En 1993, Issey Miyake presentó una colección de prendas plisadas que acabaría transformando la manera de entender la elegancia femenina. Los vestidos eran ligeros, elásticos, fáciles de lavar y prácticamente imposibles de arrugar. Podían doblarse hasta ocupar un espacio mínimo en una maleta y recuperaban su forma al desplegarse. Sin embargo, su verdadera singularidad estaba en cómo se comportaban sobre el cuerpo: los pliegues se abrían y cerraban al caminar, el tejido acompañaba cada movimiento y las siluetas cambiaban sin necesidad de recurrir a estructuras rígidas. Aquella propuesta, bautizada como Pleats Please, condensaba una de las grandes obsesiones del diseñador japonés: conseguir que la ropa respondiera a la vida cotidiana de las personas.
Su aparición coincidía con una transformación que llevaba años gestándose en la moda internacional. La influencia de los diseñadores japoneses había comenzado a alterar las convenciones estéticas de París, donde tradicionalmente se habían establecido los grandes códigos de la elegancia occidental. Durante buena parte del siglo XX, la alta costura había privilegiado la construcción de una silueta reconocible, con la cintura definida, las proporciones estudiadas y una relación muy precisa entre la prenda y el cuerpo. Miyake y sus contemporáneos introdujeron otra manera de concebir el vestido, en la que el volumen, la textura y el espacio adquirían tanta importancia como la propia figura femenina.

La irrupción de Rei Kawakubo, al frente de Comme des Garçons, y Yohji Yamamoto en las pasarelas parisinas a comienzos de los ochenta había provocado una auténtica conmoción. Sus colecciones, dominadas por prendas holgadas, asimetrías y una paleta de colores especialmente sobria, rompían con las convenciones de una industria acostumbrada a presentar el cuerpo femenino a través de determinadas proporciones. La belleza podía encontrarse en una silueta deliberadamente amplia, en una construcción irregular o en la forma en que un tejido generaba volumen alrededor del cuerpo. Aquellos diseñadores ampliaron considerablemente el vocabulario de la moda contemporánea.
Miyake, nacido en Hiroshima en 1938, había llegado antes que ellos al escenario internacional y desarrollado una trayectoria profundamente vinculada a la investigación de materiales. Su interés por la relación entre el cuerpo y la ropa procedía, en parte, de una tradición japonesa en la que prendas como el kimono se construyen a partir de piezas de tejido relativamente sencillas, dejando espacio entre la tela y la figura. Esa concepción resultaría fundamental en su trabajo. En lugar de concentrar toda la atención en el corte y el ajuste, empezó a estudiar cómo podían transformarse los materiales y qué posibilidades ofrecían las técnicas de fabricación.

