Hay quienes tienen que pestañear dos veces para cerciorarse de que, efectivamente, es una mujer la que está subida a esa gigantesca máquina de perforación. Es Aída Rodríguez, técnica electromecánica de maquinaria de perforaciones, que ha acabado siguiendo los pasos de su padre y de su hermano y ha abierto, sin darse cuenta, un camino para otras mujeres que quieran seguir sus pasos. “la verdad es que fue un poco por casualidad, aunque parte de mi familia se dedicaba a esto, incluidos mi padre y mi hermano, a mí nunca me había llamado la atención como una profesión a la que dedicarme hasta que por varias causas termine cursando el Ciclo de Electromecánica”.
Y aunque era la primera mujer que se ponía al frente de una maquinaria de estas características, no le tembló el pulso. “Todo empezó cursando electromecánica, la verdad que me fue interesando y me fue gustando bastante y aunque era algo nuevo para mí, se me daba bien. Cuando terminé, hice las prácticas en el taller de maquinaria pesada, y es cierto que un primer momento hubo reticencias ya que era la primera mujer que lo hacía, pero terminaron aceptando y ahí empezó todo”.
En su formación y primeros trabajos, sentía que debía demostrar más que otros compañeros masculinos para que la tomaran en serio. “Sí, al principio fue un poco duro ya que simplemente por ser hombre o mujer se te presupone una serie de habilidades. Aunque he de decir que poco a poco, la confianza me la fui ganando con mi trabajo diario, y desmontando los prejuicios demostré que era capaz”.

Pese a esas primeras reticencias, nunca ha recibido comentarios machistas. “A esto tengo que decir que no, o al menos delante de mi persona, siempre he encontrado ayuda en mis compañeros. La mina es un ambiente hostil para todos, y hay un gran sentimiento de compañerismo”.
Aída trabaja en unas condiciones difíciles, con polvo y calor, pero nada la ha frenado. “Físicamente, la verdad, que más allá que trabajar en interior de mina, con calor y polvo, nada que no hubiera podido sentir un compañero masculino. La mina es difícil para todos, pero tenemos unas normas y unos procedimientos de seguridad que nos facilitan las cosas”. Su esfuerzo ha sido constante, y Aída demuestra cada día que nadie le ha regalado nada. “Yo aporto responsabilidad e implicación. Como cuesta tanto llegar que hace que valores más el trabajo que realizas”.
Con el paso del tiempo, Aida nota que los tiempos están cambiando y las trabas se van disolviendo para las mujeres. “Si, completamente, cuando empecé hace 8 años, fui la primera mujer en taller. Ahora, afortunadamente, ya se van viendo más chicas, aunque todavía queda trabajo por hacer. En todas las operaciones de la mina la incorporación de la mujer ha sido muy positiva, aunque en electromecánica todavía necesitamos que se interesen más mujeres por este oficio, el camino está abierto”.
Por eso anima a las mujeres jóvenes a dedicarse a la electromecánica como ella. “Que no tenga ningún tipo de reticencia, que es completamente capaz y que si yo lo he hecho, cualquier compañera puede, solo te tiene que gustar y tener amor por tu trabajo”.
Aída Rodríguez no se plantea ser un referente, pero lo es. Cada jornada de trabajo, cada turno al frente de la máquina, es una forma silenciosa de normalizar lo que durante años se consideró excepcional. Simplemente desarrollando su oficio está dando una lección valiosa. Y en ese gesto cotidiano de subirse a la maquinaria, cumplir con su tarea y volver a casa, está el cambio.
