La Met Gala de este año no ha sido una alfombra roja más. Ha sido, o ha querido ser, una gran conversación sobre el cuerpo vestido; es decir, sobre cómo una silueta puede construir autoridad, cómo una prenda puede funcionar como manifiesto y cómo el glamour se convierte en lenguaje. El tema de este año, Costume Art, y el código de vestimenta, Fashion Is Art, invitaban precisamente a entender la moda como arte encarnado, como una forma artística en diálogo directo con la anatomía, la pintura, la escultura y la historia del vestir.
Y así, entre plumas, cristales, egos, patrocinios y algún que otro silencio estratégicamente colocado, Nueva York volvió a demostrar que el primer lunes de mayo es más que una fiesta, es una radiografía de poder.
Oficialmente no hubo una “maestra de ceremonias” al uso, con micrófono y discurso preparado. En la Met Gala, el poder se reparte a través de las copresidentas. Este año fueron Beyoncé, Nicole Kidman, Venus Williams y Anna Wintour El Met también anunció a Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos como honorary chairs, mientras que Anthony Vaccarello y Zoë Kravitz ejercieron como copresidentes del comité anfitrión.
La Met Gala de este año no ha sido una alfombra roja más. Ha sido, o ha querido ser, una gran conversación sobre el cuerpo vestido; es decir, sobre cómo una silueta puede construir autoridad, cómo una prenda puede funcionar como manifiesto y cómo el glamour se convierte en lenguaje. El tema de este año, Costume Art, y el código de vestimenta, Fashion Is Art, invitaban precisamente a entender la moda como arte encarnado, como una forma artística en diálogo directo con la anatomía, la pintura, la escultura y la historia del vestir.
Y así, entre plumas, cristales, egos, patrocinios y algún que otro silencio estratégicamente colocado, Nueva York volvió a demostrar que el primer lunes de mayo es más que una fiesta, es una radiografía de poder.
Oficialmente no hubo una “maestra de ceremonias” al uso, con micrófono y discurso preparado. En la Met Gala, el poder se reparte a través de las copresidentas. Este año fueron Beyoncé, Nicole Kidman, Venus Williams y Anna Wintour El Met también anunció a Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos como honorary chairs, mientras que Anthony Vaccarello y Zoë Kravitz ejercieron como copresidentes del comité anfitrión.
Es decir, Beyoncé ponía el mito, Kidman el cine, Venus el cuerpo atlético convertido en legado, Wintour la institución, Vaccarello el filo Saint Laurent, Zoë Kravitz el cool que no se esfuerza, o que finge no hacerlo, y los Bezos, bueno, los Bezos ponían el dinero. Y ahí empezó parte del problema.
Las mejor vestidas
Después de diez años sin pisar sus escaleras, Beyoncé descendió sobre la Met Gala y apareció con un diseño de Olivier Rousteing que convertía el cuerpo en reliquia, armadura y radiografía sagrada. El vestido, cubierto de cristales y con una lectura esquelética, iba acompañado de una gran capa de plumas y un tocado brillante. Llegó además junto a Jay-Z y Blue Ivy, lo que transformó el momento en algo más que una entrada… fue una escena de sucesión dinástica.
Blake Lively volvió a hacer lo que Blake Lively hace mejor, convertir una alfombra roja en una historia con planteamiento, nudo y bolso joya. Eligió un Atelier Versace de primavera de 2006, con una cola inmensa, tonos pastel y referencias al rococó veneciano del siglo XVIII. En su mano sujetaba un clutch Judith Leiber personalizado con dibujos de sus cuatro hijos.
Y mientras muchos asistentes perseguían la juventud eterna en forma de bótox, brillo y piel tensada, Bad Bunny decidió llegar viejo. Y ahí estuvo la genialidad. Su transformación, con maquillaje que lo convertía en una versión envejecida de sí mismo, bastón incluido, fue uno de los gestos más conceptuales de la noche. El traje negro, con lazada al cuello, venía firmado por Zara, lo que añadió otra capa de lectura: la estrella global, el gigante del retail, la alfombra más elitista del planeta y un cuerpo que se niega a obedecer el mandato de verse joven para siempre.
Anne Hathaway tomó el lema Fashion Is Art casi al pie de la letra, pero con la suficiente inteligencia como para no parecer disfrazada de museo. Su vestido de Michael Kors, pintado a mano por el artista Peter McGough, estaba inspirado en la Ode on a Grecian Urnde John Keats. La prenda incorporaba motivos de palomas, flores y una diosa de la paz, convirtiendo el cuerpo de Hathaway en una superficie pictórica en movimiento.
Nicole Kidman llegó como copresidenta con su Chanel rojo, cubierto de lentejuelas y rematado con plumas en puños y cintura, tenía algo de cabaré aristocrático, algo de diva de cine y algo de mujer que conoce muy bien el efecto de una entrada medida.
Y entonces apareció Marta Ortega junto a Carlos Torretta y eligió un vestido azul noche de satén de Galliano, cubierto por una capa de gasa a juego, con joyería discreta, una cartera metálica y unos Manolo Blahnik. Su estilismo, sobrio, elegante y fiel a su manera de entender la moda, también tenía una lectura industrial fascinante. Zara no solo estuvo en la conversación por Bad Bunny: Stevie Nicks debutó en la Met Gala con un diseño de John Galliano para Zara. La pregunta era inevitable: ¿puede el imperio del fast fashion sentarse a la mesa del museo sin pedir disculpas?
Anna Wintour: la mujer que convierte una cena en geopolítica
Anna Wintour no necesita subir la escalinata para estar en todas partes. La Met Gala es, en gran medida, su gramática: una combinación de moda, celebridad, filantropía, control de imagen y diplomacia cultural. Este año, su presencia como copresidenta junto a Beyoncé, Nicole Kidman y Venus Williams reforzaba la idea de que la Met no es solo una gala benéfica. Es el lugar donde se decide quién pertenece al relato de la moda. Y tal vez por eso Anna sigue siendo la figura más interesante de la noche: no porque lleve el vestido más comentado, sino porque entiende que el verdadero look es la lista de invitados.
La polémica Bezos
Pero ninguna noche de moda está completa sin una sombra perfectamente iluminada. La participación de Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos como patrocinadores principales y honorary chairs convirtió la gala en algo más incómodo que una mala prueba de vestuario. El Met los anunció como patrocinadores líderes de la gala y de la exposición, y su implicación generó críticas, llamadas al boicot y una conversación internacional sobre la influencia del dinero privado en las instituciones culturales.
Y aquí está el problema; la Met Gala siempre ha sido una fiesta de dinero. La diferencia es que este año el dinero dejó de parecer fondo de armario y se convirtió en protagonista. De pronto, la pregunta ya no era quién iba mejor vestido, sino quién estaba pagando la iluminación.
Las ausencias
En la Met Gala, una ausencia puede tener más estilismo que un vestido. Los nombres de Zendaya y Meryl Streep circularon con fuerza entre las grandes ausentes. The Independent vinculó esas bajas al clima de críticas por la implicación de Bezos y Sánchez Bezos, aunque también recogió que Zendaya se habría tomado un descanso tras varias promociones y que el representante de Streep explicó que la gala “nunca ha sido realmente su escena”. People también informó de que Streep nunca ha asistido a la Met Gala, pese a haber sido invitada durante años.
