Addison Rae corre por la calle como si el mundo fuera un escenario improvisado. Un camión de Mister Softee aparece de pronto, con su música infantil y sus colores saturados, y ella lo transforma en teatro urbano: se apoya contra la carrocería, exagera los movimientos del cuerpo, alterna entre giros atléticos y poses casi caricaturescas. Es un momento fugaz, espontáneo, pensado para desaparecer tan rápido como fue grabado. Pero ahí está la clave de su éxito al convertir lo efímero en capital cultural, y el capital cultural en un negocio sostenido.
“Con los brazos abiertos, doy la bienvenida a la espontaneidad y a las decisiones inesperadas”, asegura en sus redes. “Confío en mi intuición. Confío en mi instinto. Confío en mi corazón. Confío en mi lenguaje corporal. Confío en mi yo físico. Me encanta comunicarme a través del cuerpo, la música, el sonido y la energía”.

A los 24 años, Addison Rae es una de las figuras más representativas de una generación que creció frente a la cámara del móvil y aprendió a traducir atención en influencia. Con más de 88 millones de seguidores en TikTok, Rae ha logrado lo que muy pocos creadores digitales han conseguido. Esta joven es capaz de trascender en la plataforma que la lanzó y construir una carrera diversificada que abarca la moda, la música, el cine y la industria de la belleza. En 2025, su patrimonio neto se estimó en torno a los 25 millones de dólares, una cifra que habla menos de viralidad que de estrategia.
Trayectoria
Su historia comienza lejos de los focos, en Lafayette, Luisiana, entre praderas húmedas y una vida que parecía condenada a lo local. Desde niña, Rae fue “una chica de espectáculo”, alguien que necesitaba moverse, bailar, actuar. Pero el horizonte era estrecho. “Bailaba para mí”, recuerda.
Ese límite se rompió en 2019, cuando, mientras estudiaba periodismo audiovisual en la Universidad Estatal de Luisiana, descargó TikTok. La aplicación acababa de aterrizar en Estados Unidos y ofrecía algo radicalmente nuevo. Ella entendió la oportunidad de visibilidad sin intermediarios. Rae aprendió el lenguaje visual de la inmediatez. Su imagen de chica del sur, encanto accesible, coquetería ligera, técnica de equipo de animadoras, conectó con millones de pantallas. En octubre de ese mismo año ya había alcanzado el millón de seguidores. Poco después, abandonó la universidad.

Publicaba hasta ocho vídeos diarios. Bailes, lipsyncs, pequeñas escenas domésticas. Lo suyo, sin duda, era intuición narrativa. A finales de 2020 se había convertido en una de las creadoras más seguidas, y mejor pagadas, de la plataforma, con ingresos millonarios derivados de contenido patrocinado. Pero Rae nunca vio TikTok como un destino final. Para ella era, más bien, un trampolín.
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Las marcas lo entendieron rápido. American Eagle la convirtió en rostro global de varias campañas, cada una con millones de dólares en valor de impacto mediático. Reebok siguió el mismo camino. La influencer ya no solo vendía productos. Ella vendía una idea de cercanía aspiracional cuidada hasta el milímetro.
A partir de ahí, la diversificación fue sistemática. Firmó un acuerdo con Spotify para un pódcast, lanzó Item Beauty, su propia línea de cosméticos, vendida en Sephora, y dio el salto a la interpretación con He’s All That, una producción de Netflix que actualizaba una comedia romántica de los noventa para la era del algoritmo. Más tarde, cerró un acuerdo multipelícula con la plataforma, consolidando su transición hacia el entretenimiento tradicional.
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La música llegó como una extensión natural del cuerpo. Su álbum debut, Addison, apareció en junio, y desde entonces su carrera sonora ha ido ganando legitimidad crítica y colaboraciones inesperadas. Un grito agudo improvisado para el remix de “Von Dutch” de Charli xcx, producido por A. G. Cook, acumuló más de 45 millones de visualizaciones en TikTok. “Lo más importante es que lo que hacemos sea divertido y espontáneo, sin presión”, explicó Charli sobre aquellas sesiones. “No tiene sentido publicar algo si no lo pasas bien haciéndolo”.
Pepsi
En julio, Rae subió al escenario de Wembley junto a Lana Del Rey para interpretar “Diet Pepsi”, su primer sencillo con una gran discográfica, y después “57.5”, un tema inédito que ironiza sobre la celebridad en la era del streaming. “Aprendí mucho sobre mí y sobre Lana”, dijo Rae. “Estar al lado de alguien a quien admiro, que vive su verdad con tanta gracia, fue transformador. Todo se dio de forma mágica e inesperada. Fue monumental para mí”.
Sus videoclips refuerzan esa ambición artística. “Diet Pepsi” dialoga con los anuncios de Pepsi protagonizados por Cindy Crawford en los noventa y con el cine experimental de Bruce Conner; “Aquamarine” despliega una fantasía de lentejuelas y plumas; “Times Like These” apuesta por la intimidad coreografiada. Nada parece casual. Todo está pensado para inscribir su cuerpo en una tradición visual más amplia.
Poder
El camino, sin embargo, no ha estado exento de fricciones. En 2021 fue criticada por interpretar bailes virales en televisión sin acreditar a sus creadores originales. Ese mismo año, la presencia de influencers en la Gala del Met, incluida Rae, generó un debate sobre legitimidad cultural. Ella lo asumió como aprendizaje. “La gente quería decir: esto es lo único para lo que sirves”, recuerda. “Pero eso no tenía sentido”.
Para Rae, las redes nunca fueron el fin. “Solo eran una oportunidad para empujarme hacia algo que siempre quise”, explica. “Había algo dentro de mí que me negaba a dejar desaparecer. Al nutrirlo constantemente, ya fuera en TikTok, Instagram, Tumblr o cualquier espacio, no iba a soltarlo”.
Semanas después de una sesión de fotos para una conocida revista, aparece en sus redes desde un jardín de Beverly Hills. Está tumbada boca abajo sobre el césped, las piernas dobladas, las flores en segundo plano. Apoya la cabeza en una mano, la otra descansa con estudiada naturalidad. Glamur y cercanía, perfectamente equilibrados.
Quizá ahí resida su verdadero talento al entender que, en la economía de la atención, la naturalidad también se ensaya. Y que un gesto, si se repite con convicción, puede convertirse en un imperio.
