La entrevista

James Marsden o el líder que no quería mandar en el fin del mundo

El actor protagoniza la segunda temporada de 'Paradise', la serie de Dan Fogelman en la que interpreta a un líder recluido en un búnker tras un desastre nuclear

El actor estadounidense James Marsden
El actor estadounidense James Marsden
Montaje: kiloycuarto

Hay actores que construyen su carrera a base de transformaciones radicales y otros que la levantan sobre la capacidad de resultar cercanos incluso cuando interpretan a hombres poderosos. James Marsden (Oklahoma, 1973) pertenece a esta segunda categoría. Durante más de dos décadas ha transitado con soltura entre la comedia romántica, el musical, la sátira y el drama sin perder ese aire de ligereza que parece desmentir cualquier gravedad. Sin embargo, en Paradise, la serie creada por Dan Fogelman que esta semana estrena su segunda temporada, esa ligereza se convierte en una máscara que esconde grietas más profundas. Marsden encarna a Cal Bradford, presidente de Estados Unidos en un mundo recluido en un búnker tras un desastre nuclear. Empieza muerto, literalmente tendido en el suelo, y, desde ahí, la ficción reconstruye su historia. El actor asume el reto con una mezcla de ironía y vulnerabilidad que resume bien su trayectoria. Es alguien capaz de cantar borracho una canción de Phil Collins y, al minuto siguiente, sostener el peso de la culpa colectiva. En tiempos de incertidumbre política y ansiedad climática, Marsden se convierte en el rostro amable de un poder que ya no controla nada.

“Se vuelve viejo. Se vuelve viejo”, bromea cuando se le pregunta por las nominaciones a los Emmy. La frase, dicha con sarcasmo, resume su relación con el reconocimiento. Está agradecido, pero sin solemnidad. “Si tengo que empezar otra vez, no creo que tuviera fuerza”, añade con esa ironía que utiliza como escudo. En realidad, la trayectoria de Marsden ha ido acumulando prestigio sin estridencias. De príncipe de cuento en Enchanted a secundario de lujo en dramas y comedias, su carrera ha sido una suma de desplazamientos calculados. En Paradise, ese recorrido encuentra un punto de inflexión.

James Marsden protagoniza la serie 'Paradise'
James Marsden protagoniza la serie ‘Paradise’

La serie arranca como un supuesto drama criminal para revelar pronto su verdadero escenario, una comunidad subterránea que sobrevive tras el colapso del mundo exterior. “Cuando ves el título y el primer episodio, parece que te están preparando para otra cosa”, explica el actor. “Y luego descubres que estamos viviendo en un búnker después de un invierno nuclear”. El giro es narrativo y también emocional. Marsden recuerda que una de sus primeras preguntas al creador fue cuán cerca estábamos de ese escenario. “Me inquieta la situación actual”, explica. “La ficción dialoga con un presente atravesado por la polarización política, la crisis climática y la sensación de fragilidad institucional”.

El propio Marsden admite que la mezcla de géneros fue decisiva para aceptar el papel. Política, ciencia ficción, drama familiar y humor conviven en una estructura que rehúye el tono monocorde. “Me habría puesto mucho más nervioso si hubiera sido algo unidimensional”, reconoce. Cal Bradford no es un presidente arquetípico. Bebe, duda, no quería estar ahí y fue empujado al cargo. “Cuando Dan me lo propuso en los Emmy, la sangre se me fue del cuerpo. Pensé: “No estoy preparado para eso”. Pero el retrato de un líder accidental, más humano que heroico, terminó por seducirlo. “Es mucho más interesante”, concluye.

Fotograma de la serie 'Paradise'
Fotograma de la serie ‘Paradise’

En esa ambigüedad se juega buena parte del atractivo del personaje. Bradford ostenta el título, pero no el poder real. El mundo que gobierna está ya devastado y las dinámicas de autoridad se han invertido. Marsden lo define como alguien que ha vivido con “anteojeras”, consciente demasiado tarde de las consecuencias. El arco del personaje, que comienza con su cadáver, le permite explorar la culpa y el deseo de redención. “Había tanto que interpretar: la ruptura con su esposa, la relación con su hijo, los remordimientos… Es uno de los papeles más complejos que he hecho”, afirma.

El reparto refuerza esa tensión entre lo íntimo y lo político. Junto a Sterling K. Brown y Julianne Nicholson, Marsden recupera además una antigua complicidad con Nicholson, con quien coincidió en Ally McBeal. “Era otro tono y otra Julianne”, recuerda con humor. En Paradise, la actriz encarna a una figura fría y estratégica, y el contraste con su carácter fuera de cámara resulta, según él, casi perturbador. “Es más inquietante ver cómo pasa de la dulzura a la oscuridad cuando empieza a rodar la cámara”. La frase subraya una idea que atraviesa la serie, todos pueden volverse un poco temibles cuando las circunstancias lo exigen.

La atmósfera del rodaje, sin embargo, distaba de la gravedad constante de la ficción. Marsden reivindica la necesidad de equilibrar la intensidad con el juego. “Cuando tienes que hacer cosas pesadas, con más razón necesitas pasarlo bien”, sostiene. Entre las anécdotas figura la creación de un doble de látex de su cuerpo, bautizado Russell, para evitar que el actor permaneciera horas tumbado en el suelo. El muñeco circulaba por el set como si se tratara de una broma privada. Ese contraste entre el tono apocalíptico de la trama y la camaradería del equipo explica, en parte, la naturalidad que desprenden las interpretaciones.

La música desempeña un papel esencial en ese equilibrio. Cada episodio reimagina éxitos de los años ochenta, integrándose en la narración como un personaje más. “Quiero esa lista de reproducción”, confiesa Marsden. Las canciones, reinterpretadas en clave de suspense, funcionan como puente entre la nostalgia y la amenaza. Lo reconocible se vuelve extraño, del mismo modo que el presidente carismático provoca sospechas.

Que algunos espectadores fantaseen con verlo en la política real le provoca una reacción ambivalente. “Es halagador y preocupante”, admite. “Halagador porque implica credibilidad y preocupante porque la frontera entre ficción y realidad parece cada vez más porosa. También soy el príncipe de Enchanted”, recuerda, como si necesitara rebajar cualquier tentación del público. En Paradise, el poder implica supervivencia y ha dejado de ser parte de un reality show.

La serie, que esta semana estrena su segunda temporada, amplía el foco hacia el mundo exterior y sus nuevas comunidades en los próximos episodios. Marsden prefiere no adelantar detalles, pero celebra la ambición narrativa de Fogelman. Si algo ha aprendido en su carrera es a confiar en el material y en el equipo. “Gran parte del trabajo estaba en la página”, dice, reivindicando la escritura como punto de partida. Lo demás, la ironía, la vulnerabilidad, la humanidad del líder que no quería serlo, es cosecha propia.

En un panorama televisivo saturado de distopías, Paradise destaca por la voluntad de mezclar registros sin perder el pulso emocional. Y en el centro de esa mezcla, James Marsden demuestra que la ligereza puede ser una forma sofisticada de profundidad. Su presidente habita el mundo con contradicciones reconocibles. Quizá ahí radique su mayor logro: recordarnos que incluso en el fin del mundo seguimos siendo humanos.

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