El coreano Na Hong-jin no hace muchas películas, y quizá es por eso que ha atiborrado su nuevo trabajo de tantas cosas. Hope es una obra más grandilocuente, disparatada y espectacular que los tres largometrajes anteriores del director —The Chaser (2008), The Yellow Sea (2010) y El extraño (2016)—, y avanza a toda velocidad transitando entre géneros como el wéstern contemporáneo, el cine de terror, la comedia cartoonesca y la epopeya de ciencia ficción deudora de Terminator (1984), Depredador (1987) y Avatar (2009) mientras orquesta algunas de las secuencias de acción más asombrosamente elegantes que uno pueda imaginar ya sean en forma de caóticos tiroteos, de asedios o de persecuciones implacables y frenéticas en coche, a caballo o a pie.
La historia se desarrolla a lo largo de una única jornada interminable y extenuante durante la que un heterogéneo grupo de policías y paletos de una pequeña localidad surcoreana cercana a la frontera con Corea del Norte se enfrentan a un puñado de extraterrestres que arrasan sus calles, esparcen cadáveres por todas partes, reducen edificios a escombros y lanzan camiones por los aires como si fueran serpentinas. Su primera hora de metraje funciona a la manera de una montaña rusa vertiginosa e incesante, impulsada a base de adrenalina y envuelta de los sonidos de neumáticos que chirrían y armas que escupen balas sin parar, y la gracilidad y la elegancia con las que la cámara se desliza funcionan a modo de contrapunto sarcástico al caos y la carnicería de los que es testigo.
Fiel a la máxima que Steven Spielberg demostró en Tiburón (1975), según la cual los monstruos que no vemos son los que más miedo nos dan, Na va preparando metódicamente el terreno, permitiéndonos seguir la pista del monstruo a través de las explosiones que provoca a su alrededor y los proyectiles que lanza desde la distancia.

El director se muestra tan hábil generando inquietud de ese modo que, cuando el alien por fin se hace visible, resulta inevitable sentir una notable decepción por la estética de videojuego que luce, que resulta aún más llamativa contrastada con la estilización de todo cuanto le rodea. No tardan en aparecer más criaturas, y la solución de Na para distraernos de su cuestionable apariencia es la velocidad: cuanto más rápido se muevan los bichos, menos probable será que nos fijemos en la pobreza de su diseño.
Entretanto, la película languidece en su tramo central, cuando se multiplican las subtramas innecesarias y se detectan intentos poco convincentes de desarrollar a los personajes, estrechar sus vínculos o insinuar conflictos entre ellos; en realidad, nada de la peripecia argumental resulta tan interesante como el hecho de que los extraterrestres estén interpretados —mediante la tecnología digital conocida como captura de movimiento— por estrellas internacionales como Alicia Vikander y Michael Fassbender.
La interpretación más generosa de la película es que se trata de una alegoría sobre los temores surcoreanos a una invasión de sus vecinos del norte, o de una fábula sobre las nefastas consecuencias de la violencia. Sin embargo, bajo la superficie de esta desenfrenada aventura no se esconde gran cosa, y a sus intérpretes les cuesta imprimir una personalidad atractiva a unos personajes cuya principal función consiste en correr, gritar y perder los estribos.
Teniendo eso en cuenta, es una suerte que en su tercer acto la película recupere el ritmo vertiginoso a través de una persecución absolutamente apabullante capaz de hacer que hasta el espectador más puntilloso pase por alto tanto la falta de profundidad temática como los efectos visuales chapuceros. Y entonces, cuando parece que todavía queda un pedazo de historia por contar, Hope se detiene abruptamente, dejando su final abierto al tiempo que esboza vagamente una mitología en torno a los invasores. Tal vez su continuación -Na ha confirmado que ya la tiene escrita- dé sentido a tan desconcertante conclusión, y tal vez no. Lo que parece fuera de toda duda es que, en caso de materializarse, esa secuela será un muestrario aún más estruendoso y deslumbrante de coreografías de acción.

