Comprar sin gluten: el sobrecoste de la celiaquía

Crónica de una mañana en el supermercado con Ruth, madre en una familia con doble diagnóstico de celiaquía

Ruth , madre de celíaco

No hace falta llenar el carrito para que la compra salga cara.

Acompañamos a Ruth al supermercado un martes por la mañana. Mientras avanza hacia el pasillo del pan, me advierte: “No hará falta llenar el carrito para que la compra salga cara”. Venimos a por lo básico: pan, pasta, harina y algo para desayunar. Nada que no forme parte de la rutina de cualquier familia.

“Aquí es donde empieza todo”, dice con la naturalidad de quien ha asumido que la compra semanal tiene algo de resistencia. “Lo primero que miro son los ingredientes”, confiesa, antes incluso de fijarse en el precio.

Ruth , madre de celíaco

Ruth fue diagnosticada de celiaquía en la edad adulta. Su hijo, a los doce. Ninguno tenía síntomas evidentes ni dolor que hiciera sospechar la enfermedad. Fue una analítica relacionada con la tiroides la que dio la señal de alarma. “Soy celíaca asintomática. Si no me hubieran hecho una prueba específica, nunca habría sabido que lo soy”.

No siente molestias inmediatas al consumir gluten, pero el daño intestinal se produce igual. En España, la celiaquía afecta aproximadamente al 1% de la población. Su único tratamiento es una dieta estricta sin gluten de por vida. Un tratamiento sencillo, pero ruinoso. Cada familia con un miembro celíaco paga de media más de 20 euros adicionales a la semana, lo que supone cerca de 1.000 euros más al año en la cesta de la compra.

Para Ruth, el diagnóstico se traduce en 200 euros más al mes.

El pasillo más pequeño y más caro

El lineal sin gluten es más estrecho que el resto. Ocupa menos espacio, pero concentra más precio. Ruth coge una hogaza y señala la etiqueta: 6,80 euros. A pocos metros, el pan convencional cuesta menos de la mitad. “Se duplica muchísimo el precio. Siendo dos en casa, la compra se resiente mucho”, confiesa.

El pan es el símbolo, pero no es el único producto afectado. Las harinas específicas -de teff, de avena certificada sin gluten, mezclas para masas- duplican o triplican el precio de las convencionales. La pasta, las bases de pizza, las galletas… Todo lo que culturalmente entendemos como cotidiano se encarece y se convierte en un lujo.

En países como Italia o Portugal existen ayudas públicas para compensarlo. En España, no hay una prestación estatal específica. “Da mucha rabia, porque no es una dieta elegida. Es una enfermedad autoinumune”, explica.

Ruth gira cada paquete para leer la composición. “Muchos procesados sin gluten tienen muchos almidones, muchos azúcares”, explica. El sello “sin gluten” no garantiza que el producto sea saludable. “Es una falacia pensar que engordan menos”.

Ruth , madre de celíaco

La moda del gluten free llena estanterías, pero muchas son ultraprocesadas y encarecen la cesta de la compra sin aportar valor nutricional. Para quien no es celíaco, eliminar el gluten es una elección, pero para Ruth y su hijo, es una obligación constante.

El carrito no está lleno. No hay caprichos ni productos gourmet, solo versiones adaptadas de lo básico. “No lo he calculado con exactitud, pero mis productos básicos cuestan más del doble”, comenta mientras coloca la pasta sin gluten junto al pan.

Ese “más del doble” se traduce, en su caso, en unos 2000 euros al año. No se pagan de golpe, pero están presentes en cada compra semanal, diluidos y constantes.

En casa, la compra no termina, continúa en la cocina. Ruth tiene dos tostadoras: una solo para su pan y otra para el resto de la familia. También hay cuchillos separados y espacios diferenciados en la despensa y la encimera. “El problema es la contaminación cruzada”, explica.

La organización doméstica también forma parte del tratamiento. Y a veces implica duplicar utensilios, separar alimentos y asumir que no todo se puede compartir. “La celiaquía exige disciplina constante“, añade.

Comer fuera también cuesta

Lo más difícil siempre es comer fuera. Estás muy, muy limitado”, confiesa con resignación.

Muchas cartas incluyen opciones sin gluten, pero con la advertencia de que pueden contener trazas. “Comparten freidoras o planchas donde se cocina de todo”, explica.“Hay sitios que, si cambian el aceite o limpian la plancha, pueden preparar la comida aparte. Pero requiere una logística que la mayoría no atiende”, explica.

Y eso también impacta en lo económico. Cuando no hay opciones seguras, muchas familias optan por restaurantes específicos -mucho más caros- o renuncian a salir. Para los adolescentes, la limitación es aún más evidente. “Lo pasan muy mal. En el burger, solo hay una opción. No se trata solo de alimentación, también es sentirse distinto”, reconoce Ruth.

Pagamos y salimos. El ticket no es desorbitado, pero tampoco es bajo. La diferencia no aparece subrayada. No hay un concepto que diga “sobrecoste por enfermedad crónica”. Está distribuida en cada producto.

Ruth lo guarda sin dramatismo. “Es responsabilidad mía con mi cuerpo”, dice. La observo y pienso en lo invisible de la enfermedad. La celiaquía no siempre se ve, ni siempre duele. Pero pesa. Pesa en el carrito. Pesa en el presupuesto. Y pesa en una normalidad que damos por sentada, cuando no tenemos que preguntarnos cuánto cuesta, exactamente, poder comer sin enfermar.

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