Crítica de cine

‘La cronología del agua’: el ambicioso, apasionado y fallido debut de Kristen Stewart como directora

El primer largometraje como directora de la polifacética actriz rebosa ideas y sensibilidad, pero acaba saturando al espectador entre agua, traumas y excesos

Fotograma de 'La cronología del agua'
Forma Pro Films

A lo largo de su carrera como actriz, Kristen Stewart se ha distinguido por su querencia a los personajes extraños, complejos y transgresores como los que encarnó en Personal Shopper, Viaje a Sils Maria, Spencer y Sangre en los labios. Y por eso tiene mucho sentido que, a la hora de debutar tras la cámara, haya decidido tomar como modelo La cronología del agua, el libro autobiográfico que Lidia Yuknavitch publicó en 2011 y en el que relataba una vida construida a partir de una red de traumas: una infancia marcada por las agresiones sexuales infligidas por un padre psicótico, una adolescencia intransitable de la que trató de escapar a través de la natación competitiva, un embarazo resuelto con un bebé nacido muerto, un patrón de adicción a las drogas y el alcohol, una sucesión de relaciones autodestructivas y, por fin, una vía hacia la redención a través de la escritura tanto de cuentos como, claro, de una aplaudida autobiografía.

Igual que el libro, la adaptación de Stewart ignora la estructura tradicional del género confesional en favor del tipo de asociación libre de imágenes y sonidos habitual en el cine de Terrence Malick, con el fin de evocar los mecanismos fragmentadores de la memoria y el caos mental de una mujer que al mismo tiempo que intenta liberarse de su dolor y se alimenta de él. Su película zigzaguea, serpentea y voltea hacia adelante y hacia atrás en el tiempo, siempre en movimiento y derrochando pasión. Y el esfuerzo resulta admirable, pero tanto estilo a veces acaba por imponerse al significado que, se supone, hay detrás. Es cierto que La cronología del agua se centra más en evocar sensaciones que en tener sentido, pero mientras empantana la vida de su protagonista en sangre, orina, semen y agua -agua de piscinas, de mares embravecidos, de conductos lacrimales- no llega a permitirnos conocer ni comprender realmente a Lidia más allá de lo que se sugiere a través de una voz en off que, a menudo leyendo directamente de la fuente, formula preguntas pretendidamente profundas como “¿Cuántas millas hacen falta para nadar hasta ti misma?”.

Fotograma de ‘La cronología del agua’
Forma Pro Films

Entretanto, la falta de una conexión firme entre las palabras pronunciadas en voz alta y las imágenes que las acompañan –Stewart reduce casi todas las escenas a primeros planos agitados, algunos meramente de recurso, que se difuminan mutuamente- genera un ruido constante que aplasta la narración. Si la intención es crear una película tan asfixiante como la historia de Yuknavitch, misión cumplida, pero es dudoso el mérito de una película que somete al espectador aplastándolo bajo el peso de sus ínfulas artísticas.

La cronología del agua tiene en su centro mismo un trabajo interpretativo absolutamente vertiginoso. Imogen Poots se entrega con fiereza al largo viaje entre el colapso y la catarsis que su personaje experimenta, y resulta igual de conmovedora cuando atraviesa la película como un torbellino enloquecido y cuando permite que el dolor y la desilusión saturen su mirada. Sin embargo, su trabajo no consigue ocultar lo estereotipado que el relato resulta pese a su intrepidez estructural; no es más que dos horas de secuencias que enuncian causas seguidas de secuencias que describen efectos, puntuadas por escenas repetitivas de sexo, excesos y sufrimiento.

Fotograma de ‘La cronología del agua’
Forma Pro Films

Quizá parte del problema de la película en ese sentido sea inevitable dado que, en última instancia, todas las historias de abuso, adicción y rehabilitación tienden a seguir el mismo recorrido dramático. Y, como mínimo, Stewart merece todo el respeto por atreverse a intentar algo audaz en su primer largometraje tras la cámara, y por dar mayor visibilidad a un libro de memorias aclamado pero poco conocido. Sea como sea, el gran mérito de La cronología del agua -además del trabajo actoral de Poots, claro- es que deja en evidencia una enorme capacidad de mejora por parte de su directora.

TAGS DE ESTA NOTICIA