Y ahí estaba la ironía perfecta: Meryl Streep, convertida otra vez en icono fashion por El diablo viste de Prada 2, ausente de la fiesta más Wintour del planeta. A veces, el mejor asiento es el que queda vacío.
Beyoncé fue mito anatómico. Blake Lively, memoria envuelta en Versace. Bad Bunny, una provocación contra la juventud obligatoria. Anne Hathaway, poesía pictórica. Nicole Kidman, disciplina roja. Marta Ortega, poder silencioso. Y Anna Wintour, como siempre, la editora final de una noche en la que hasta las ausencias parecían haber sido estilizadas.
Y mientras los flashes se apagaban, una pregunta quedó flotando sobre la Quinta Avenida… si la moda es arte, ¿quién decide su precio? Porque en la Met Gala 2026, el vestido era importante. Pero la verdadera obra estaba en mirar quién lo llevaba, quién lo financiaba y quién decidió no aparecer.
Es decir, Beyoncé ponía el mito, Kidman el cine, Venus el cuerpo atlético convertido en legado, Wintour la institución, Vaccarello el filo Saint Laurent, Zoë Kravitz el cool que no se esfuerza, o que finge no hacerlo, y los Bezos, bueno, los Bezos ponían el dinero. Y ahí empezó parte del problema.
Las mejor vestidas
Después de diez años sin pisar sus escaleras, Beyoncé descendió sobre la Met Gala y apareció con un diseño de Olivier Rousteing que convertía el cuerpo en reliquia, armadura y radiografía sagrada. El vestido, cubierto de cristales y con una lectura esquelética, iba acompañado de una gran capa de plumas y un tocado brillante. Llegó además junto a Jay-Z y Blue Ivy, lo que transformó el momento en algo más que una entrada… fue una escena de sucesión dinástica.
Blake Lively volvió a hacer lo que Blake Lively hace mejor, convertir una alfombra roja en una historia con planteamiento, nudo y bolso joya. Eligió un Atelier Versace de primavera de 2006, con una cola inmensa, tonos pastel y referencias al rococó veneciano del siglo XVIII. En su mano sujetaba un clutch Judith Leiber personalizado con dibujos de sus cuatro hijos.
Y mientras muchos asistentes perseguían la juventud eterna en forma de bótox, brillo y piel tensada, Bad Bunny decidió llegar viejo. Y ahí estuvo la genialidad. Su transformación, con maquillaje que lo convertía en una versión envejecida de sí mismo, bastón incluido, fue uno de los gestos más conceptuales de la noche. El traje negro, con lazada al cuello, venía firmado por Zara, lo que añadió otra capa de lectura: la estrella global, el gigante del retail, la alfombra más elitista del planeta y un cuerpo que se niega a obedecer el mandato de verse joven para siempre.
Anne Hathaway tomó el lema Fashion Is Art casi al pie de la letra, pero con la suficiente inteligencia como para no parecer disfrazada de museo. Su vestido de Michael Kors, pintado a mano por el artista Peter McGough, estaba inspirado en la Ode on a Grecian Urnde John Keats. La prenda incorporaba motivos de palomas, flores y una diosa de la paz, convirtiendo el cuerpo de Hathaway en una superficie pictórica en movimiento.
Nicole Kidman llegó como copresidenta con su Chanel rojo, cubierto de lentejuelas y rematado con plumas en puños y cintura, tenía algo de cabaré aristocrático, algo de diva de cine y algo de mujer que conoce muy bien el efecto de una entrada medida.
La Met Gala de este año no ha sido una alfombra roja más. Ha sido, o ha querido ser, una gran conversación sobre el cuerpo vestido; es decir, sobre cómo una silueta puede construir autoridad, cómo una prenda puede funcionar como manifiesto y cómo el glamour se convierte en lenguaje. El tema de este año, Costume Art, y el código de vestimenta, Fashion Is Art, invitaban precisamente a entender la moda como arte encarnado, como una forma artística en diálogo directo con la anatomía, la pintura, la escultura y la historia del vestir.
Y así, entre plumas, cristales, egos, patrocinios y algún que otro silencio estratégicamente colocado, Nueva York volvió a demostrar que el primer lunes de mayo es más que una fiesta, es una radiografía de poder.
Oficialmente no hubo una “maestra de ceremonias” al uso, con micrófono y discurso preparado. En la Met Gala, el poder se reparte a través de las copresidentas. Este año fueron Beyoncé, Nicole Kidman, Venus Williams y Anna Wintour El Met también anunció a Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos como honorary chairs, mientras que Anthony Vaccarello y Zoë Kravitz ejercieron como copresidentes del comité anfitrión.
Es decir, Beyoncé ponía el mito, Kidman el cine, Venus el cuerpo atlético convertido en legado, Wintour la institución, Vaccarello el filo Saint Laurent, Zoë Kravitz el cool que no se esfuerza, o que finge no hacerlo, y los Bezos, bueno, los Bezos ponían el dinero. Y ahí empezó parte del problema.
Las mejor vestidas
Después de diez años sin pisar sus escaleras, Beyoncé descendió sobre la Met Gala y apareció con un diseño de Olivier Rousteing que convertía el cuerpo en reliquia, armadura y radiografía sagrada. El vestido, cubierto de cristales y con una lectura esquelética, iba acompañado de una gran capa de plumas y un tocado brillante. Llegó además junto a Jay-Z y Blue Ivy, lo que transformó el momento en algo más que una entrada… fue una escena de sucesión dinástica.
Blake Lively volvió a hacer lo que Blake Lively hace mejor, convertir una alfombra roja en una historia con planteamiento, nudo y bolso joya. Eligió un Atelier Versace de primavera de 2006, con una cola inmensa, tonos pastel y referencias al rococó veneciano del siglo XVIII. En su mano sujetaba un clutch Judith Leiber personalizado con dibujos de sus cuatro hijos.
Y mientras muchos asistentes perseguían la juventud eterna en forma de bótox, brillo y piel tensada, Bad Bunny decidió llegar viejo. Y ahí estuvo la genialidad. Su transformación, con maquillaje que lo convertía en una versión envejecida de sí mismo, bastón incluido, fue uno de los gestos más conceptuales de la noche. El traje negro, con lazada al cuello, venía firmado por Zara, lo que añadió otra capa de lectura: la estrella global, el gigante del retail, la alfombra más elitista del planeta y un cuerpo que se niega a obedecer el mandato de verse joven para siempre.
Anne Hathaway tomó el lema Fashion Is Art casi al pie de la letra, pero con la suficiente inteligencia como para no parecer disfrazada de museo. Su vestido de Michael Kors, pintado a mano por el artista Peter McGough, estaba inspirado en la Ode on a Grecian Urnde John Keats. La prenda incorporaba motivos de palomas, flores y una diosa de la paz, convirtiendo el cuerpo de Hathaway en una superficie pictórica en movimiento.
Nicole Kidman llegó como copresidenta con su Chanel rojo, cubierto de lentejuelas y rematado con plumas en puños y cintura, tenía algo de cabaré aristocrático, algo de diva de cine y algo de mujer que conoce muy bien el efecto de una entrada medida.
