A las seis y media de la mañana, el coworking todavía está vacío. Solo una persona ocupa una mesa junto a la ventana, con un portátil abierto, una taza de café negro y un reloj inteligente que vibra cada pocos minutos. Lucía, 34 años, consultora freelance, no mira el reloj: mira la pantalla. Ha dormido seis horas y veintitrés minutos. Su puntuación de recuperación es 68 sobre 100. “No está mal, pero debería ser mejor”, dice. Su plan del día cambia en función de ese número: menos intensidad en el gimnasio, más meditación, evitar decisiones complejas antes del mediodía.
Hace cinco años, empezó a registrar su sueño “por curiosidad”. Hoy, la app organiza su vida. “Antes pensaba en descansar. Ahora pienso en optimizar”, reconoce. No es un caso aislado. El seguimiento del sueño, la variabilidad de la frecuencia cardiaca (HRV), el ayuno intermitente, los diarios de hábitos, los “bullet journals” y las “morning routines” han pasado del nicho biohacker a la cultura popular. En redes sociales, millones de vídeos enseñan cómo despertarse a las cinco, beber agua con sal, escribir gratitud y exponerse al sol en los primeros minutos del día. El bienestar se ha vuelto una coreografía.
Lo que antes era “cuidarse” hoy parece más una tarea. La promesa es simple: si te mides, puedes controlarte. Si te controlas, puedes mejorar. Y si mejoras, tendrás una vida más estable, saludable y exitosa. En un contexto de precariedad laboral, crisis climática y saturación informativa, la sensación de control se ha convertido en un recurso psicológico.

Un informe del Global Wellness Institute sitúa el valor de la industria global del bienestar por encima de los cinco billones de dólares y destaca el crecimiento acelerado de la tecnología de seguimiento personal. Paralelamente, investigaciones de la Universidad de Stanford y del University College London han señalado que el uso intensivo de dispositivos de monitorización puede mejorar ciertos hábitos, pero también está asociado a mayores niveles de ansiedad y autocontrol excesivo en perfiles perfeccionistas. Un estudio publicado en 2023 en la revista JMIR Mental Health detectó que algunos usuarios desarrollan lo que los investigadores llaman “estrés por salud digital”: la presión de cumplir con métricas que se convierten en estándares morales.
“Las métricas ofrecen una ilusión de orden en un mundo caótico”, explica una psicóloga que atiende a jóvenes profesionales con ansiedad vinculada al rendimiento. “Pero también desplazan la responsabilidad: si no estás bien, la culpa es tuya por no haberte gestionado correctamente”.
En un gimnasio boutique del centro, las clases de alta intensidad terminan con una revisión de datos. Pantallas muestran calorías, pulsaciones y ranking de rendimiento. El entrenamiento se convierte en competición, incluso cuando nadie compite con nadie. “Esto engancha”, dice un entrenador. “La gente quiere ver progreso. Quiere números”. Sin embargo, reconoce que algunos clientes “se obsesionan”. No faltan quienes entrenan incluso enfermos para no perder la racha.
El nuevo moralismo de la productividad no se presenta como tal. Se disfraza de salud, disciplina o crecimiento personal. Pero sus códigos son claros: madrugar es virtuoso, descansar sin métricas es pereza, improvisar es ineficiente. El tiempo libre también debe ser útil. Incluso la dopamina se ha convertido en un enemigo. En foros y vídeos proliferan los “dopamine detox”, días sin redes, sin azúcar, sin estímulos, en busca de una mente más “limpia”.
La paradoja es que esta cultura convive con el agotamiento. Según el informe Burn-out in the workplace de Gallup, más del 40% de los trabajadores afirma sentirse agotado de forma frecuente, una cifra que ha aumentado en los últimos años. En consulta, cada vez más personas hablan de culpa por no cumplir sus propias rutinas. “Se sienten mal si no meditan, si no leen, si no entrenan, si no cocinan saludable”, explica la psicóloga. “El descanso espontáneo genera ansiedad porque parece improductivo”.
Pero la optimización también tiene una dimensión de clase. “Para organizarte necesitas tiempo, dinero y estabilidad”, señala un sociólogo especializado en trabajo y desigualdad. El bienestar cuantificado exige dispositivos, suscripciones, alimentos específicos, espacios seguros y horarios flexibles. Un estudio de la London School of Economics sobre hábitos saludables concluyó que la brecha socioeconómica condiciona la adopción de prácticas de autocuidado: quienes tienen mayor seguridad laboral y vivienda estable son mucho más proclives a mantener rutinas saludables sostenidas.
En una cafetería, Carlos, 41 años, repartidor, escucha hablar de ayuno intermitente y biohacking a otros clientes. Sonríe. “Yo ayuno porque no llego a fin de mes”, dice. Para él, el discurso del rendimiento suena ajeno. “Mi rutina es trabajar y descansar cuando puedo”.
El contraste es evidente: mientras algunos optimizan el sueño, otros encadenan turnos. Sin embargo, ambos comparten la presión de ser responsables de su propia salud y productividad. No todos resisten. Laura, 29 años, dejó de usar aplicaciones de seguimiento tras un ataque de ansiedad. “Todo era un número: pasos, sueño, calorías. Un día me desperté mal y la app confirmó que estaba mal. Me sentí atrapada”. Ahora intenta volver a una relación más intuitiva con su cuerpo. “No quiero vivir como un proyecto”.
La industria del bienestar, impulsada por plataformas digitales, influencers y empresas tecnológicas, sigue expandiéndose. Los expertos advierten que el problema no es el cuidado ni la prevención, sino la lógica infinita de mejora. Cuando el autocuidado se convierte en rendimiento, el cuerpo deja de ser un hogar y pasa a ser un lugar de trabajo.
En el coworking, Lucía revisa de nuevo su aplicación. La puntuación ha subido dos puntos tras una breve meditación. Sonríe, pero duda. “A veces pienso que me gustaría no saber tanto”, dice. Luego vuelve al portátil. “Pero también me da seguridad”.
En un mundo cada vez más incierto, la vida administrada promete control. La pregunta es cuánto control necesitamos para sentirnos bien y cuándo ese control deja de ser cuidado para convertirse en una nueva forma de vigilancia, interiorizada y voluntaria, donde cada persona es su propio supervisor.
