Danza

María Cabeza de Vaca: “Bailo para romper los límites de una feminidad impuesta”

El Museo Carmen Thyssen Málaga presentó una nueva edición del ciclo 'Tangentes. Experiencias de danza', y Artículo14 entrevista a una de sus protagonistas, la bailarina y creadora María Cabeza de Vaca, que se apoya en el trabajo creativo de Man Ray para realizar un viaje en busca de la identidad

La bailarina y coreógrafa María Cabeza de Vaca durante su interpretación en el ciclo 'Tangentes', del Museo Carmen

Uno de los gritos de la bailarina y coreógrafa María Cabeza de Vaca durante su interpretación en el ciclo 'Tangentes', del Museo Carmen Yolanda Montiel

Movimientos estertóreos, gritos, gemidos. Un control absoluto del cuerpo, que va ganando libertad. La idea de la conquista literal, la de América, como marco comparativo para hablar de la conquista personal, metafórica. El cuerpo de María Cabeza de Vaca sólo sirve a un amo: a sí mismo.

Esta licenciada en Filología Hispánica y titulada en ballet clásico ha conseguido hacerse un nombre como bailarina y coreógrafa, y sus performances y movimientos han recorrido España y han llegado al extranjero. Ha sido ella la encargada de cerrar el ciclo ‘Tangentes. Experiencias de danza’ del Museo Carmen Thyssen de Málaga, y ha hablado con Artículo14 precisamente de esa libertad que a veces, y especialmente para una mujer, sólo se conquista reclamando un espacio propio.

María Cabeza de Vaca

La bailarina y coreógrafa María Cabeza de Vaca en su performance en el patio del Museo Carmen Thyssen de Málaga, dentro del ciclo ‘Tangentes’ – Yolanda Montiel

¿Cómo surgió el proyecto de ‘Tangentes’ con el Museo Carmen Thyssen?

Recibí la invitación y vi que había gente conocida de la profesión. Desde la pandemia, aunque me encanta el escenario, he estado trabajando más desde fuera de la interpretación, haciendo dirección y coreografía, con mirada externa. Desde el Museo Carmen Thyssen me ofrecen hacer una intervención, conectada con la exposición de Man Ray, y yo decidí adaptar una pieza larga que hacía en teatros, Cabeza de Vaca, y condensarla. Seleccioné los momentos que tenían menos danza al uso, menos coreografía formal (porque no tenía espacio suficiente) y dibujé una historia para hacer una pieza más corta, más compacta y que se integrara mejor en un museo.

Aunque haya menos coreografía, el cuerpo sigue teniendo un protagonismo central.

Quería explorar otros formatos, pero me di cuenta de que todavía había mucho movimiento dentro de mí y muchas ganas de poner el cuerpo al servicio de la historia. Al final es casi una pieza escénica, pero hecha desde el cuerpo, más performática, y muy demandante, físicamente intensa. Es muy explosiva, muy física, muy enérgica.

¿Siempre ha querido hablar de su antepasado, Álvar Núñez Cabeza de Vaca?

Mi apellido fue una tortura durante mi infancia. Yo era mi tímida, aunque me he acabado dedicando a las artes escénicas… y tenía un gran potencial como nombre artístico. Siempre había querido hacer una pieza para explicar que es mi nombre real. Más allá de esta anécdota, también está esa obsesión de todos los artistas bailarines por encontrar una identidad: esa es la búsqueda del creador. El viaje del conquistador es una excusa para hablar de mi propio viaje, de los motores que activan la búsqueda. ¿Qué es lo que me sigue haciendo vivir, qué sentido tiene todo esto si nos vamos a morir todos? Este viaje al pasado me permite conectar con mis obsesiones recurrentes: la muerte, el sentido de la vida, el entusiasmo, la juventud.

