En el universo de Jane Austen, una mirada inoportuna, una frase pronunciada a destiempo o una visita inesperada pueden adquirir las proporciones de una catástrofe sentimental. Los personajes parecen condenados a descifrar constantemente las intenciones ajenas, atrapados entre lo que sienten, lo que deberían sentir y lo que las convenciones sociales les permiten expresar. Más de doscientos años después, la nueva adaptación de Sentido y sensibilidad demuestra que semejante maquinaria romántica todavía puede funcionar, aunque sus mecanismos nos resulten demasiado conocidos.
Ese es, precisamente, uno de los desafíos de adaptar a Jane Austen. Hay autores cuyos universos resultan tan reconocibles que corren el riesgo de convertirse en una caricatura de sí mismos. No hace falta haber leído toda la obra de F. Scott Fitzgerald, por ejemplo, para identificar ciertos personajes, preocupaciones y conflictos recurrentes. Aquello que denominamos “estilo” también puede entenderse, en cierto modo, como un conjunto de limitaciones. Algo parecido sucede con Austen, cuyas convenciones literarias y arquetipos han pasado a formar parte del imaginario colectivo, incluso entre quienes no han leído sus novelas. Los malentendidos románticos, las tensiones sociales y la oposición entre pasión y prudencia son ya elementos casi indisociables de su nombre. Pero sería injusto reprocharle a una autora que se parezca demasiado a las historias que ella misma contribuyó a establecer. La pregunta, más bien, es qué sentido tiene regresar a ellas en 2026. Georgia Oakley, que debutó en el largometraje con Blue Jean (2022), encuentra una respuesta satisfactoria, aunque no especialmente sorprendente.

Sentido y sensibilidad sigue a las hermanas Elinor y Marianne Dashwood, de temperamentos contrapuestos, cuya situación económica cambia drásticamente tras la muerte de su padre. Elinor (Daisy Edgar-Jones), la mayor, se rige por la prudencia, la reflexión y el pragmatismo. Es el “sentido” del título, frente a la “sensibilidad” de Marianne (Esmé Creed-Miles), apasionada, impulsiva y poco dispuesta a moderar sus emociones. El contraste entre ambas ofrece un terreno fértil para el conflicto, tanto entre ellas como con el mundo que las rodea. La nueva adaptación, escrita por Diana Reid, se presenta como una aproximación especialmente interesada en la relación entre las hermanas, más allá de sus respectivos romances. Sin embargo, ese desplazamiento no resulta tan evidente. A diferencia de la revisión abiertamente contemporánea que Greta Gerwig realizó de Mujercitas (2019), Oakley no parece particularmente interesada en cuestionar las convenciones del original. La posición económica de las protagonistas y las expectativas sociales condicionan profundamente sus decisiones, pero la directora acepta ese marco histórico sin intentar subvertirlo. Las hermanas suspiran por sus respectivos pretendientes y, como en la novela, el enredo amoroso continúa siendo uno de los principales motores de la narración.
Las interpretaciones de las dos protagonistas, así como las de un reparto secundario que incluye a George MacKay, Herbert Nordrum, Frank Dillane, Caitríona Balfe y Fiona Shaw, son tan solventes como cabría esperar. Hay algo deliberadamente declamatorio, apropiadamente decimonónico, en el registro de sus personajes, pero también una atención a la contención y a los pequeños gestos. Es precisamente a través de estos últimos como se construye buena parte de la intimidad entre las hermanas. El afecto se expresa mediante miradas, cuidados y acciones cotidianas, mientras que los romances ocupan buena parte de los diálogos. Edgar-Jones encuentra uno de sus mejores momentos hacia el final, cuando Elinor abandona momentáneamente su habitual contención para enfrentarse a quien ha hecho sufrir a su hermana. La contundencia de ese breve intercambio resulta especialmente poderosa en un personaje que hasta entonces ha hecho del autocontrol su principal forma de enfrentarse al mundo.
La puesta en escena, la banda sonora y la fotografía de Arnaud Potier, rodada en celuloide de 35 mm, merecen una mención especial. Con algunos ecos de la maravillosa Orgullo y prejuicio (2005), de Joe Wright, Oakley construye una película extraordinariamente agradable a los sentidos, sin resultar estridente ni eclipsar la narración. Las texturas, los contrastes, la riqueza cromática y una profundidad de campo que permite apreciar los espacios y la dirección artística se rebelan contra cierta tendencia contemporánea a la imagen plana, casi diseñada para las pantallas pequeñas y el consumo doméstico. Aquí volvemos a hablar del cine como medio y no solamente como espacio de exhibición. Con todo, la belleza visual está al servicio de la historia. Oakley consigue crear un mundo atractivo y tangible sin convertir cada encuadre en una postal, a diferencia del deliberado preciosismo de Cumbres borrascosas, de Emerald Fennell.

Como cabe esperar de una adaptación de Jane Austen, tampoco faltan los malentendidos y las pequeñas transgresiones sociales, cuya importancia en la Inglaterra de principios del siglo XIX puede resultar difícil de asumir desde una sensibilidad contemporánea. Una mirada malinterpretada o una promesa incumplida bastan para trastocar la vida sentimental de las protagonistas. Y aunque las restricciones de su época justifican buena parte de estas reacciones, no siempre consiguen hacerlas emocionalmente convincentes para el espectador actual. Edward Ferrars (MacKay) parece destinado desde el principio a terminar con Elinor y, sin embargo, de no ser porque los puristas de la novela se nos echarían al cuello, tampoco nos molestaría demasiado que no fuera así. No por una cuestión política, sino dramática. El conflicto romántico, en su forma más elemental, sigue siendo universal, pero la revelación que precipita el desenlace tiene algo de solución providencial, casi de deus ex machina. La escena está bien filmada e interpretada y, si funciona, es en buena medida gracias a ello. El problema es que la resolución sentimental no tiene todo el peso emocional que la película le concede. Más que una culminación arrebatadora, produce una satisfacción amable, casi reconfortante.
En definitiva, Sentido y sensibilidad no necesita revolucionar el material original para resultar valiosa, pero tampoco consigue escapar del todo de su previsibilidad. Es una experiencia placentera, visualmente lograda y con momentos de intensidad genuina, que encuentra algunas de sus mayores virtudes en los afectos que expresa sin necesidad de grandes declaraciones. Quizás no enamore tanto como cabría esperar de una historia de Jane Austen, pero sí deja un buen sabor de boca.

