La entrevista

Mayte Uceda y la Guerra Civil: “La memoria íntima es el último lugar donde podemos reconciliarnos”

Dos hermanas, dos amores imposibles y una Asturias al borde del estallido: Mayte Uceda explora el duelo, la memoria y los vínculos femeninos en una novela donde amar también significa elegir

La escritora Mayte Uceda publica 'Los amores paralelos'
La escritora Mayte Uceda publica 'Los amores paralelos'
Montaje: kiloycuarto

Hay novelas que se construyen sobre grandes acontecimientos históricos y otras que, sin renunciar a ese telón de fondo, prefieren mirar a ras de suelo: a los afectos, a las lealtades pequeñas, a las decisiones íntimas que, sin hacer ruido, terminan teniendo consecuencias irreversibles. La nueva novela de Mayte Uceda se sitúa exactamente en ese territorio. Ambientada en la Asturias de los años 30, en los meses previos a la revolución obrera de 1934, la historia sigue el destino cruzado de dos hermanas de familia acomodada, Estefanía y Selina, cuyos amores opuestos —un guardia civil y un minero comprometido con la lucha sindical— fracturan no solo una relación fraterna, sino también una forma de entender el mundo.

Tras el recorrido internacional de títulos como El guardián de la marea y El maestro de azúcar, Uceda regresa con una novela que entrelaza memoria, identidad y conflicto social desde una perspectiva profundamente emocional. La autora sitúa el foco en los vínculos femeninos, en el peso del mandato matrimonial, en las brechas de clase y en una pregunta que atraviesa toda la narración: qué ocurre cuando el amor, la ideología y la familia tiran en direcciones incompatibles. Hablamos con ella sobre memoria subjetiva, polarización, deseo, herencia patriarcal y el papel del amor en tiempos convulsos.

La escritora Mayte Uceda
La escritora Mayte Uceda

¿Qué tal está siendo el recibimiento de la novela?

Estoy muy sorprendida. Había expectación, porque la novela anterior funcionó muy bien y esta parecía que tenía lectores esperándola. Eso hace muchísima ilusión y también crea una cierta responsabilidad. Sientes que hay personas que confían en lo que vas a contar.

La novela arranca en el presente, con Estefanía buscando a Selina después de décadas. ¿Te interesaba más el reencuentro en sí o la pregunta de si realmente se puede “reparar” algo tan tarde?

Me interesaba sobre todo esa idea. Cuando hay un distanciamiento tan grande, tantas décadas entre dos hermanas que crecieron juntas y se querían, me parecía importante mostrar la memoria íntima, la memoria personal. Cuando quisimos a alguien y lo perdimos por otras cuestiones, solemos recordar lo bueno. Selina, ya anciana, cuando regresa a Oviedo recuerda los momentos felices con su hermana, no tanto el daño ni el rencor. Va con temor, pero también con ilusión, para ver si es capaz de reencontrar la comprensión.

¿Tienes alguna experiencia personal que conecte con esa idea?

Sí. Tengo una historia con una amiga de la infancia, muy íntima, con la que por circunstancias de la vida me distancié durante muchos años, dieciocho en concreto. Un día nos reencontramos y decidimos aparcar aquel desencuentro. Hemos recuperado la amistad y la complicidad de pequeñas. Eso es un logro vital enorme, porque significa que no te anclas al rencor ni a las heridas.

'Los amores paralelos', de Mayte Uceda
‘Los amores paralelos’, de Mayte Uceda

Dices que los recuerdos son individuales y subjetivos. ¿Cómo se trabaja literariamente esa subjetividad sin caer en nostalgia complaciente ni en moralinas?

La nostalgia forma parte de las emociones. Siempre que se recuerda el pasado hay un poso de nostalgia, incluso cuando no fue del todo bueno. Existe la tentación de embellecerlo, de cambiarlo. Compaginar todo eso es complicado. Mis novelas son muy emocionales, y es fácil acercarse tanto a la emoción que roces la ñoñería o la sentencia moral. Yo intento no dar consejos. Prefiero mostrar emociones, situaciones, contradicciones.

La historia transcurre en un tiempo de enorme polarización política y social, pero la novela no adopta un posicionamiento explícito. ¿Crees que hoy se exige más a la ficción que tome partido?

José Antonio Marina habla de un virus posmoderno: la necesidad de tener una ideología inamovible. Tener una ideología rígida te condiciona como persona y limita tu evolución. Las ideologías deberían poder moverse. La España de los años treinta no es comparable a la de ahora. Entonces había una desigualdad social brutal, pobreza extrema en el campo y en las zonas industriales, violencia política constante. Cuando estudié la Segunda República con detenimiento fui capaz de reconciliarme con las dos partes. Soy muy ecléctica. Si no, no podría escribir.