Y entonces apareció Marta Ortega junto a Carlos Torretta y eligió un vestido azul noche de satén de Galliano, cubierto por una capa de gasa a juego, con joyería discreta, una cartera metálica y unos Manolo Blahnik. Su estilismo, sobrio, elegante y fiel a su manera de entender la moda, también tenía una lectura industrial fascinante. Zara no solo estuvo en la conversación por Bad Bunny: Stevie Nicks debutó en la Met Gala con un diseño de John Galliano para Zara. La pregunta era inevitable: ¿puede el imperio del fast fashion sentarse a la mesa del museo sin pedir disculpas?
Anna Wintour: la mujer que convierte una cena en geopolítica
Anna Wintour no necesita subir la escalinata para estar en todas partes. La Met Gala es, en gran medida, su gramática: una combinación de moda, celebridad, filantropía, control de imagen y diplomacia cultural. Este año, su presencia como copresidenta junto a Beyoncé, Nicole Kidman y Venus Williams reforzaba la idea de que la Met no es solo una gala benéfica. Es el lugar donde se decide quién pertenece al relato de la moda. Y tal vez por eso Anna sigue siendo la figura más interesante de la noche: no porque lleve el vestido más comentado, sino porque entiende que el verdadero look es la lista de invitados.
La polémica Bezos
Pero ninguna noche de moda está completa sin una sombra perfectamente iluminada. La participación de Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos como patrocinadores principales y honorary chairs convirtió la gala en algo más incómodo que una mala prueba de vestuario. El Met los anunció como patrocinadores líderes de la gala y de la exposición, y su implicación generó críticas, llamadas al boicot y una conversación internacional sobre la influencia del dinero privado en las instituciones culturales.
Y aquí está el problema; la Met Gala siempre ha sido una fiesta de dinero. La diferencia es que este año el dinero dejó de parecer fondo de armario y se convirtió en protagonista. De pronto, la pregunta ya no era quién iba mejor vestido, sino quién estaba pagando la iluminación.
Las ausencias
En la Met Gala, una ausencia puede tener más estilismo que un vestido. Los nombres de Zendaya y Meryl Streep circularon con fuerza entre las grandes ausentes. The Independent vinculó esas bajas al clima de críticas por la implicación de Bezos y Sánchez Bezos, aunque también recogió que Zendaya se habría tomado un descanso tras varias promociones y que el representante de Streep explicó que la gala “nunca ha sido realmente su escena”. People también informó de que Streep nunca ha asistido a la Met Gala, pese a haber sido invitada durante años.
Y ahí estaba la ironía perfecta: Meryl Streep, convertida otra vez en icono fashion por El diablo viste de Prada 2, ausente de la fiesta más Wintour del planeta. A veces, el mejor asiento es el que queda vacío.
Beyoncé fue mito anatómico. Blake Lively, memoria envuelta en Versace. Bad Bunny, una provocación contra la juventud obligatoria. Anne Hathaway, poesía pictórica. Nicole Kidman, disciplina roja. Marta Ortega, poder silencioso. Y Anna Wintour, como siempre, la editora final de una noche en la que hasta las ausencias parecían haber sido estilizadas.
Y mientras los flashes se apagaban, una pregunta quedó flotando sobre la Quinta Avenida… si la moda es arte, ¿quién decide su precio? Porque en la Met Gala 2026, el vestido era importante. Pero la verdadera obra estaba en mirar quién lo llevaba, quién lo financiaba y quién decidió no aparecer.
Y entonces apareció Marta Ortega junto a Carlos Torretta y eligió un vestido azul noche de satén de Galliano, cubierto por una capa de gasa a juego, con joyería discreta, una cartera metálica y unos Manolo Blahnik. Su estilismo, sobrio, elegante y fiel a su manera de entender la moda, también tenía una lectura industrial fascinante. Zara no solo estuvo en la conversación por Bad Bunny: Stevie Nicks debutó en la Met Gala con un diseño de John Galliano para Zara. La pregunta era inevitable: ¿puede el imperio del fast fashion sentarse a la mesa del museo sin pedir disculpas?
La Met Gala de este año no ha sido una alfombra roja más. Ha sido, o ha querido ser, una gran conversación sobre el cuerpo vestido; es decir, sobre cómo una silueta puede construir autoridad, cómo una prenda puede funcionar como manifiesto y cómo el glamour se convierte en lenguaje. El tema de este año, Costume Art, y el código de vestimenta, Fashion Is Art, invitaban precisamente a entender la moda como arte encarnado, como una forma artística en diálogo directo con la anatomía, la pintura, la escultura y la historia del vestir.
Y así, entre plumas, cristales, egos, patrocinios y algún que otro silencio estratégicamente colocado, Nueva York volvió a demostrar que el primer lunes de mayo es más que una fiesta, es una radiografía de poder.
Oficialmente no hubo una “maestra de ceremonias” al uso, con micrófono y discurso preparado. En la Met Gala, el poder se reparte a través de las copresidentas. Este año fueron Beyoncé, Nicole Kidman, Venus Williams y Anna Wintour El Met también anunció a Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos como honorary chairs, mientras que Anthony Vaccarello y Zoë Kravitz ejercieron como copresidentes del comité anfitrión.
Es decir, Beyoncé ponía el mito, Kidman el cine, Venus el cuerpo atlético convertido en legado, Wintour la institución, Vaccarello el filo Saint Laurent, Zoë Kravitz el cool que no se esfuerza, o que finge no hacerlo, y los Bezos, bueno, los Bezos ponían el dinero. Y ahí empezó parte del problema.
Las mejor vestidas
Después de diez años sin pisar sus escaleras, Beyoncé descendió sobre la Met Gala y apareció con un diseño de Olivier Rousteing que convertía el cuerpo en reliquia, armadura y radiografía sagrada. El vestido, cubierto de cristales y con una lectura esquelética, iba acompañado de una gran capa de plumas y un tocado brillante. Llegó además junto a Jay-Z y Blue Ivy, lo que transformó el momento en algo más que una entrada… fue una escena de sucesión dinástica.
Blake Lively volvió a hacer lo que Blake Lively hace mejor, convertir una alfombra roja en una historia con planteamiento, nudo y bolso joya. Eligió un Atelier Versace de primavera de 2006, con una cola inmensa, tonos pastel y referencias al rococó veneciano del siglo XVIII. En su mano sujetaba un clutch Judith Leiber personalizado con dibujos de sus cuatro hijos.
Y mientras muchos asistentes perseguían la juventud eterna en forma de bótox, brillo y piel tensada, Bad Bunny decidió llegar viejo. Y ahí estuvo la genialidad. Su transformación, con maquillaje que lo convertía en una versión envejecida de sí mismo, bastón incluido, fue uno de los gestos más conceptuales de la noche. El traje negro, con lazada al cuello, venía firmado por Zara, lo que añadió otra capa de lectura: la estrella global, el gigante del retail, la alfombra más elitista del planeta y un cuerpo que se niega a obedecer el mandato de verse joven para siempre.
Anne Hathaway tomó el lema Fashion Is Art casi al pie de la letra, pero con la suficiente inteligencia como para no parecer disfrazada de museo. Su vestido de Michael Kors, pintado a mano por el artista Peter McGough, estaba inspirado en la Ode on a Grecian Urnde John Keats. La prenda incorporaba motivos de palomas, flores y una diosa de la paz, convirtiendo el cuerpo de Hathaway en una superficie pictórica en movimiento.
