¿Estarías dispuesta a defender a tu país sabiendo que nadie sabrá jamás que lo hiciste? Ellas lo hicieron. No llevaban uniforme, no recibieron medallas ni homenajes. Su mejor trabajo fue el silencio. Y el silencio, en inteligencia, es la señal más alta de eficacia.
A lo largo de los siglos, mientras las naciones mostraban su fuerza en los campos y en los foros públicos, otra batalla más discreta se llevaba a cabo entre sombras. Una guerra hecha de miradas que parecían casuales, de cartas cifradas, de conversaciones aparentemente intrascendentes… salvo para quien sabía escucharlas. En esa guerra invisible, las mujeres no fueron espectadoras: fueron protagonistas.
De la antigüedad
La historia del espionaje femenino no empieza en los despachos del siglo XX, sino en la Antigüedad. En el relato bíblico, Rahab protegió a los espías hebreos en Jericó. Más allá de la dimensión religiosa del episodio, su figura representa uno de los primeros ejemplos narrados de una mujer que, sin armas ni rango, alteró el curso de un conflicto mediante información y estrategia. No fue fuerza, sino cálculo: escuchar, interpretar y elegir el momento adecuado.
Siglos después, en la península ibérica, la juglaresa gallega María Pérez Balteira aparece vinculada a intrigas cortesanas durante el reinado de Alfonso X. La documentación histórica mezcla realidad y leyenda, pero su figura ilustra algo verosímil: quienes transitaban entre salones, nobles y clérigos tenían acceso privilegiado a rumores, alianzas y secretos. En un mundo donde el poder era masculino y público, la información circulaba muchas veces por canales invisibles.
También hubo reinas que comprendieron pronto el valor político de la inteligencia. Catalina de Médicis organizó en la Francia del siglo XVI una red de damas que frecuentaban embajadas y cortes extranjeras. Más que seducción, practicaban observación y transmisión de rumores estratégicos. La discreción se convirtió en arma diplomática en un continente desgarrado por guerras de religión.
Siglos después, la figura de Mata Hari simbolizó la delgada línea entre seducción y espionaje, entre riesgo y sacrificio. Ejecutada durante la Primera Guerra Mundial, su imagen quedó asociada al mito de la espía fatal. Sin embargo, algunos historiadores sostienen que su eficacia real fue limitada y que llegó a ser considerada una “agente quemada”, un término del argot de inteligencia que alude a quien ha sido descubierta. En un mundo donde pasar desapercibido era vital, su notoriedad -cada gesto, cada sonrisa- podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte, entre el éxito estratégico y la traición.
Muchos han subestimado a la llamada “vieja del visillo”, pero tal vez también pudo ser una de las espías más antiguas: observadora silenciosa desde la ventana de su hogar, interpretando cada gesto, cada susurro, cada movimiento de quienes la rodeaban. No escribió tratados ni encabezó ejércitos, pero su capacidad de ver lo que los demás no percibían, a pesar de que no está entre los legajos de la historia, puede que fuera el inicio de esta profesión encubierta.
Frente al espectáculo, la realidad del espionaje suele ser gris y metódica. La escritora Carmen Posadas lo resume con acierto: no se trata de persecuciones imposibles, sino de paciencia, autocontrol y memoria. “Hay mujeres grises que son infalibles”, sostiene. Y quizá ahí reside la clave: pasar desapercibida es, muchas veces, la mayor victoria.
Durante la Segunda Guerra Mundial, nombres como Virginia Hall, la agente del SOE británico, con una pierna ortopédica, que burló a la Gestapo durante años demostraron que la eficacia no tenía género, pero sí contexto. En sociedades que no percibían a las mujeres como amenaza militar directa, ellas podían moverse con menor sospecha.
La escritora Carmen Posadas, en “Licencia para espiar” insiste en desmontar la mitología del cine: no es un desfile de seducciones ni persecuciones imposibles, sino un ejercicio de paciencia, autocontrol y observación minuciosa. “Hay mujeres grises que son infalibles”, sentencia.
Pero, ¿quién espía mejor? “Las mujeres somos más discretas”, advertía una agente en activo del Centro de Inteligencia a Posadas. ¿La prueba? “Se sabe poco o nada de ellas”. Y es que hay mujeres que ejercían en la II Guerra Mundial el espionaje pero sus hijos no lo supieron hasta que ellas habían muerto.
