencia recurre a formas amplias o relativamente neutras. La moda de género fluido, en cambio, puede adoptar una estética extremadamente expresiva, utilizar elementos tradicionalmente masculinos o femeninos y cuestionar precisamente por qué esas asociaciones deberían determinar quién puede llevar cada prenda. La libertad no consiste necesariamente en vestir a todo el mundo de la misma manera, sino en ampliar las posibilidades disponibles.

Palomo Spain, el diseñador español que convirtió la delicadeza en una forma de masculinidad

En España, una de las figuras más significativas de esta transformación es Alejandro Gómez Palomo, fundador de Palomo Spain en 2016. Nacido en Posadas, Córdoba, el diseñador construyó desde sus primeras colecciones un universo en el que los códigos de la indumentaria masculina convivían con bordados, sedas, transparencias, volantes y referencias históricas propias del vestuario femenino. Sus propuestas, profundamente teatrales, cuestionaban una de las asociaciones más arraigadas de la cultura occidental: la idea de que la masculinidad debe expresarse necesariamente mediante sobriedad, dureza o contención estética.

Las creaciones de Palomo recuperaban una sensualidad masculina que durante siglos había permanecido limitada por las convenciones sociales. Sus camisas ornamentadas, pantalones de tejidos delicados y prendas de inspiración barroca permitían imaginar hombres que no necesitaban renunciar a la decoración o a la fragilidad visual para afirmar su identidad. La propuesta resultaba especialmente interesante porque conectaba elementos de la tradición artesanal española con una mirada contemporánea sobre el género.

La evolución de la firma también permite observar las complejidades de este cambio cultural. En 2025, Palomo Spain presentó Cocoon, su primera colección diseñada específicamente para mujeres, dentro de la temporada Resort 2026. El movimiento podría parecer contradictorio en una marca que había alcanzado notoriedad por cuestionar las fronteras entre géneros, pero revela hasta qué punto la moda se mueve entre propuestas artísticas, necesidades comerciales y realidades del mercado. Desdibujar los códigos estéticos no significa necesariamente que desaparezcan las categorías utilizadas para organizar la industria.

Lo importante de su trayectoria es la contribución a una conversación que resulta especialmente relevante para las mujeres. Durante décadas, la libertad femenina para apropiarse de prendas masculinas ha sido interpretada como un avance hacia la autonomía y la igualdad. Sin embargo, cuando la feminidad se incorpora al vestuario de los hombres, todavía puede ser objeto de cuestionamiento. Esa diferencia invita a preguntarse por qué determinados atributos asociados a lo masculino han adquirido mayor prestigio social que otros vinculados a lo femenino.

Las mujeres que comenzaron a romper las reglas mucho antes

Aunque gran parte del debate actual se centra en diseñadores contemporáneos, las mujeres han desempeñado un papel fundamental en la transformación histórica de los códigos del vestir. A comienzos del siglo XX, Coco Chanel contribuyó a introducir en el armario femenino prendas y materiales asociados a la comodidad y a la indumentaria masculina, favoreciendo una silueta menos sometida a determinadas estructuras rígidas. Su revolución no consistió solamente en crear una nueva estética, sino también en responder a los cambios de vida de las mujeres, que reclamaban prendas más adecuadas para trabajar, desplazarse y participar en actividades hasta entonces limitadas por las convenciones.

Décadas después, creadoras como Rei Kawakubo o Ann Demeulemeester ampliaron aquella transformación desde perspectivas muy diferentes. Kawakubo cuestionó la necesidad de que la ropa femenina reprodujera siluetas consideradas atractivas, explorando volúmenes y estructuras que alteraban la percepción del cuerpo. Demeulemeester, por su parte, desarrolló un lenguaje basado en la androginia, la sastrería y la ambigüedad, donde prendas tradicionalmente masculinas podían adquirir una sensibilidad íntima y romántica.