Nicole Kidman llegó como copresidenta con su Chanel rojo, cubierto de lentejuelas y rematado con plumas en puños y cintura, tenía algo de cabaré aristocrático, algo de diva de cine y algo de mujer que conoce muy bien el efecto de una entrada medida.
Y entonces apareció Marta Ortega junto a Carlos Torretta y eligió un vestido azul noche de satén de Galliano, cubierto por una capa de gasa a juego, con joyería discreta, una cartera metálica y unos Manolo Blahnik. Su estilismo, sobrio, elegante y fiel a su manera de entender la moda, también tenía una lectura industrial fascinante. Zara no solo estuvo en la conversación por Bad Bunny: Stevie Nicks debutó en la Met Gala con un diseño de John Galliano para Zara. La pregunta era inevitable: ¿puede el imperio del fast fashion sentarse a la mesa del museo sin pedir disculpas?
Anna Wintour: la mujer que convierte una cena en geopolítica
Anna Wintour no necesita subir la escalinata para estar en todas partes. La Met Gala es, en gran medida, su gramática: una combinación de moda, celebridad, filantropía, control de imagen y diplomacia cultural. Este año, su presencia como copresidenta junto a Beyoncé, Nicole Kidman y Venus Williams reforzaba la idea de que la Met no es solo una gala benéfica. Es el lugar donde se decide quién pertenece al relato de la moda. Y tal vez por eso Anna sigue siendo la figura más interesante de la noche: no porque lleve el vestido más comentado, sino porque entiende que el verdadero look es la lista de invitados.
La polémica Bezos
Pero ninguna noche de moda está completa sin una sombra perfectamente iluminada. La participación de Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos como patrocinadores principales y honorary chairs convirtió la gala en algo más incómodo que una mala prueba de vestuario. El Met los anunció como patrocinadores líderes de la gala y de la exposición, y su implicación generó críticas, llamadas al boicot y una conversación internacional sobre la influencia del dinero privado en las instituciones culturales.
Y aquí está el problema; la Met Gala siempre ha sido una fiesta de dinero. La diferencia es que este año el dinero dejó de parecer fondo de armario y se convirtió en protagonista. De pronto, la pregunta ya no era quién iba mejor vestido, sino quién estaba pagando la iluminación.
Las ausencias
En la Met Gala, una ausencia puede tener más estilismo que un vestido. Los nombres de Zendaya y Meryl Streep circularon con fuerza entre las grandes ausentes. The Independent vinculó esas bajas al clima de críticas por la implicación de Bezos y Sánchez Bezos, aunque también recogió que Zendaya se habría tomado un descanso tras varias promociones y que el representante de Streep explicó que la gala “nunca ha sido realmente su escena”. People también informó de que Streep nunca ha asistido a la Met Gala, pese a haber sido invitada durante años.
Y ahí estaba la ironía perfecta: Meryl Streep, convertida otra vez en icono fashion por El diablo viste de Prada 2, ausente de la fiesta más Wintour del planeta. A veces, el mejor asiento es el que queda vacío.
Beyoncé fue mito anatómico. Blake Lively, memoria envuelta en Versace. Bad Bunny, una provocación contra la juventud obligatoria. Anne Hathaway, poesía pictórica. Nicole Kidman, disciplina roja. Marta Ortega, poder silencioso. Y Anna Wintour, como siempre, la editora final de una noche en la que hasta las ausencias parecían haber sido estilizadas.
Y mientras los flashes se apagaban, una pregunta quedó flotando sobre la Quinta Avenida… si la moda es arte, ¿quién decide su precio? Porque en la Met Gala 2026, el vestido era importante. Pero la verdadera obra estaba en mirar quién lo llevaba, quién lo financiaba y quién decidió no aparecer.
Anna Wintour: la mujer que convierte una cena en geopolítica
Anna Wintour no necesita subir la escalinata para estar en todas partes. La Met Gala es, en gran medida, su gramática: una combinación de moda, celebridad, filantropía, control de imagen y diplomacia cultural. Este año, su presencia como copresidenta junto a Beyoncé, Nicole Kidman y Venus Williams reforzaba la idea de que la Met no es solo una gala benéfica. Es el lugar donde se decide quién pertenece al relato de la moda. Y tal vez por eso Anna sigue siendo la figura más interesante de la noche: no porque lleve el vestido más comentado, sino porque entiende que el verdadero look es la lista de invitados.
La Met Gala de este año no ha sido una alfombra roja más. Ha sido, o ha querido ser, una gran conversación sobre el cuerpo vestido; es decir, sobre cómo una silueta puede construir autoridad, cómo una prenda puede funcionar como manifiesto y cómo el glamour se convierte en lenguaje. El tema de este año, Costume Art, y el código de vestimenta, Fashion Is Art, invitaban precisamente a entender la moda como arte encarnado, como una forma artística en diálogo directo con la anatomía, la pintura, la escultura y la historia del vestir.
Y así, entre plumas, cristales, egos, patrocinios y algún que otro silencio estratégicamente colocado, Nueva York volvió a demostrar que el primer lunes de mayo es más que una fiesta, es una radiografía de poder.
Oficialmente no hubo una “maestra de ceremonias” al uso, con micrófono y discurso preparado. En la Met Gala, el poder se reparte a través de las copresidentas. Este año fueron Beyoncé, Nicole Kidman, Venus Williams y Anna Wintour El Met también anunció a Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos como honorary chairs, mientras que Anthony Vaccarello y Zoë Kravitz ejercieron como copresidentes del comité anfitrión.
Es decir, Beyoncé ponía el mito, Kidman el cine, Venus el cuerpo atlético convertido en legado, Wintour la institución, Vaccarello el filo Saint Laurent, Zoë Kravitz el cool que no se esfuerza, o que finge no hacerlo, y los Bezos, bueno, los Bezos ponían el dinero. Y ahí empezó parte del problema.
Las mejor vestidas
Después de diez años sin pisar sus escaleras, Beyoncé descendió sobre la Met Gala y apareció con un diseño de Olivier Rousteing que convertía el cuerpo en reliquia, armadura y radiografía sagrada. El vestido, cubierto de cristales y con una lectura esquelética, iba acompañado de una gran capa de plumas y un tocado brillante. Llegó además junto a Jay-Z y Blue Ivy, lo que transformó el momento en algo más que una entrada… fue una escena de sucesión dinástica.
Blake Lively volvió a hacer lo que Blake Lively hace mejor, convertir una alfombra roja en una historia con planteamiento, nudo y bolso joya. Eligió un Atelier Versace de primavera de 2006, con una cola inmensa, tonos pastel y referencias al rococó veneciano del siglo XVIII. En su mano sujetaba un clutch Judith Leiber personalizado con dibujos de sus cuatro hijos.
Y mientras muchos asistentes perseguían la juventud eterna en forma de bótox, brillo y piel tensada, Bad Bunny decidió llegar viejo. Y ahí estuvo la genialidad. Su transformación, con maquillaje que lo convertía en una versión envejecida de sí mismo, bastón incluido, fue uno de los gestos más conceptuales de la noche. El traje negro, con lazada al cuello, venía firmado por Zara, lo que añadió otra capa de lectura: la estrella global, el gigante del retail, la alfombra más elitista del planeta y un cuerpo que se niega a obedecer el mandato de verse joven para siempre.