Del vestido Delphos de Fortuny a la revolución tecnológica japonesa
El plisado llevaba siglos formando parte de la historia de la indumentaria cuando Miyake comenzó a experimentar con él a finales de los años ochenta. Una de sus interpretaciones más célebres había llegado de la mano de Mariano Fortuny, el creador español que, a principios del siglo XX, desarrolló el vestido Delphos. Inspirado en las túnicas de la antigua Grecia, estaba confeccionado en seda delicadamente plisada y se distinguía por una caída fluida que acompañaba las formas del cuerpo. Su aparente simplicidad escondía una técnica extraordinariamente compleja y una sensibilidad estética que lo convirtió en una de las grandes creaciones de la moda moderna.
La comparación entre Fortuny y Miyake resulta especialmente interesante porque permite comprender hasta qué punto una misma técnica puede responder a concepciones distintas del vestido. El diseñador español utilizó el plisado para conseguir que la seda se adaptara a la figura femenina, mientras que Miyake recurrió a materiales sintéticos y procedimientos industriales para explorar nuevas estructuras y volúmenes. Ambos compartían una fascinación por las posibilidades del tejido, aunque sus resultados respondían a sensibilidades y momentos históricos diferentes.
La gran innovación de Miyake consistió en modificar el orden tradicional de confección. Habitualmente, el tejido se plisaba antes de ser cortado y cosido. Su equipo desarrolló un procedimiento que invertía esa secuencia: las prendas se confeccionaban primero, utilizando piezas de poliéster considerablemente mayores que su tamaño definitivo, y después se introducían en máquinas que fijaban los pliegues mediante calor y presión. El tratamiento permitía obtener un plisado permanente que conservaba su estructura incluso después del lavado. Los tejidos adquirían una elasticidad mecánica extraordinaria, podían expandirse con el movimiento y recuperaban su forma original sin apenas cuidados. Desde el punto de vista estético, las posibilidades eran igualmente interesantes. Los vestidos parecían cambiar de volumen según la postura de quien los llevaba, mientras que las faldas y los pantalones adquirían una fluidez que aportaba una dimensión casi arquitectónica al conjunto.
La danza tuvo un papel decisivo en el desarrollo de aquellas investigaciones. En 1991, Miyake diseñó vestuario para The Loss of Small Detail, una producción del coreógrafo William Forsythe para el Ballet de Fráncfort. Trabajar con bailarines le permitió comprobar el comportamiento de sus tejidos en cuerpos sometidos a movimientos extremos. Los pliegues debían responder a los saltos, los giros y las extensiones sin limitar la libertad de los intérpretes. Aquella colaboración confirmó las posibilidades de una técnica que el diseñador llevaba varios años perfeccionando.
Dos años después nació oficialmente Pleats Please Issey Miyake, que se presentaría como marca independiente con la colección primavera-verano de 1994. Su propuesta reunía vestidos, faldas, pantalones y tops concebidos para integrarse en el armario cotidiano, pero dotados de una identidad visual inmediatamente reconocible. El plisado, que durante mucho tiempo había estado asociado a prendas de confección delicada, adquiría una dimensión práctica y actual.
La facilidad de mantenimiento formaba parte del atractivo de la colección. Las prendas podían lavarse a máquina, apenas necesitaban planchado y conservaban su aspecto durante mucho tiempo. Para una mujer acostumbrada a desplazarse, trabajar o viajar, aquella combinación de funcionalidad y diseño suponía una alternativa especialmente interesante frente a un vestuario que todavía exigía numerosos cuidados.
Una nueva manera de entender el cuerpo femenino
La contribución de Miyake adquiere otra dimensión cuando se observa dentro de la evolución del armario femenino. A comienzos del siglo XX, diseñadoras como Madeleine Vionnet habían explorado nuevas técnicas de patronaje para conseguir que la tela acompañara las formas naturales del cuerpo. Coco Chanel, por su parte, había contribuido a incorporar prendas más funcionales y tejidos hasta entonces poco habituales en la moda femenina. Ambas transformaciones ayudaron a construir una idea de elegancia progresivamente alejada de las estructuras más restrictivas de épocas anteriores.
Miyake continuó esa evolución desde un lenguaje propio. Su investigación no estaba centrada en encontrar una nueva silueta ideal, sino en desarrollar prendas capaces de establecer una relación más flexible con distintos cuerpos. Los vestidos plisados no necesitaban ajustarse a una cintura determinada para conservar su atractivo. Su construcción permitía que el tejido se expandiera, generara volumen y modificara su apariencia en función de los movimientos de cada persona.
Esta característica también contribuía a ampliar las posibilidades del vestuario femenino más allá de las convenciones relacionadas con la edad. Las prendas de Pleats Please podían incorporarse a estilos personales muy diferentes y mantener su vigencia al margen de las tendencias estacionales. Su diseño respondía a una búsqueda de permanencia poco frecuente en una industria definida, precisamente, por la renovación constante.

La experimentación continuó en 1998 con A-POC, un proyecto desarrollado junto a Dai Fujiwara cuyo nombre procede de la expresión inglesa *A Piece of Cloth*. A partir de procesos textiles controlados digitalmente, ambos investigaron cómo producir estructuras que incorporasen las posibilidades de convertirse en prendas desde el propio proceso de fabricación. El proyecto abría nuevas perspectivas para aprovechar mejor los materiales, reducir residuos y reconsiderar las técnicas tradicionales de producción.
Aquellas investigaciones anticipaban algunas de las cuestiones que hoy ocupan buena parte del debate de la industria: la necesidad de optimizar recursos, la incorporación de nuevas tecnologías y el desarrollo de prendas que puedan mantenerse en el armario durante años. Para Miyake, la innovación técnica tenía sentido cuando mejoraba la relación entre la ropa y quienes la utilizaban. Esa idea explica buena parte de la coherencia de su trayectoria, desde sus primeras investigaciones sobre el volumen hasta sus proyectos textiles más experimentales.
El diseñador falleció en agosto de 2022, dejando una obra cuya influencia trasciende las colecciones que llevan su nombre. Sus creaciones forman parte de importantes museos y colecciones de diseño, y el plisado continúa siendo uno de los lenguajes más reconocibles de la firma. Su vigencia demuestra también el valor de una propuesta que consiguió reunir investigación tecnológica, identidad estética y funcionalidad sin sacrificar ninguno de esos elementos.
Más de tres décadas después del nacimiento de Pleats Please, sus vestidos conservan una modernidad difícil de atribuir únicamente a su aspecto. Siguen funcionando porque responden a necesidades que apenas han cambiado: vestirse con facilidad, disfrutar de una prenda bien diseñada y poder llevarla durante toda una jornada sin estar pendiente de ella. Miyake consiguió que algo tan cotidiano como la comodidad adquiriera una expresión estética propia. Y convirtió el plisado, una técnica con siglos de historia, en una de las aportaciones más singulares de la moda japonesa a la elegancia.


