Hay dictadores que murieron en la cama, como Franco, Stalin, Castro, Mao… y hay otros que acabaron ejecutados o asesinados, como Hitler, Sadam Husein, Hosni Mubarak o Ceaucescu (este último fue fusilado el día de Navidad de 1989). Sus ideologías pudieron ser distintas, pero todos se caracterizaron en uno u otro momento por su crueldad, porque solo esto les permitió en muchos casos mantenerse en el poder (hay que reconocer que Stalin y Hitler se llevaron la palma). El revolucionario francés, Louis de Saint-Just decía que “todas las artes han producido maravillas, solo el arte de gobernar ha producido monstruos”. Si lo sabría él, que llego a ser apodado como “el árcangel del terror”, y fue uno de los impulsores de la ejecución de Luis XVI y María Antonieta. La historia, eso sí, tiene diferentes quiebros y Saint-Just, que decía que “nadie puede reinar inocentemente”, acabó guillotinado en 1794 junto a su amigo y aliado Robespierre.
Estos días hemos visto caer a otro de ellos, a Nicolás Maduro. Doce años después de su llegada al poder en Venezuela, su imagen con los ojos vendados, esposado y vestido con un chándal de Nike de 220 euros (que se ha agotado de inmediato) han dado la vuelta al mundo. Su etapa como dictador ha finalizado y ahora será juzgado en Estados Unidos acusado, entre otros delitos, de conspiración narcoterrorista, conspiración para importar cocaína y conspiración para poseer ametralladoras y dispositivos destructivos contra EE.UU.

Maduro, el “estadista” que llegó a decir en un mitin que los puntos cardinales eran cinco, tenía en su haber el haber empobrecido a Venezuela y haber reprimido con dureza a los líderes opositores de su país, pero en esta tarea no ha estado sólo: la vicepresidenta, Delcy Rodríguez, el ministro del Interior, Diosdado Cabello y el ministro de Defensa, Vladimir Padrino, le han acompañado en su tiranía sangrienta durante todos estos años de manera entusiasta, pero la justicia de Estados Unidos no ha llegado a ellos porque todo indica que lo que han hecho es traicionar a Maduro y colaborar con los estadounidenses, especialmente Delcy Rodríguez, a quien Trump ya ha advertido que, si no hace lo correcto, pagará un precio más alto que el hoy dictador detenido. De momento, el presidente estadounidense les seguirá permitiendo gobernar, porque a él no le interesa tanto ver una Venezuela democrática, sino el control de sus recursos por parte de empresas norteamericanas, y parece que a eso se han prestado los excompañeros de viaje de Maduro. Algunos analistas han querido ver una precisión quirúrgica y pragmática en la operación de la Administración Trump para evitar que el país se desangre en una guerra civil, pero el hecho cierto es que Edmundo González, el legítimo vencedor de las últimas elecciones, no será el presidente del país, y la verdadera líder opositora, María Corina Machado, tendrá que esperar para ver a su país verdaderamente libre.
A Trump, no le interesa ir deponiendo dictadores, de hecho, en varias ocasiones ha mostrado su admiración por Putin y por Kim Jong-Un. Lo que le interesa es controlar los recursos de Venezuela, y en ello está.