Anne Hathaway tomó el lema Fashion Is Art casi al pie de la letra, pero con la suficiente inteligencia como para no parecer disfrazada de museo. Su vestido de Michael Kors, pintado a mano por el artista Peter McGough, estaba inspirado en la Ode on a Grecian Urnde John Keats. La prenda incorporaba motivos de palomas, flores y una diosa de la paz, convirtiendo el cuerpo de Hathaway en una superficie pictórica en movimiento.
Nicole Kidman llegó como copresidenta con su Chanel rojo, cubierto de lentejuelas y rematado con plumas en puños y cintura, tenía algo de cabaré aristocrático, algo de diva de cine y algo de mujer que conoce muy bien el efecto de una entrada medida.
Y entonces apareció Marta Ortega junto a Carlos Torretta y eligió un vestido azul noche de satén de Galliano, cubierto por una capa de gasa a juego, con joyería discreta, una cartera metálica y unos Manolo Blahnik. Su estilismo, sobrio, elegante y fiel a su manera de entender la moda, también tenía una lectura industrial fascinante. Zara no solo estuvo en la conversación por Bad Bunny: Stevie Nicks debutó en la Met Gala con un diseño de John Galliano para Zara. La pregunta era inevitable: ¿puede el imperio del fast fashion sentarse a la mesa del museo sin pedir disculpas?
Anna Wintour: la mujer que convierte una cena en geopolítica
Anna Wintour no necesita subir la escalinata para estar en todas partes. La Met Gala es, en gran medida, su gramática: una combinación de moda, celebridad, filantropía, control de imagen y diplomacia cultural. Este año, su presencia como copresidenta junto a Beyoncé, Nicole Kidman y Venus Williams reforzaba la idea de que la Met no es solo una gala benéfica. Es el lugar donde se decide quién pertenece al relato de la moda. Y tal vez por eso Anna sigue siendo la figura más interesante de la noche: no porque lleve el vestido más comentado, sino porque entiende que el verdadero look es la lista de invitados.
La polémica Bezos
Pero ninguna noche de moda está completa sin una sombra perfectamente iluminada. La participación de Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos como patrocinadores principales y honorary chairs convirtió la gala en algo más incómodo que una mala prueba de vestuario. El Met los anunció como patrocinadores líderes de la gala y de la exposición, y su implicación generó críticas, llamadas al boicot y una conversación internacional sobre la influencia del dinero privado en las instituciones culturales.
Y aquí está el problema; la Met Gala siempre ha sido una fiesta de dinero. La diferencia es que este año el dinero dejó de parecer fondo de armario y se convirtió en protagonista. De pronto, la pregunta ya no era quién iba mejor vestido, sino quién estaba pagando la iluminación.
Las ausencias
En la Met Gala, una ausencia puede tener más estilismo que un vestido. Los nombres de Zendaya y Meryl Streep circularon con fuerza entre las grandes ausentes. The Independent vinculó esas bajas al clima de críticas por la implicación de Bezos y Sánchez Bezos, aunque también recogió que Zendaya se habría tomado un descanso tras varias promociones y que el representante de Streep explicó que la gala “nunca ha sido realmente su escena”. People también informó de que Streep nunca ha asistido a la Met Gala, pese a haber sido invitada durante años.
Y ahí estaba la ironía perfecta: Meryl Streep, convertida otra vez en icono fashion por El diablo viste de Prada 2, ausente de la fiesta más Wintour del planeta. A veces, el mejor asiento es el que queda vacío.
Beyoncé fue mito anatómico. Blake Lively, memoria envuelta en Versace. Bad Bunny, una provocación contra la juventud obligatoria. Anne Hathaway, poesía pictórica. Nicole Kidman, disciplina roja. Marta Ortega, poder silencioso. Y Anna Wintour, como siempre, la editora final de una noche en la que hasta las ausencias parecían haber sido estilizadas.
Y mientras los flashes se apagaban, una pregunta quedó flotando sobre la Quinta Avenida… si la moda es arte, ¿quién decide su precio? Porque en la Met Gala 2026, el vestido era importante. Pero la verdadera obra estaba en mirar quién lo llevaba, quién lo financiaba y quién decidió no aparecer.
La Met Gala de este año no ha sido una alfombra roja más. Ha sido, o ha querido ser, una gran conversación sobre el cuerpo vestido; es decir, sobre cómo una silueta puede construir autoridad, cómo una prenda puede funcionar como manifiesto y cómo el glamour se convierte en lenguaje. El tema de este año, Costume Art, y el código de vestimenta, Fashion Is Art, invitaban precisamente a entender la moda como arte encarnado, como una forma artística en diálogo directo con la anatomía, la pintura, la escultura y la historia del vestir.
Y así, entre plumas, cristales, egos, patrocinios y algún que otro silencio estratégicamente colocado, Nueva York volvió a demostrar que el primer lunes de mayo es más que una fiesta, es una radiografía de poder.
Oficialmente no hubo una “maestra de ceremonias” al uso, con micrófono y discurso preparado. En la Met Gala, el poder se reparte a través de las copresidentas. Este año fueron Beyoncé, Nicole Kidman, Venus Williams y Anna Wintour El Met también anunció a Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos como honorary chairs, mientras que Anthony Vaccarello y Zoë Kravitz ejercieron como copresidentes del comité anfitrión.
Es decir, Beyoncé ponía el mito, Kidman el cine, Venus el cuerpo atlético convertido en legado, Wintour la institución, Vaccarello el filo Saint Laurent, Zoë Kravitz el cool que no se esfuerza, o que finge no hacerlo, y los Bezos, bueno, los Bezos ponían el dinero. Y ahí empezó parte del problema.
Las mejor vestidas
Después de diez años sin pisar sus escaleras, Beyoncé descendió sobre la Met Gala y apareció con un diseño de Olivier Rousteing que convertía el cuerpo en reliquia, armadura y radiografía sagrada. El vestido, cubierto de cristales y con una lectura esquelética, iba acompañado de una gran capa de plumas y un tocado brillante. Llegó además junto a Jay-Z y Blue Ivy, lo que transformó el momento en algo más que una entrada… fue una escena de sucesión dinástica.
Blake Lively volvió a hacer lo que Blake Lively hace mejor, convertir una alfombra roja en una historia con planteamiento, nudo y bolso joya. Eligió un Atelier Versace de primavera de 2006, con una cola inmensa, tonos pastel y referencias al rococó veneciano del siglo XVIII. En su mano sujetaba un clutch Judith Leiber personalizado con dibujos de sus cuatro hijos.
Y mientras muchos asistentes perseguían la juventud eterna en forma de bótox, brillo y piel tensada, Bad Bunny decidió llegar viejo. Y ahí estuvo la genialidad. Su transformación, con maquillaje que lo convertía en una versión envejecida de sí mismo, bastón incluido, fue uno de los gestos más conceptuales de la noche. El traje negro, con lazada al cuello, venía firmado por Zara, lo que añadió otra capa de lectura: la estrella global, el gigante del retail, la alfombra más elitista del planeta y un cuerpo que se niega a obedecer el mandato de verse joven para siempre.