África de las Heras: la espía “patriota”
Nacida en Ceuta, África de las Heras, alias “Patria”, recorrió un camino inusual para su tiempo. Hija de una familia vinculada al general Franco, eligió un destino inesperado: convertirse en coronel de la Unión Soviética y en una pieza clave del espionaje internacional. Su vida fue un juego constante de apariencias y estrategias, moviéndose entre lealtades aparentemente contradictorias y adoptando la máxima que la definió: “El fin justifica los medios”.
También Aline Griffith, la condesa de Romanones, trabajó entre las sombras. Llegó a España con 21 años, norteamericana de cuna y con la mirada puesta en un mundo en guerra. Entrenada por el Office of Strategic Services, la precursora de la CIA, convirtió la elegancia en arma y la discreción en cobertura: recibía embajadores, aristócratas y estrellas de Hollywood en sus salones de El Viso, Marbella o Nueva York mientras recolectaba información para los aliados. Vestida de Balenciaga, con joyas de familia y la naturalidad de quien no despierta sospechas, transformó su posición social en inteligencia pura, demostrando que el espionaje no siempre se libra con armas, sino a veces, con ingenio.
Invisibles por necesidad
La realidad es que “estamos rodeados de espías”, advierten fuentes de inteligencia a Artículo 14. Y es que hoy cualquiera puede ser un confidente involuntario. No hay que descartar tampoco a asistentes virtuales, como por ejemplo Alexa que se ha convertido en una fuente de espionaje “perfecto”. Según fuentes consultadas, numerosos países han utilizado perfiles como peluqueras, traductoras, camareras, cantantes… “son muchas ya las que trabajan para los servicios secretos”.
El entrenamiento de estas mujeres requería audacia y discreción: sacar fotografías de documentos en bibliotecas, infiltrarse en entornos hostiles o memorizar conversaciones cruciales eran solo algunas de sus habilidades. La valentía no era opcional: muchas de las espías que lo dieron todo fueron fusiladas. Otras, como la llamada “reina de corazones” en el estrecho de Gibraltar, actuaban con doble lealtad, entregando información mientras engañaban a sus propios supervisores para frenar horrores mayores.
Del veneno al algoritmo
Mucho antes de que el término “trampas de miel” entrara en la jerga de los servicios secretos, ya existía un principio básico en el espionaje: quien accede, domina. Lejos del cliché de la “femme fatale”, no se basaban necesariamente en la seducción, sino en algo más complejo y más eficaz: la construcción de confianza. A veces era una conversación aparentemente banal; otras, una amistad cultivada con paciencia. La clave no era el atractivo, sino la capacidad de generar un entorno donde el otro bajara la guardia.
Las mujeres resultaron especialmente eficaces en este terreno por un hecho estructural: la sociedad no las consideraba una amenaza política. Esa subestimación operó como ventaja estratégica. Allí donde un hombre levantaba sospechas, una mujer podía escuchar. Allí donde se reforzaba la vigilancia, ellas pasaban desapercibidas.
Algo parecido ocurrió siglos antes con la figura de las llamadas “doncellas venenosas” a quienes desde niñas suministraban pequeñas dosis de veneno primero para inmunizarlas y segundo para convertirlas en una especie de frascos de veneno ambulantes. Si le daban un beso a una persona la podían matar. Su leyenda refleja una verdad histórica incómoda: las mujeres tenían acceso a espacios vedados a otros actores políticos: cocinas, cámaras privadas, alcobas…
Las armas físicas han dejado paso a las herramientas de la información: análisis de datos, patrones de comportamiento, algoritmos de predicción. Pero la esencia del espionaje femenino sigue intacta: observar, comprender, anticiparse. Pasaron del veneno al algoritmo y la pantalla luminosa, manteniendo el mismo principio de siempre: defender desde las sombras. Y es que, el mayor triunfo de estas mujeres se mide en lo que nunca ocurrió, en los riesgos evitados.
Al mando del CNI
La tradición del espionaje femenino llega hasta nuestros días en el Centro Nacional de Inteligencia. Hasta cinco mujeres han alcanzado puestos de poder dentro del CNI y por ello conocemos sus nombres, ocupando cargos de máxima responsabilidad, entre ellos la Secretaría General -el segundo puesto de la institución- y la dirección del Centro. Destacan María Dolores Vilanova, Elena Sánchez, Beatriz Méndez de Vigo, Paz Esteban López y Esperanza Casteleiro Llamazares, demostrando que la presencia femenina en altos niveles del servicio se ha consolidado a lo largo del tiempo, cerrando el arco histórico desde la invisibilidad de siglos pasados hasta el liderazgo actual del espionaje español.
La historia recuerda a quienes disparan. Pero el mundo lo sostienen, muchas veces, quienes escuchan.
