La austeridad y la solemnidad moral no son cualidades inmediatamente asociables al cine de Paolo Sorrentino, director maximalista conocido por su amor al amaneramiento estilístico, el gusto felliniano por lo grotesco y la tendencia a cosificar el cuerpo femenino; en La gran belleza (2013), por ejemplo, el italiano exhibió una exuberancia magnífica, mientras que en Parthenope (2024) cayó en una forma típicamente masculina de babosidad. Sin embargo, pese a transcurrir en un entorno que se presta a la representación de la decadencia y el exceso, su nueva película —la séptima en la que colabora con el actor Toni Servillo, dotado de uno de los rostros más elocuentes del cine contemporáneo- destaca por su relativa contención y su apuesta por un registro marcadamente autorreflexivo.
La Grazia permite a Sorrentino revisitar un par de temas habituales en su cine que, eso sí, nunca antes había explorado simultáneamente en una misma película: los entresijos ocultos de la política italiana y el peso ineludible del arrepentimiento. Si en Il Divo (2008) y Silvio (y los otros) (2018) retrató a sendos líderes políticos notoriamente corruptos —Giulio Andreotti y Silvio Berlusconi, respectivamente— para explorar la peligrosa atracción que ejerce el poder, aquí el director opone un contrapeso al imaginar a un líder que cualquiera podría admirar: un servidor público íntegro, abnegado y abierto a la duda. A través de él, la película presenta una versión de la política basada en la razón, la honestidad, la templanza y la compasión, lo que la convierte en una propuesta genuinamente radical y casi cercana al terreno de la fantasía que, en cualquier caso, se mantiene alejada del idealismo empalagoso.

Servillo interpreta a un presidente ficticio de la República italiana, Mariano De Santis (Servillo), a quien solo restan seis meses de mandato antes de la jubilación. Se le conoce como “cemento armado”, gracias a su reputación de letrado inquebrantable en sus convicciones pero también a su falta de flexibilidad a causa de cargas autoimpuestas. En concreto, vive atormentado tanto por su pasado como por su presente: por un lado, es incapaz de sobreponerse al dolor causado por la muerte de su esposa, y por el hecho de que lo engañara con otro hombre décadas atrás; por otro, le obsesionan su propia mortalidad y, sobre todo, la necesidad de dejar un legado político a su país, y acumula dudas tanto sobre si debe conceder el indulto a dos personas encarceladas por matar a sus respectivos cónyuges —un maestro de escuela cuya esposa sufría Alzheimer y una mujer que padecía los abusos de su marido— como sobre si debe aprobar una ley que autorice la eutanasia en Italia, decisión que lo obliga a equilibrar sus creencias religiosas con su amplia experiencia como jurista respetado.
Mientras trata de auscultar su mente, La Grazia propone fascinantes observaciones sobre asuntos como el paso del tiempo, la amistad y la soledad, y al contemplarla resulta difícil no sospechar que de ese modo refleja ciertas preocupaciones del propio director acerca de la inevitabilidad de envejecer y el tipo de legado que aspira a dejar.
Si Il Divo otorgaba a su líder un tratamiento operístico y Silvio (y los otros) era una obra eminentemente macarra, la nueva película se distingue de esas predecesoras, decimos, por su sobriedad. A pesar de que por momentos se permite algunos alardes visuales —una secuencia a cámara lenta en la que un dignatario se ve sacudido por un aguacero, una escena multitudinaria en La Scala, el cameo de un perro robot—, mantiene un tono paciente y elegíaco que sintoniza con la contención de su protagonista. La cámara casi nunca se mueve, los acompañamientos musicales son mínimos, y el montaje apenas incluye más cortes de los necesarios. Los espacios palaciegos en los que transcurre buena parte de la acción resultan curiosamente inertes, y el sentimentalismo brilla por su ausencia.

Entretanto, Sorrentino concede a las diversas crisis morales con las que lidia De Santis el espacio necesario para que respiren y crezcan a lo largo de la película, haciendo que los fantasmas de su pasado e incluso acontecimientos aparentemente banales de su presente alimenten directa o indirectamente su estado mental. Para ello cuenta con la ayuda de Servillo, cuyo trabajo en la película le proporcionó el premio a Mejor Actor en la pasada Mostra de Venecia. Se trata de una interpretación basada en una mirada extraordinariamente atenta y expresiva, que ofrece destellos de anhelo, picardía, reflexión y una sutil mezcla de arrepentimiento y desesperación. Puede que De Santis se muestre reacio a tomar decisiones, pero Servillo en todo momento deja claro el peso que el personaje otorga a cada argumento y cada dato potencialmente contradictorio que procesa.
A ratos, es cierto, Sorrentino se preocupa demasiado por subrayar el estado mental de su protagonista, pero ese énfasis no impide que esos momentos resulten dramáticamente impactantes. Y, aunque la gran cantidad de hilos narrativos que el director entreteje a lo largo de la película puede llegar a resultar extenuante, es precisamente su convergencia al final del relato lo que permite a una historia inicialmente centrada en el desencanto y la amargura convertirse en un relato emocionante e inspirador de reactivación existencial.