¿Cómo afrontas el trabajo de documentación?

Es una de las partes que más disfruto. Bucear en periódicos antiguos, leer autores de la época, entender cómo se vivía. Como decía Saramago: “Mis personajes son mis maestros de vida”. Para construir personajes creíbles tienes que conocer bien su contexto.

Fani y Selina no solo chocan por amor, sino por modelo de vida. ¿Qué querías contar sobre el mandato femenino del matrimonio?

Selina es una muchacha con inquietudes distintas a las de su familia. Tiene ganas de aprender, de saber, de salir. Cuando en el Congreso se discute el voto femenino, ella hace una especie de encuesta doméstica para ver qué opinan en su casa. Intenta imaginar un destino fuera de lo establecido, que era casarse. La República permitió a las mujeres hacer cosas nuevas. En 1910 se autoriza el acceso femenino a la universidad, y en 1931 se producen avances importantes. Luego todo se corta. También me interesaba mostrar las diferencias entre mujeres de ciudad, de familia acomodada, y mujeres de la cuenca minera, que trabajaban en lavaderos, participaban en huelgas, cortaban trenes. Las mujeres siempre han trabajado, pero sus contextos eran muy distintos.

Selina tiene raquitismo y una cojera que condicionan su futuro. ¿Cómo abordas esa diferencia física sin caer en victimismo?

Quería que fuera un elemento de conciencia, no de compasión. Esa limitación la hace observar más, pensar más, cuestionarse cosas. No es un adorno ni un símbolo decorativo. Forma parte de su identidad y de su manera de situarse en el mundo.

Doña América, la madre, parece administrar el destino de sus hijas. ¿Querías hablar de cómo el patriarcado también se reproduce desde las mujeres?

Totalmente. El padre es la figura típica que se desentiende de la educación emocional. Se ocupa de trabajar, de traer dinero, y delega todo en la madre. Ella asume ese poder doméstico y reproduce los valores establecidos. No cuestiona el modelo, lo perpetúa.

Hablas a menudo de la “muerte de la juventud”, no solo biológica, sino de los sueños. ¿Qué referentes les faltan a estas chicas?

Les faltan modelos de mujeres que hayan salido del camino marcado. No tienen espejos donde mirarse. Eso hace que muchas decisiones se tomen a ciegas y se paguen caras.

El mundo minero y la lucha sindical están muy presentes. ¿Cómo evitas que la Historia aplaste a los personajes?

A través de la emoción. El contexto está ahí, muy estudiado, pero siempre filtrado por lo que sienten los personajes. Cuando hay emoción, el lector asimila mejor la información histórica.

Has dicho que “amar implica posicionarse”. ¿Se puede amar sin traicionar en un contexto tan desigual?

El amor siempre está en mis novelas. Empecé escribiendo romance contemporáneo y aunque ahora escriba histórica, el amor sigue siendo esencial. En esta novela hay dos historias de amor paralelas, pero también otros amores: entre padres e hijos, entre hermanas. El amor implica elegir, aunque a veces esa elección sea dolorosa.

¿El amor es más fuerte que la ideología?

Te cuento una historia familiar. Mi abuelo luchó como requeté en el bando nacional. Mi abuela era republicana y de izquierdas. Él la llamaba cariñosamente “mi rojilla”. Mi abuelo perdió una pierna en la batalla del Ebro. Tenían motivos de sobra para el rencor. Nunca hablaron mal del pasado delante de nosotros. Tuvieron un matrimonio largo y feliz. Para mí eso demuestra que el amor siempre abre un margen.

¿Te interesa especialmente escribir sobre vínculos femeninos?

Sí. Me interesa la amistad entre mujeres, la relación entre hermanas, la complicidad, pero también los silencios, los celos, las heridas. Son vínculos muy potentes literariamente.

¿Qué te gustaría que se llevara el lector al cerrar la novela?

Que piense en sus propias relaciones. En lo que se ha roto. En lo que quizá todavía podría repararse. Y también que entienda que las decisiones individuales, por pequeñas que parezcan, están atravesadas por fuerzas históricas enormes.

Después de varias novelas históricas, ¿sientes que este es ya tu territorio natural?

Me siento cómoda en él, pero no me cierro puertas. Lo importante para mí es seguir contando historias que me emocionen. Si no me emocionan a mí, no puedo esperar que emocionen a nadie.

¿En qué estás trabajando ahora?

Todavía en fase muy inicial. Documentándome, leyendo, dejando que una historia empiece a tomar forma. Es la parte más silenciosa del proceso.

Para terminar: si tuvieras que definir esta novela en una frase, ¿cuál sería?

Una historia sobre dos hermanas que se quieren, que se pierden y que, pese a todo, siguen siendo parte la una de la otra.

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