El Kennedy Center afronta el mayor terremoto de su historia reciente. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha anunciado el cierre temporal de la institución durante dos años, una decisión que llega tras una caída sin precedentes en la venta de entradas y una cascada de cancelaciones de artistas que han decidido desvincularse del centro cultural más emblemático de Washington.
El argumento oficial apunta a una gran reforma estructural destinada a “revitalizar” el Kennedy Center, pero el contexto dibuja una realidad más compleja. El cierre se produce después de meses de críticas, de una profunda politización del espacio y de un progresivo distanciamiento del mundo artístico, que ha respondido retirando su apoyo y su presencia.
El giro político que lo cambió todo
El punto de inflexión llegó el 8 de febrero de 2025. Apenas veinte días después de regresar a la Casa Blanca, Trump destituyó a buena parte de la junta directiva del Kennedy Center, se nombró a sí mismo presidente y anunció que supervisaría directamente la programación. La institución, creada por el Congreso en 1964 como memorial a John F. Kennedy, entraba así en una nueva etapa sin precedentes.
Desde ese momento, el Kennedy Center dejó de ser percibido como un espacio cultural transversal. Trump vetó espectáculos, impuso criterios ideológicos y forzó una reconfiguración interna que provocó dimisiones y protestas. En diciembre, una junta ya completamente alineada aprobó incluso renombrar el centro incorporando el apellido del presidente, una decisión que alimentó aún más la polémica.
Un memorial histórico en el centro de la disputa
El Kennedy Center no es un auditorio cualquiera. Es el memorial nacional dedicado al último presidente estadounidense asesinado, un símbolo cultural comparable a los monumentos de Lincoln o Jefferson. Esa carga histórica explica por qué la intervención política generó tanto rechazo en amplios sectores del mundo artístico y cultural.

Para estrenar el nuevo rumbo, Trump utilizó el Kennedy Center como escenario de actos ajenos a su tradición, desde eventos vinculados a la FIFA hasta su participación como presentador en la gala de los Honors. Para muchos, aquello supuso la ruptura definitiva con el espíritu original de la institución.
El desplome de las cifras
El deterioro no tardó en reflejarse en los números. En octubre, The Washington Post analizó las ventas del Kennedy Center y concluyó que el 43 % de las entradas para producciones regulares no se habían vendido. Una cifra muy superior a la registrada en años anteriores, cuando el porcentaje de butacas vacías oscilaba entre el 6 % y el 20 %.
La caída afectó a los tres grandes espacios del Kennedy Center:
- La Ópera
- La Sala de Conciertos
- El Teatro Eisenhower
El descenso de asistencia se tradujo también en menos donaciones y en un creciente problema financiero, pese a los mensajes triunfalistas lanzados por el propio Trump en sus redes sociales.
Artistas que dicen adiós al Kennedy Center
Más grave aún que la pérdida de público ha sido la retirada de artistas. La Ópera Nacional de Washington anunció en enero que abandonaba el Kennedy Center tras más de cinco décadas como sede. Poco después, el compositor Philip Glass retiró el estreno mundial de su Sinfonía nº 15, alegando que los valores actuales del centro entraban en conflicto con el mensaje de la obra.

La soprano Renée Fleming, el productor de Hamilton, Jeffrey Seller, o compañías históricas como Vocal Arts DC siguieron el mismo camino. El Kennedy Center comenzó a perder no solo programación, sino prestigio. La desconfianza hacia la nueva dirección se extendió rápidamente entre músicos, actores y compañías de danza.
Demandas, amenazas y una brecha irreversible
Algunas cancelaciones derivaron incluso en amenazas legales por parte del entorno presidencial, con demandas millonarias anunciadas contra artistas que rompieron contratos. Lejos de frenar la sangría, estas medidas reforzaron la imagen de un Kennedy Center convertido en campo de batalla ideológico.
El cierre anunciado ahora pretende ser presentado como una oportunidad para “reconstruir” la institución. Sin embargo, para muchos observadores, se trata del reconocimiento implícito de un fracaso: sin artistas, sin público y con una reputación dañada, el Kennedy Center baja el telón en el momento más controvertido de sus más de cincuenta años de historia.