Anne Hathaway tomó el lema Fashion Is Art casi al pie de la letra, pero con la suficiente inteligencia como para no parecer disfrazada de museo. Su vestido de Michael Kors, pintado a mano por el artista Peter McGough, estaba inspirado en la Ode on a Grecian Urnde John Keats. La prenda incorporaba motivos de palomas, flores y una diosa de la paz, convirtiendo el cuerpo de Hathaway en una superficie pictórica en movimiento.
Nicole Kidman llegó como copresidenta con su Chanel rojo, cubierto de lentejuelas y rematado con plumas en puños y cintura, tenía algo de cabaré aristocrático, algo de diva de cine y algo de mujer que conoce muy bien el efecto de una entrada medida.
Y entonces apareció Marta Ortega junto a Carlos Torretta y eligió un vestido azul noche de satén de Galliano, cubierto por una capa de gasa a juego, con joyería discreta, una cartera metálica y unos Manolo Blahnik. Su estilismo, sobrio, elegante y fiel a su manera de entender la moda, también tenía una lectura industrial fascinante. Zara no solo estuvo en la conversación por Bad Bunny: Stevie Nicks debutó en la Met Gala con un diseño de John Galliano para Zara. La pregunta era inevitable: ¿puede el imperio del fast fashion sentarse a la mesa del museo sin pedir disculpas?
Anna Wintour: la mujer que convierte una cena en geopolítica
Anna Wintour no necesita subir la escalinata para estar en todas partes. La Met Gala es, en gran medida, su gramática: una combinación de moda, celebridad, filantropía, control de imagen y diplomacia cultural. Este año, su presencia como copresidenta junto a Beyoncé, Nicole Kidman y Venus Williams reforzaba la idea de que la Met no es solo una gala benéfica. Es el lugar donde se decide quién pertenece al relato de la moda. Y tal vez por eso Anna sigue siendo la figura más interesante de la noche: no porque lleve el vestido más comentado, sino porque entiende que el verdadero look es la lista de invitados.
La polémica Bezos
Pero ninguna noche de moda está completa sin una sombra perfectamente iluminada. La participación de Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos como patrocinadores principales y honorary chairs convirtió la gala en algo más incómodo que una mala prueba de vestuario. El Met los anunció como patrocinadores líderes de la gala y de la exposición, y su implicación generó críticas, llamadas al boicot y una conversación internacional sobre la influencia del dinero privado en las instituciones culturales.
Y aquí está el problema; la Met Gala siempre ha sido una fiesta de dinero. La diferencia es que este año el dinero dejó de parecer fondo de armario y se convirtió en protagonista. De pronto, la pregunta ya no era quién iba mejor vestido, sino quién estaba pagando la iluminación.
Las ausencias
En la Met Gala, una ausencia puede tener más estilismo que un vestido. Los nombres de Zendaya y Meryl Streep circularon con fuerza entre las grandes ausentes. The Independent vinculó esas bajas al clima de críticas por la implicación de Bezos y Sánchez Bezos, aunque también recogió que Zendaya se habría tomado un descanso tras varias promociones y que el representante de Streep explicó que la gala “nunca ha sido realmente su escena”. People también informó de que Streep nunca ha asistido a la Met Gala, pese a haber sido invitada durante años.
Y ahí estaba la ironía perfecta: Meryl Streep, convertida otra vez en icono fashion por El diablo viste de Prada 2, ausente de la fiesta más Wintour del planeta. A veces, el mejor asiento es el que queda vacío.
Beyoncé fue mito anatómico. Blake Lively, memoria envuelta en Versace. Bad Bunny, una provocación contra la juventud obligatoria. Anne Hathaway, poesía pictórica. Nicole Kidman, disciplina roja. Marta Ortega, poder silencioso. Y Anna Wintour, como siempre, la editora final de una noche en la que hasta las ausencias parecían haber sido estilizadas.
Y mientras los flashes se apagaban, una pregunta quedó flotando sobre la Quinta Avenida… si la moda es arte, ¿quién decide su precio? Porque en la Met Gala 2026, el vestido era importante. Pero la verdadera obra estaba en mirar quién lo llevaba, quién lo financiaba y quién decidió no aparecer.
La polémica Bezos
Pero ninguna noche de moda está completa sin una sombra perfectamente iluminada. La participación de Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos como patrocinadores principales y honorary chairs convirtió la gala en algo más incómodo que una mala prueba de vestuario. El Met los anunció como patrocinadores líderes de la gala y de la exposición, y su implicación generó críticas, llamadas al boicot y una conversación internacional sobre la influencia del dinero privado en las instituciones culturales.
Y aquí está el problema; la Met Gala siempre ha sido una fiesta de dinero. La diferencia es que este año el dinero dejó de parecer fondo de armario y se convirtió en protagonista. De pronto, la pregunta ya no era quién iba mejor vestido, sino quién estaba pagando la iluminación.
La Met Gala de este año no ha sido una alfombra roja más. Ha sido, o ha querido ser, una gran conversación sobre el cuerpo vestido; es decir, sobre cómo una silueta puede construir autoridad, cómo una prenda puede funcionar como manifiesto y cómo el glamour se convierte en lenguaje. El tema de este año, Costume Art, y el código de vestimenta, Fashion Is Art, invitaban precisamente a entender la moda como arte encarnado, como una forma artística en diálogo directo con la anatomía, la pintura, la escultura y la historia del vestir.
Y así, entre plumas, cristales, egos, patrocinios y algún que otro silencio estratégicamente colocado, Nueva York volvió a demostrar que el primer lunes de mayo es más que una fiesta, es una radiografía de poder.
Oficialmente no hubo una “maestra de ceremonias” al uso, con micrófono y discurso preparado. En la Met Gala, el poder se reparte a través de las copresidentas. Este año fueron Beyoncé, Nicole Kidman, Venus Williams y Anna Wintour El Met también anunció a Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos como honorary chairs, mientras que Anthony Vaccarello y Zoë Kravitz ejercieron como copresidentes del comité anfitrión.
Es decir, Beyoncé ponía el mito, Kidman el cine, Venus el cuerpo atlético convertido en legado, Wintour la institución, Vaccarello el filo Saint Laurent, Zoë Kravitz el cool que no se esfuerza, o que finge no hacerlo, y los Bezos, bueno, los Bezos ponían el dinero. Y ahí empezó parte del problema.
Las mejor vestidas
Después de diez años sin pisar sus escaleras, Beyoncé descendió sobre la Met Gala y apareció con un diseño de Olivier Rousteing que convertía el cuerpo en reliquia, armadura y radiografía sagrada. El vestido, cubierto de cristales y con una lectura esquelética, iba acompañado de una gran capa de plumas y un tocado brillante. Llegó además junto a Jay-Z y Blue Ivy, lo que transformó el momento en algo más que una entrada… fue una escena de sucesión dinástica.
Blake Lively volvió a hacer lo que Blake Lively hace mejor, convertir una alfombra roja en una historia con planteamiento, nudo y bolso joya. Eligió un Atelier Versace de primavera de 2006, con una cola inmensa, tonos pastel y referencias al rococó veneciano del siglo XVIII. En su mano sujetaba un clutch Judith Leiber personalizado con dibujos de sus cuatro hijos.
