El puticlub dirigido por una mujer donde robaban por sumisión química

Uno de los puteros y tres chicas prostituidas se atrevieron a denunciar. Así llegó el fin de Leyla Marta, la proxeneta de Tetuán

Lista de mujeres prostituidas en un prostíbulo de Madrid. Policía Nacional

Lucía, Mía, Diana, Lily, Linda, Jade… Son algunas de las decenas de chicas que pasaron por el 52 de Francos Rodríguez en los últimos meses. Sus nombres están registrados en uno de los cuadernos de notas que encontraron los investigadores cuando registraron el local este lunes, a primera hora de la mañana. “Y aún llegamos más tarde de lo previsto por el tráfico de Madrid, pero no había clientes”, apunta Tomás Santamaría, inspector jefe de la Unidad Central de Redes e Inmigración ilegal y Falsedades documentales de la Policía Nacional. Tenían perfectamente controlada la rutina del puticlub desde abril, cuando un mail anónimo les puso tras la pista. Apenas tres líneas de información: suficientes para captar su atención, escasas para todo el trabajo policial que tenían por delante.

“Ha sido una investigación de cero”, desde revisión de movimientos bancarios -hasta medio millón en bizum-, altas en la seguridad social -“ahí no trabaja ni el tato”- y días de vigilancia -con 30 o 40 entradas y salidas de clientes registradas-. El soplo resultó ser bueno. Faltaban las víctimas que se atrevieran a denunciar para tener la orden judicial que les permitiera entrar. En España, la prostitución no es ilegal, pero sí la trata de seres humanos, el tráfico de drogas y el blanqueo de capitales; y esos fueron, entre otros, los delitos por los que ocho personas terminaron detenidas en la Operación Puma. Siete son mujeres.

La proxeneta de Tetuán

“Estoy dada de alta como autónoma y me dedico a alquilar habitaciones”. Es la explicación que dio Leyla Marta de Souza, la brasileña de 48 cuando entraron en su casa por sorpresa y le preguntaron por la actividad que desarrollaba no muy lejos, en el bajo que tenía alquilado en el mismo barrio de Tetuán en el que vive. Como era previsible, ella negó cualquier acusación, pese a que los los investigadores del grupo VI de la UCRIF la habían visto pasar por allí cada día. Sabían que iba a recaudar y controlar todo de primera mano, aunque tenía una red de vigilancia formada por seis mujeres – encargadas o “mamis“- a las que repartía en turnos de mañana, tarde y noche. Además de un circuito interno de cámaras a través del que ella controlaba a distancia todo lo que pasaba en ese local reacondicionado, en el que los agentes liberaron a ocho mujeres que dormían juntas en el suelo del salón o hacinadas en el sofá, pues las tres habitaciones se destinaban a uso y disfrute de los clientes. Es decir, servían únicamente para prostituirlas.

Vigiladas 24/7, incluso si ponían un pie en la calle para atender a un cliente fuera. En cuanto llegaban a destino debían mandar fotos. “Para ver que no vayan con nadie más o incluso cobren más dinero de lo estipulado. Que no hagan nada que pueda perjudicar o no beneficie directamente a la mafia”, explica Kiersti Watt, coordinadora nacional de la Amar Dragoste, asociación que conoce bien esta realidad y tiene detectados otros cuatro pisos en el mismo barrio en el que se ha desarrollado esta operación de la Brigada de Extranjería y Documentación. Aunque el puticlub de Leyla Marta lleva más de una década funcionando sin recibir un golpe policial así. Incluso los vecinos habían normalizado el trajín de clientes que, en ocasiones, se cruzaban con los padres que llevaban a sus hijos a la guardería anexa o al parque infantil situado a unos metros.

De puertas adentro, “insultos constantes, les decían que eran unas mierdas, les metían miedo para que no denunciasen y les exigían pasar sus primeros 21 días sin salir de allí. Lo llaman ‘hacer la plaza’“, revela Santamaría. Todo el dinero generado durante la explotación a la que son sometidas durante ese tiempo enclaustradas se lo queda la organización. En este caso constituida por Leyla Marta y sus seis “mamis”. El único hombre detenido es el camello, el encargado de suministrar la viagra y la cocaína a la que las jóvenes explotadas, de entre 19 y 34 años, también acababan enganchadas. El pago de la droga es parte de la deuda que terminaban contrayendo con sus explotadoras: “Pagan el agua, la calefacción y todo tipo de multas, desde 20 euros por levantarse tarde o dejar un vaso sucio, hasta no hacer lo que llaman ‘la presentación'”. Ese instante en el se ponen todas en fila para ofrecer como mercancía. “Por eso es tan importante llegar a ellas lo antes posible, porque hay un momento en el que normalizan esa vida. Y cuando suben de estatus, es aún más difícil”, alerta el inspector jefe.

Sumisión química en el puticlub

Leyla Marta les aseguró que nunca fue prostituida, que no ascendió en la pirámide de la prostitución. Por decirlo así, llegó a ser proxeneta como podría haber sido panadera. Pero a los efectos, su hija también resultó detenida: su móvil y cuenta bancaria estaban puestos a disposición de las numerosas transacciones de dinero a través del bizum y a cuenta del negocio materno. De la recaudación en mano se encargaba en cambio la propia jefa. En los registros, los agentes del grupo VI requisaron 20.000 euros, datáfonos, teléfonos móviles y un portátil. La proxeneta tenía su propia página web en la que ofertaba a las chicas, actualizándola a menudo.

De su modus operandi sabían que incluso podría haber drogado a clientes para robarles, según el testimonio de las denunciantes. Pero ningún putero se había atrevido a dar el paso de denunciar por su cuenta un delito sufrido en tales circunstancias hasta que, justo un día después del registro policial, un hombre relató en comisaría que durante las nueve horas que pasó en en puticlub le habían extraído 4.200 euros de su tarjeta, sin ser él consciente. Lo último que recordaba era la copa de vino que se bebió. “Estamos seguros de que el pin pudo verlo la dueña por las cámaras de seguridad, aunque ella asegura que el cliente se volvió loco y pasó la tarjeta una y otra vez”, apunta Santamaría.

Es la versión de Leyla Marta. Al menos en esta ocasión, las jóvenes explotadas no fueron también víctimas de sumisión química. “A veces, el primer día las drogan y anulan su voluntad por completo para que durante esas primeras violaciones o ‘pases’ no sean consciente de nada, para luego en un futuro decirle que son capaces de soportar a muchos más hombres en un día porque ya lo hicieron en el pasado”, revela Watt. Desde la asociación Amar Dragoste creen que esta es una forma de acallarlas, para que se sientan avergonzadas y no denuncien. La Policía Nacional recuerda que el teléfono 900.10.50.90 de atención 24 horas no deja rastro y que en el correo trata@policia.es se puede mandar información que suponga, como en el caso de la proxeneta de Tetuán, el inicio del fin.