Opinión

Pedro contra Sánchez: o gana él o pierdes tú

BOSTON, 25/09/2026.- El presidente del gobierno Pedro Sánchez, durante su intervención en el fórum Harvard Kennedy School, el principal espacio de la universidad de Harvard para el debate político, dentro de su viaje a Estados Unidos.-EFE/ Borja Puig De La Bellacasa / Pool Mocloa ***SOLO USO EDITORIAL/SOLO DISPONIBLE PARA ILUSTRAR LA NOTICIA QUE ACOMPAÑA (CRÉDITO OBLIGATORIO)***
Pedro Sánchez, durante su intervención en el fórum Harvard Kennedy School.
EFE/ Borja Puig De La Bellacasa
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Hoy es el día, se supone. En algún momento, si es que ha terminado de reflexionar, Pedro Sánchez se subirá a un atril y nos anunciará su veredicto: ¿merece España salir del desbloqueo, acudir a las urnas y escoger a un Gobierno con mayoría suficiente para, bueno, gobernar; o se ha abierto una ventana de oportunidad que le permita mantenernos bloqueados durante otros cuatro años? Decida lo que decida, nos cuentan las crónicas demoscópicas que sus únicas opciones, y por lo tanto las nuestras, pasan por lo segundo. De modo que el verdadero mensaje que nos dará el presidente, cuando salga de su fin de semana terapéutico, es el tiempo que pretende recetarnos de parálisis: quizá unos meses o quizá unos años, quién sabe. Todo siempre en función de la suerte, esa variable deliciosa que, como todo el mundo sabe, es el cimiento más robusto sobre el que puede erigirse un país.

Aunque quizá nos estemos aventurando y no se suba al atril para anunciarnos nada. Quizá esta vez renuncie incluso a convocar al Rey para decirle que se queda, como cuando su último parón meditativo. Y simplemente se plante ahí, delante del espejo, para anunciárselo a sí mismo: la única persona verdaderamente relevante en todo este asunto, al fin y al cabo. La única cuyos intereses hay que priorizar y, por tanto, la única a la que debería ir dirigido su mensaje. “Vengo, Pedro, a anunciarte que me quedo. Sólo tú y yo sabemos lo difícil que es quedarse. No hace falta que me lo agradezcas. Ya te lo agradezco yo por los dos”.

Antes de su anuncio se ha tomado varios días para que España, nuevamente, vele sus reflexiones. La cosa no consiste tanto en que los españoles meditemos sobre qué rumbo tomar como que aguantemos mansamente a que Pedro decida el suyo. Después, cuando mejor le venga, acudiremos a decir si nos convence. Y a lo mejor, si somos buenos y votamos bien, podremos gozar nuevamente de tenerlo contoneándose por las esferas del mundo mientras en el país no se aprueba una ley, no se construye una casa, no se protege una frontera y no se pone a investigar un juez sin que una banda de matones sea contactada para amedrentarlo.

En fin. Lo malo de ponerse a escribir un domingo sobre algo que ocurrirá a partir del lunes es que todo lo que se diga es una carta levantada en un programa de Rappel. Lo bueno es que eso deja como única opción hablar de lo que sabemos: y es que pase lo que pase, decida Sánchez lo que decida, será una genialidad. Ya puedo leer —probablemente están ya escritos— los análisis sesudos de esa partida de ajedrez tridimensional en la que Sánchez va tan adelantado que no se mueve ni dentro del tablero. Se llenarán tertulias sobre el vuelco electoral viable —el vuelco Maricarmen— y se compondrán panegíricos sobre la figura que lo hará posible. No importará demasiado que el final de ese camino lógico nos lleve a otra legislatura en la que lo poco que consiga hacerse será nefasto y, en cualquier caso, culpa de la oposición. El sonido de la grada sanchista es conocido por todos y se parece mucho al que generan las hinchadas de Bordalás: aquello de celebrar que no se juegue, siempre que tampoco juegue el rival.

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