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Guía del anfitrión informal: cómo recibir amigos sin estrés (y sin mantel de lino)

El verano -y, en general, la vida moderna- pide reuniones relajadas, donde lo importante es la compañía, no la etiqueta. Ser un anfitrión informal no significa descuidar a los invitados, sino todo lo contrario: crear un ambiente cálido, sencillo y memorable sin sobrecargarse de trabajo ni presupuesto

Fotograma de la película 'Pequeñas mentiras sin importancia 2'

Con septiembre asomando, la agenda se llena de reencuentros. Tras las vacaciones, los viajes y los días largos de verano, llega el momento en que apetece volver a verse, contarse historias y brindar más de la cuenta. Pero no hace falta montar una cena de etiqueta ni obsesionarse con vajillas combinadas: el mejor anfitrión es el que consigue que todos se sientan cómodos, incluida la persona que invita.

La clave está en abrazar la informalidad. El espacio puede ser un salón con cojines, un balcón pequeño, una terraza o incluso la colchoneta del parque. Un mantel en el suelo, un altavoz con música y un par de velas bastan para crear ambiente. Si se añaden guirnaldas de luces o lámparas solares, cualquier rincón se transforma en un lugar especial, sin necesidad de decoración elaborada. Si quieres sumar un detalle acogedor, coloca una bandeja con flores silvestres o hierbas frescas en un vaso: algo sencillo que cambia por completo el ambiente.

En la mesa, lo sencillo gana puntos

Tablas con quesos, embutidos, hummus, aceitunas y pan recién hecho se sirven casi solos. Para darle un toque más personal, conviene tener un plato estrella preparado de antemano: una ensalada de pasta con hierbas frescas, una tortilla de patatas jugosa o una focaccia casera funcionan sin exigir horas en la cocina. De postre, fruta cortada -este verano probé en casa de una amiga el melón con un chorrito de limón y me pareció un manjar- y helado comprado: nadie necesita más complicación para terminar con una sonrisa. También funciona tener un “comodín dulce” en el congelador: una tarta helada o unos bombones que salvan cualquier sobremesa improvisada.

Marion Cotillard en ‘Pequeñas mentiras sin importancia 2’

En cuanto a la bebida, la frescura manda. Un vino rosado ligero, cervezas frías y una limonada casera hacen el trabajo sin esfuerzo. Para quienes disfrutan del detalle, una jarra de sangría blanca o un spritz con fruta de temporada se convierte en el cóctel de la casa sin robar demasiado tiempo. Recuerda: la idea no es montar un bar sofisticado, sino ofrecer algo refrescante y fácil de compartir. Si tienes tiempo, prepara una jarra de agua infusionada con rodajas de pepino y hierbabuena: refresca, decora y no necesita alcohol.

El ambiente se construye con lo más sencillo: conversaciones que fluyen sin horarios rígidos, una playlist colaborativa donde cada invitado añade canciones y algún juego improvisado si la velada lo pide. Opciones como Dixit, con sus ilustraciones que despiertan la imaginación, o Dobble, de partidas rápidas y frenéticas, encajan en cualquier sobremesa. Si el grupo tiene más energía, Jungle Speed garantiza carcajadas con su tótem en el centro, mientras que Time’s Up! o Codenames son ideales para jugar en equipos y reírse adivinando palabras o personajes. Para algo aún más sencillo, nunca falla un Uno de toda la vida, y si se busca humor sin filtro, Cartas contra la humanidad siempre sube el tono de la velada. Y si sois muchos, bastará con improvisar un Quién soy con papeles en la frente o un teléfono escacharrado de dibujos para que la diversión se dispare sin necesidad de tablero.

Lo importante no es que todo esté perfecto, sino que todos se sientan a gusto. De hecho, un poco de caos es parte del encanto: los vasos distintos y platos mezclados también forman parte de la decoración. Un detalle divertido es asignar a cada invitado una “misión”: uno se encarga de las fotos, otro de elegir la canción del momento, otro de servir la primera ronda. Así todos participan.

Una buena idea práctica es tener siempre un “kit de anfitrión exprés” guardado en casa: unas velas pequeñas, servilletas de papel coloridas y un par de snacks que aguanten en la despensa. Así, cualquier visita inesperada puede transformarse en un encuentro agradable en cuestión de minutos.

Fotograma de la película ‘Pequeñas mentiras sin importancia 2’

Si la reunión es grande y el espacio reducido, se puede optar por la fórmula de “platos compartidos” donde cada invitado trae algo sencillo: empanadas, ensaladas, tortillas. Esto no solo aligera el trabajo del anfitrión, también crea un buffet variado y divertido sin necesidad de coordinación milimétrica.

Para alargar la velada sin complicarse, conviene pensar en actividades ligeras que unan al grupo: proyectar un clásico en una pared blanca con un proyector barato, hacer un concurso improvisado de cócteles con lo que haya en la nevera o simplemente organizar un “intercambio de objetos” donde cada persona traiga un libro, un vinilo o una planta para regalar.

En estos reencuentros de final de verano no hacen falta grandes preparativos ni recetas imposibles. Lo que de verdad cuenta es abrir la puerta, compartir lo que se tiene y dejar que la reunión se arme sola. Así, septiembre empieza con energía, con amigos cerca y con la certeza de que los mejores momentos no necesitan protocolo, solo ganas de disfrutarlos.

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