Charlando en animado almuerzo navideño con mi rama familiar franchute-bordelesa, los d’Herbécourt-Castellet, muy cinéfilos ellos también, comentábamos el abismo social entre nuestros dos países, vecinos que a menudo se hacen la cucharita mutuamente para no verse la jeta, aunque en temas culturales a los españoles más nos valdría mirarles un poco más a la cara y menos al derriere. Mi prima Mariajo y mi sobrina Inès reconocían también que en su Francia, quienes sostienen las columnas de Hércules de la cultura son igualmente ellas. Allí irán con boina, pantalones anchos de pana y baguette con fromage, y aquí en Barbour, botas Hunter (como buen país lluvioso) y bocata de chorizo. Pero el caso es que, tanto en los cines franceses como en los españoles, son ellas las que acuden a las pantallas.
Hablábamos también sobre las mejores películas del año, tema de conversación natural allí –aunque flipemos–, el poder de Cahiers du Cinéma como líder y vertebrador de opinión cinematográfica y del número de salas de cine que hay en el centro de Burdeos (cuatro veces más pequeño que Madrid) frente a la desolación del Smaug capitalino. También comentábamos el apoyo sistemático, estructural y apuntalado, que la administración pública –ora de izquierdas, ora de derechas– da al cine francés como vehículo transmisor de una manera de “estar en el mundo” y, especialmente, el nulo barniz ideológico que allí tiene la cultura en general, mucho más allá del séptimo arte, frente al sectarismo de ciertos grupos telúricos de celtíberos y su mantra de “titiriteros”, “subvencionaditos”, y demás mandanga propia de cierta estulticia adocenada, esa que presume de “no leer ni ir al cine” y que mis primos escuchaban con gabacho estupor.

En nuestra soterrada guerra milenaria con la Francia, en temas culturales estamos a galaxias de distancia y tenemos tanto que aprender que necesitaríamos dos o tres revoluciones (no tan culturales) y varias guillotinas (no tan figuradas) para tan siquiera acercarnos a ellos. Además de la iniciativa que mi sobrina Inès me explicaba del “bono de cine francés”, aquella por la que por una cifra ridícula al mes puedes ir a una misma cadena de cines en cualquier ciudad de Francia las veces que quieras en modo flat fee y que me hacía derretirme de envidia, la cuota de pantalla del cine galo, que duplica a la española, la protección –que no proteccionismo– a su cine, como bien inmaterial, las centenarias empresas, ancianas joyas románticas como Gaumont (1895), productora y distribuidora tan vieja como el propio cine, o Pathé (1896), la cadena de exhibición más antigua del mundo, que llevan con ellos y con nosotros desde los inicios del arte cinematográfico hace 130 años y que aún perviven, la variedad temática de su industria, que oscila desde el mainstream de Christian Clavier y compañía, el polar francés, cine de auteur y mil cosas más, que a cada comentario me hacían bajarme un poco más de mis 185 centímetros, estuvimos de acuerdo en que el porcentaje de asistencia al cine en Francia, y a la cultura en general, pertenece a ellas, como adelantaba al principio.
Es lo único en lo que nos parecemos –y encima a la baja–. Esto es así y ningún exégeta de la res publica puede negarlo, politicastro u opinadorcito capitalisto, puesto que no hay nada más veraz que la observancia, el trabajo de campo. Como ellos no van al cine ni arrastraos, no lo ven con sus propios ojos. Pero no hay discusión. Salta tanto a la vista como las votaciones a mano alzada de los sindicatos.

Y mi querido Jacques-Eric, padre, esposo y muy francés, afinaba su empirismo con un: “Vale, ¿por qué sucede esto y, sobre todo, ¿qué podemos hacer?”, en impoluto castellano.
Pues, cher Jacques: no tengo ni idea, el concepto se me escapa y mucho me temo que trasciende al mero cine, la propia cultura y eclosiona en algo mucho más complejo, como son los intereses de la naturaleza humana. No creo que sea solamente una cuestión biológica. Tiene que haber algo más, relacionado con el agotamiento o las renuncias vitales. En literatura pasa algo parecido, por lo que me cuentan, y me temo que, en el teatro, los museos y otras artes es más de lo mismo.
Efectivamente, si dos naciones, sin duda muy semejantes en muchas cosas (desde luego infinitamente más que con nuestros vecinos de abajo, lusos y marroquíes), pero diametralmente opuestas en cuanto a la gestión y usos culturales, tenemos el mismo problema atávico, incluso diría sociológico, es que la cosa va más allá del mero arte cinematográfico y se sitúa en la discusión antropológica, de la propia concepción del ser humano y su necesidad de evasión.
Desconozco si, por regla general, en otros países esto es así. Me gustaría tener una retroalimentación aterrizada respecto de Estados Unidos, sin duda la más clarificadora, por cantidad y calidad: desde luego allí sí es una industria de verdad, un engranaje bien sólido que aporta toneladas de millones a su ecosistema financiero; y, si no, que se lo pregunten a Reed Hastings y a su gran N, que vio el otro día en un escaparate el bolso Warner y se lo quiere comprar por 82.700 millones de dólares, más o menos lo que vale CaixaBank, para que te hagas una idea. Y que hay mucho cine palomitero, Los Fraguel en versión digital -como escribió un importante crítico a propósito de Avatar– que recauda en taquilla lo que todo el cine español en 36 años, pero también de autor, experimental, comercial de qualité, todo lo que quieras, that’s entertainment amigou!, aunque los cuellos cisne intenten negar el relato. Me gustaría saber si también allí son ELLAS las que sostienen una industria tan poderosa. Andaba por ahí mi igualmente querida rama familiar bostoniana, pero no tuve tiempo de comentarlo con ellos, porque ante tanta gaunada y pocas croquetas, tuve que elegir. En la próxima seguro, folks.