Y mientras muchos asistentes perseguían la juventud eterna en forma de bótox, brillo y piel tensada, Bad Bunny decidió llegar viejo. Y ahí estuvo la genialidad. Su transformación, con maquillaje que lo convertía en una versión envejecida de sí mismo, bastón incluido, fue uno de los gestos más conceptuales de la noche. El traje negro, con lazada al cuello, venía firmado por Zara, lo que añadió otra capa de lectura: la estrella global, el gigante del retail, la alfombra más elitista del planeta y un cuerpo que se niega a obedecer el mandato de verse joven para siempre.
Anne Hathaway tomó el lema Fashion Is Art casi al pie de la letra, pero con la suficiente inteligencia como para no parecer disfrazada de museo. Su vestido de Michael Kors, pintado a mano por el artista Peter McGough, estaba inspirado en la Ode on a Grecian Urnde John Keats. La prenda incorporaba motivos de palomas, flores y una diosa de la paz, convirtiendo el cuerpo de Hathaway en una superficie pictórica en movimiento.
Nicole Kidman llegó como copresidenta con su Chanel rojo, cubierto de lentejuelas y rematado con plumas en puños y cintura, tenía algo de cabaré aristocrático, algo de diva de cine y algo de mujer que conoce muy bien el efecto de una entrada medida.
Y entonces apareció Marta Ortega junto a Carlos Torretta y eligió un vestido azul noche de satén de Galliano, cubierto por una capa de gasa a juego, con joyería discreta, una cartera metálica y unos Manolo Blahnik. Su estilismo, sobrio, elegante y fiel a su manera de entender la moda, también tenía una lectura industrial fascinante. Zara no solo estuvo en la conversación por Bad Bunny: Stevie Nicks debutó en la Met Gala con un diseño de John Galliano para Zara. La pregunta era inevitable: ¿puede el imperio del fast fashion sentarse a la mesa del museo sin pedir disculpas?
Anna Wintour: la mujer que convierte una cena en geopolítica
Anna Wintour no necesita subir la escalinata para estar en todas partes. La Met Gala es, en gran medida, su gramática: una combinación de moda, celebridad, filantropía, control de imagen y diplomacia cultural. Este año, su presencia como copresidenta junto a Beyoncé, Nicole Kidman y Venus Williams reforzaba la idea de que la Met no es solo una gala benéfica. Es el lugar donde se decide quién pertenece al relato de la moda. Y tal vez por eso Anna sigue siendo la figura más interesante de la noche: no porque lleve el vestido más comentado, sino porque entiende que el verdadero look es la lista de invitados.
La polémica Bezos
Pero ninguna noche de moda está completa sin una sombra perfectamente iluminada. La participación de Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos como patrocinadores principales y honorary chairs convirtió la gala en algo más incómodo que una mala prueba de vestuario. El Met los anunció como patrocinadores líderes de la gala y de la exposición, y su implicación generó críticas, llamadas al boicot y una conversación internacional sobre la influencia del dinero privado en las instituciones culturales.
Y aquí está el problema; la Met Gala siempre ha sido una fiesta de dinero. La diferencia es que este año el dinero dejó de parecer fondo de armario y se convirtió en protagonista. De pronto, la pregunta ya no era quién iba mejor vestido, sino quién estaba pagando la iluminación.
Las ausencias
En la Met Gala, una ausencia puede tener más estilismo que un vestido. Los nombres de Zendaya y Meryl Streep circularon con fuerza entre las grandes ausentes. The Independent vinculó esas bajas al clima de críticas por la implicación de Bezos y Sánchez Bezos, aunque también recogió que Zendaya se habría tomado un descanso tras varias promociones y que el representante de Streep explicó que la gala “nunca ha sido realmente su escena”. People también informó de que Streep nunca ha asistido a la Met Gala, pese a haber sido invitada durante años.
Y ahí estaba la ironía perfecta: Meryl Streep, convertida otra vez en icono fashion por El diablo viste de Prada 2, ausente de la fiesta más Wintour del planeta. A veces, el mejor asiento es el que queda vacío.
Beyoncé fue mito anatómico. Blake Lively, memoria envuelta en Versace. Bad Bunny, una provocación contra la juventud obligatoria. Anne Hathaway, poesía pictórica. Nicole Kidman, disciplina roja. Marta Ortega, poder silencioso. Y Anna Wintour, como siempre, la editora final de una noche en la que hasta las ausencias parecían haber sido estilizadas.
Y mientras los flashes se apagaban, una pregunta quedó flotando sobre la Quinta Avenida… si la moda es arte, ¿quién decide su precio? Porque en la Met Gala 2026, el vestido era importante. Pero la verdadera obra estaba en mirar quién lo llevaba, quién lo financiaba y quién decidió no aparecer.
Las ausencias
En la Met Gala, una ausencia puede tener más estilismo que un vestido. Los nombres de Zendaya y Meryl Streep circularon con fuerza entre las grandes ausentes. The Independent vinculó esas bajas al clima de críticas por la implicación de Bezos y Sánchez Bezos, aunque también recogió que Zendaya se habría tomado un descanso tras varias promociones y que el representante de Streep explicó que la gala “nunca ha sido realmente su escena”. People también informó de que Streep nunca ha asistido a la Met Gala, pese a haber sido invitada durante años.
La Met Gala de este año no ha sido una alfombra roja más. Ha sido, o ha querido ser, una gran conversación sobre el cuerpo vestido; es decir, sobre cómo una silueta puede construir autoridad, cómo una prenda puede funcionar como manifiesto y cómo el glamour se convierte en lenguaje. El tema de este año, Costume Art, y el código de vestimenta, Fashion Is Art, invitaban precisamente a entender la moda como arte encarnado, como una forma artística en diálogo directo con la anatomía, la pintura, la escultura y la historia del vestir.
Y así, entre plumas, cristales, egos, patrocinios y algún que otro silencio estratégicamente colocado, Nueva York volvió a demostrar que el primer lunes de mayo es más que una fiesta, es una radiografía de poder.
Oficialmente no hubo una “maestra de ceremonias” al uso, con micrófono y discurso preparado. En la Met Gala, el poder se reparte a través de las copresidentas. Este año fueron Beyoncé, Nicole Kidman, Venus Williams y Anna Wintour El Met también anunció a Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos como honorary chairs, mientras que Anthony Vaccarello y Zoë Kravitz ejercieron como copresidentes del comité anfitrión.
Es decir, Beyoncé ponía el mito, Kidman el cine, Venus el cuerpo atlético convertido en legado, Wintour la institución, Vaccarello el filo Saint Laurent, Zoë Kravitz el cool que no se esfuerza, o que finge no hacerlo, y los Bezos, bueno, los Bezos ponían el dinero. Y ahí empezó parte del problema.
Las mejor vestidas
Después de diez años sin pisar sus escaleras, Beyoncé descendió sobre la Met Gala y apareció con un diseño de Olivier Rousteing que convertía el cuerpo en reliquia, armadura y radiografía sagrada. El vestido, cubierto de cristales y con una lectura esquelética, iba acompañado de una gran capa de plumas y un tocado brillante. Llegó además junto a Jay-Z y Blue Ivy, lo que transformó el momento en algo más que una entrada… fue una escena de sucesión dinástica.