La bailarina y coreógrafa María Cabeza de Vaca en su performance en el patio del Museo Carmen Thyssen de Málaga, dentro del ciclo 'Tangentes'

La bailarina y coreógrafa María Cabeza de Vaca en su performance en el patio del Museo Carmen Thyssen de Málaga, dentro del ciclo ‘Tangentes’ – Yolanda Montiel

De hecho, Cabeza de Vaca iba en búsqueda de la eterna juventud. En la obra habla de cómo todos los días eran iguales, hasta el punto de que uno se encarga en una aventura como es ir a hacer las Américas… ¿Es natural esa ruptura? ¿No soportamos que las cosas sean siempre iguales?

Da más miedo la rutina que la aventura de lo desconocido. Y por eso yo me dedico a esto. No me adapto al mundo que he heredado, quiero ensanchar mi realidad y que mi vida sea impredecible. De ahí nace la creación; es imprevisible trabajar con lo intangible, con el lado invisible de las cosas. Y ese lugar lo conquistas huyendo de la rutina.

Sé que hay mucho trabajo detrás, pero en una performance así, ¿se trabaja más desde el guion o desde la improvisación?

Tengo una estructura bastante agarrada, justamente para poder tener libertad para improvisar y escuchar lo que está pasando en el espacio y en el público, con el que interactúo mucho. Sí tengo fijado el camino, cómo es el crescendo, dónde tengo que acabar, pero hay mucha flexibilidad, es muy impredecible. La estructura está muy pensada, muy trabajada y estudiada, y los textos que están bastante claros y revisados.

En ocasiones la obra incomoda, lleva al límite; hay quien se ríe, hay quien incluso se va. ¿Hasta qué punto se tiene en cuenta al espectador al crear?

Para mí es siempre más interesante lo que el público recibe que yo que yo quiero contar. Lo que más me puede halagar es que la gente al salir tenga ganas de hablar, que se dispare la imaginación, que a otros les provoque ganas de crear. Ese es el máximo piropo. Inspirar y ser inspirada.

Estudió Filología y ha acabado creando un lenguaje propio, una forma de expresarse. ¿Cree que es casualidad?

Cuando yo empecé no había Internet y no tenía referentes de danza. Yo no sabía que podía dedicarme a esto, y me gustaba leer y escribir, y en general todo lo creativo, así que decidí estudiar en mi Córdoba natal. Pero en realidad yo bailaba a todas horas. Tenía un conflicto entre lo académico y lo artístico. Pero todo era demasiado rígido; no quería hacer crítica literaria, quería escribir. Percibo mucho esa opresión de lo académico. En parte, yo bailo para romper esa rigidez, esas normas y esa feminidad impuesta.

La bailarina y coreógrafa María Cabeza de Vaca en su performance en el patio del Museo Carmen Thyssen de Málaga, dentro del ciclo 'Tangentes'

La bailarina y coreógrafa María Cabeza de Vaca en su performance en el patio del Museo Carmen Thyssen de Málaga, dentro del ciclo ‘Tangentes’ – Yolanda Montiel

A veces el discurso va por un lado y la creatividad por otro…

Es muy difícil tener siempre un discurso muy armado, especialmente como artista. Parece que siempre tienes que tener una postura, un discurso, que luego resulta que está vacío. Por eso yo prefiero actuar, tirarme eructos, antes de elaborar una teoría o direccionar demasiado el discurso. Es en el terreno de la libertad y del absurdo y del sentido del humor donde yo encuentro la respuesta. No siempre hay que explicar todo. Cuando tú te expresas artísticamente es precisamente para hablar desde otro lugar, y si lo armas demasiado, lo ahogas.

Habla mucho de movimiento en términos de conquista de espacio. Y en el momento más álgido de la interpretación, se queda petrificada.

La música no es un acompañamiento o una decoración; todo tiene sentido dentro de la obra. Cuando me quedo quieta es un símbolo de que “he llegado”, de que metafóricamente mi viaje, y en esta pieza el del conquistador, ha concluido. Permanecer mucho tiempo en una postura muy tensionada es muy exigente físicamente, pero ahí también está la gracia: en llevar al cuerpo al límite. Y después, una herramienta de la coreografía es compensar los ritmos musicales: si la música está muy arriba, es muy difícil empatarla, por lo que puede ser más elocuente permanecer rígida.

¿Hay una crítica a la conquista, a América o a nuestro cliché de lo americano?