Estas diseñadoras no defendían necesariamente una moda sin género en los términos que utilizamos actualmente. Sus obras respondían a contextos culturales distintos y perseguían objetivos propios. Sin embargo, contribuyeron a cuestionar la idea de que la ropa debía confirmar de manera inequívoca una identidad masculina o femenina. Gracias a esas transformaciones, la moda contemporánea dispone de un lenguaje mucho más amplio para representar distintas formas de personalidad y de relación con el cuerpo.

Rei Kawakubo

¿Significa la moda sin género que desaparecerá la feminidad?

Una de las preguntas más interesantes que plantea este movimiento tiene que ver con el futuro de las diferencias estéticas. Si la ropa deja de organizarse alrededor de categorías masculinas y femeninas, ¿desaparecerán los vestidos, los tacones, los trajes y todos aquellos elementos que históricamente han funcionado como símbolos de género? La respuesta no tiene por qué ser afirmativa. La moda sin género no exige necesariamente que abandonemos la feminidad o la masculinidad como formas de expresión. Lo que cuestiona es la obligación de ajustarse a ellas por el simple hecho de pertenecer a una determinada categoría.

Poder elegir libremente una falda, un traje masculino, unos tacones o unas zapatillas no implica que todas esas prendas deban perder su significado cultural. Significa que su utilización no debería estar condicionada por expectativas rígidas sobre cómo debe comportarse o presentarse una mujer. Del mismo modo, la posibilidad de que un hombre utilice encajes o transparencias no convierte automáticamente esas prendas en objetos neutros: amplía las maneras en que pueden interpretarse.

La industria, por supuesto, todavía presenta importantes limitaciones. Buena parte de las marcas continúa organizando sus colecciones mediante categorías de género, y el patronaje debe resolver necesidades corporales que no desaparecen simplemente al modificar una etiqueta. Además, la libertad que encontramos en determinados desfiles de alta costura no siempre se corresponde con las posibilidades reales de las personas en su vida cotidiana. Las expectativas familiares, los códigos profesionales y los prejuicios sociales continúan condicionando las decisiones sobre cómo vestir.

Por eso, más que anunciar la desaparición inmediata de la moda masculina y femenina, resulta razonable interpretar estas propuestas como parte de un proceso de transformación cultural que todavía está desarrollándose. Los creadores pueden plantear posibilidades en las pasarelas, pero son las personas y las sociedades quienes terminan decidiendo cuáles se incorporan a la vida cotidiana.

Lo más interesante de la moda sin género es que nos obliga a prestar atención a algo que hacemos todos los días sin cuestionarlo demasiado. Elegir qué ponernos puede parecer una decisión individual, pero está condicionada por convenciones históricas que hemos aprendido desde la infancia. Sabemos reconocer un traje masculino, un vestido femenino o determinados zapatos asociados a uno u otro género porque nuestra cultura nos ha enseñado a interpretar esas formas de una manera concreta.

Diseñadores como Harris Reed y Palomo Spain están demostrando que ese lenguaje puede transformarse. Lo hacen desde propuestas diferentes, utilizando la exageración, la artesanía y las referencias históricas para cuestionar las fronteras que organizan nuestra manera de vestir. Pero su relevancia no consiste únicamente en crear imágenes sorprendentes o en convertir la pasarela en un espacio de provocación. También nos invitan a reconsiderar la libertad que concedemos a los demás para representarse como desean.

Tal vez el futuro no sea un armario en el que desaparezcan las prendas tradicionalmente masculinas o femeninas, sino uno en el que esas categorías dejen de funcionar como límites obligatorios. Una mujer podrá disfrutar de un vestido romántico sin que ello determine su personalidad, y un hombre podrá encontrar belleza en una prenda delicada sin sentirse obligado a justificarla. Porque, en última instancia, la pregunta más importante no es si la ropa tiene género, sino por qué hemos permitido durante tanto tiempo que una prenda establezca lo que una persona puede o no puede ser.

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