Nunca tuve miedo de hablar de ello, pero mi hermano, que es músico y que tiene presencia en la pieza, me avisó de que tratara el tema del colonialismo con cuidado. Realmente la conquista fue sangrienta, pero lo que a mí me interesa del conquistador es su búsqueda, y luego su deriva chamánica. A Cabeza de Vaca se le conoce como “el conquistador conquistado”, porque se enamoró de la tierra y acabó siendo un indígena más, un chamán. Esto me interesaba mucho porque entronca con mi discurso sobre el cuerpo como un canal que se deja atravesar por corrientes. La idea chamánica de sanar a través del arte me parecía muy interesante.

¿Es el arte el único remedio que nos queda?

Es la única vía de transformación, al menos para mí. Y es realmente curativo. En mi caso, me reconcilio conmigo misma, con esa parte de mí a veces monstruosa que es, a su vez, la que más poder me ha dado. El arte nos reconcilia con nuestro lado salvaje, primitivo, pero antes hay que atravesar toda la frustración, lanzar la rabia, sanar. Poder defraudar expectativas (que es algo que hago constantemente en mis performances): soy una chica rubia, andaluza y normativa, y esto no es lo que esperas de mí. ¡Pues voy a decepcionarte, voy a romper tus expectativas! La sociedad quiere imponerme cómo ser o cómo vivir, y yo me pongo a gritar y eructar en un museo.

María Cabeza de Vaca

La bailarina y coreógrafa María Cabeza de Vaca, en otra de sus performances

Como Bella Baxter en Pobres criaturas: una libertad total para explorarlo todo, sin vergüenza.

Dejarse llevar, ser espontáneo, indagar. Romper los códigos sociales, lo que se espera de nosotras. Yo soy ya una “bailarina vieja” y tengo el privilegio de seguir creando; doy gracias por no haber perdido el entusiasmo ni la fuerza, pero a la vez me gusta ver esa frescura de la gente joven, aprendo muchísimo de ellos.

Cuando empezó en la danza, hizo clásico porque no había otra posibilidad. ¿Cómo ha cambiado el mundo de la danza?

Empecé a bailar porque en mi familia había ambiente artístico, aunque nadie se dedicaba profesionalmente a ello. Mi único referente era que haciendo coreografía sólo podía aspirar a ser profesora. Cuando me fui a estudiar a Sevilla empecé a conocer otro tipo de personas, pero realmente mis grandes maestros fueron el cine y el teatro. De hecho, he trabajado muchísimo en el teatro. Pero lo que más me gusta es trabajar con la gente joven, acompañarlos y aprender de ellos. Sin ellos, yo me habría agotado hace tiempo.

Si la danza es un instinto, ¿nos encorsetamos según crecemos?

En general tenemos una muy mala relación con nuestro cuerpo. Yo doy talleres a gente que no baila también, y es complicadísimo. Todos vamos pidiendo perdón, hay quien incluso se excusa diciendo “yo no bailo”. Pero la danza no es patrimonio del bailarín profesional, sino que es una riqueza, un instinto del cuerpo que hay que atender; es algo ancestral, que se hace desde hace siglos, y aunque yo llevo dentro mucha técnica, me gusta conectar con lo espontáneo. En ese sentido, bailar tiene que ser también fácil. Por eso yo me he ido acercando a prácticas que tienen que ver con el movimiento espontáneo, con el movimiento intuitivo de la columna, y mi cuerpo recoge y registra toda esa información. El cuerpo es una caja de resonancia de la vida; todos los cuerpos vienen con información. Pero desde niños nos dicen: “¡estate quieto! ¡No te sientes así! ¡Ponte recto! ¡Deja de hacer tonterías! ¡Compórtate!”… ¿Quién sobrevive a eso? Nos desconectamos de nuestro instinto, bloqueamos nuestro cuerpo, nuestra conexión con lo espontáneo. Y sin embargo, en momentos como conciertos o manifestaciones, conseguimos conectarnos porque nos dejamos llevar por la emoción. Si te fijas, son momentos colectivos, donde perdemos nuestra individualidad; es algo muy potente.

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