Blake Lively volvió a hacer lo que Blake Lively hace mejor, convertir una alfombra roja en una historia con planteamiento, nudo y bolso joya. Eligió un Atelier Versace de primavera de 2006, con una cola inmensa, tonos pastel y referencias al rococó veneciano del siglo XVIII. En su mano sujetaba un clutch Judith Leiber personalizado con dibujos de sus cuatro hijos.
Y mientras muchos asistentes perseguían la juventud eterna en forma de bótox, brillo y piel tensada, Bad Bunny decidió llegar viejo. Y ahí estuvo la genialidad. Su transformación, con maquillaje que lo convertía en una versión envejecida de sí mismo, bastón incluido, fue uno de los gestos más conceptuales de la noche. El traje negro, con lazada al cuello, venía firmado por Zara, lo que añadió otra capa de lectura: la estrella global, el gigante del retail, la alfombra más elitista del planeta y un cuerpo que se niega a obedecer el mandato de verse joven para siempre.
Anne Hathaway tomó el lema Fashion Is Art casi al pie de la letra, pero con la suficiente inteligencia como para no parecer disfrazada de museo. Su vestido de Michael Kors, pintado a mano por el artista Peter McGough, estaba inspirado en la Ode on a Grecian Urnde John Keats. La prenda incorporaba motivos de palomas, flores y una diosa de la paz, convirtiendo el cuerpo de Hathaway en una superficie pictórica en movimiento.
Nicole Kidman llegó como copresidenta con su Chanel rojo, cubierto de lentejuelas y rematado con plumas en puños y cintura, tenía algo de cabaré aristocrático, algo de diva de cine y algo de mujer que conoce muy bien el efecto de una entrada medida.
Y entonces apareció Marta Ortega junto a Carlos Torretta y eligió un vestido azul noche de satén de Galliano, cubierto por una capa de gasa a juego, con joyería discreta, una cartera metálica y unos Manolo Blahnik. Su estilismo, sobrio, elegante y fiel a su manera de entender la moda, también tenía una lectura industrial fascinante. Zara no solo estuvo en la conversación por Bad Bunny: Stevie Nicks debutó en la Met Gala con un diseño de John Galliano para Zara. La pregunta era inevitable: ¿puede el imperio del fast fashion sentarse a la mesa del museo sin pedir disculpas?
Anna Wintour: la mujer que convierte una cena en geopolítica
Anna Wintour no necesita subir la escalinata para estar en todas partes. La Met Gala es, en gran medida, su gramática: una combinación de moda, celebridad, filantropía, control de imagen y diplomacia cultural. Este año, su presencia como copresidenta junto a Beyoncé, Nicole Kidman y Venus Williams reforzaba la idea de que la Met no es solo una gala benéfica. Es el lugar donde se decide quién pertenece al relato de la moda. Y tal vez por eso Anna sigue siendo la figura más interesante de la noche: no porque lleve el vestido más comentado, sino porque entiende que el verdadero look es la lista de invitados.
La polémica Bezos
Pero ninguna noche de moda está completa sin una sombra perfectamente iluminada. La participación de Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos como patrocinadores principales y honorary chairs convirtió la gala en algo más incómodo que una mala prueba de vestuario. El Met los anunció como patrocinadores líderes de la gala y de la exposición, y su implicación generó críticas, llamadas al boicot y una conversación internacional sobre la influencia del dinero privado en las instituciones culturales.
Y aquí está el problema; la Met Gala siempre ha sido una fiesta de dinero. La diferencia es que este año el dinero dejó de parecer fondo de armario y se convirtió en protagonista. De pronto, la pregunta ya no era quién iba mejor vestido, sino quién estaba pagando la iluminación.
Las ausencias
En la Met Gala, una ausencia puede tener más estilismo que un vestido. Los nombres de Zendaya y Meryl Streep circularon con fuerza entre las grandes ausentes. The Independent vinculó esas bajas al clima de críticas por la implicación de Bezos y Sánchez Bezos, aunque también recogió que Zendaya se habría tomado un descanso tras varias promociones y que el representante de Streep explicó que la gala “nunca ha sido realmente su escena”. People también informó de que Streep nunca ha asistido a la Met Gala, pese a haber sido invitada durante años.
Y ahí estaba la ironía perfecta: Meryl Streep, convertida otra vez en icono fashion por El diablo viste de Prada 2, ausente de la fiesta más Wintour del planeta. A veces, el mejor asiento es el que queda vacío.
Beyoncé fue mito anatómico. Blake Lively, memoria envuelta en Versace. Bad Bunny, una provocación contra la juventud obligatoria. Anne Hathaway, poesía pictórica. Nicole Kidman, disciplina roja. Marta Ortega, poder silencioso. Y Anna Wintour, como siempre, la editora final de una noche en la que hasta las ausencias parecían haber sido estilizadas.
Y mientras los flashes se apagaban, una pregunta quedó flotando sobre la Quinta Avenida… si la moda es arte, ¿quién decide su precio? Porque en la Met Gala 2026, el vestido era importante. Pero la verdadera obra estaba en mirar quién lo llevaba, quién lo financiaba y quién decidió no aparecer.
Y ahí estaba la ironía perfecta: Meryl Streep, convertida otra vez en icono fashion por El diablo viste de Prada 2, ausente de la fiesta más Wintour del planeta. A veces, el mejor asiento es el que queda vacío.
Beyoncé fue mito anatómico. Blake Lively, memoria envuelta en Versace. Bad Bunny, una provocación contra la juventud obligatoria. Anne Hathaway, poesía pictórica. Nicole Kidman, disciplina roja. Marta Ortega, poder silencioso. Y Anna Wintour, como siempre, la editora final de una noche en la que hasta las ausencias parecían haber sido estilizadas.
La Met Gala de este año no ha sido una alfombra roja más. Ha sido, o ha querido ser, una gran conversación sobre el cuerpo vestido; es decir, sobre cómo una silueta puede construir autoridad, cómo una prenda puede funcionar como manifiesto y cómo el glamour se convierte en lenguaje. El tema de este año, Costume Art, y el código de vestimenta, Fashion Is Art, invitaban precisamente a entender la moda como arte encarnado, como una forma artística en diálogo directo con la anatomía, la pintura, la escultura y la historia del vestir.
Y así, entre plumas, cristales, egos, patrocinios y algún que otro silencio estratégicamente colocado, Nueva York volvió a demostrar que el primer lunes de mayo es más que una fiesta, es una radiografía de poder.
Oficialmente no hubo una “maestra de ceremonias” al uso, con micrófono y discurso preparado. En la Met Gala, el poder se reparte a través de las copresidentas. Este año fueron Beyoncé, Nicole Kidman, Venus Williams y Anna Wintour El Met también anunció a Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos como honorary chairs, mientras que Anthony Vaccarello y Zoë Kravitz ejercieron como copresidentes del comité anfitrión.
Es decir, Beyoncé ponía el mito, Kidman el cine, Venus el cuerpo atlético convertido en legado, Wintour la institución, Vaccarello el filo Saint Laurent, Zoë Kravitz el cool que no se esfuerza, o que finge no hacerlo, y los Bezos, bueno, los Bezos ponían el dinero. Y ahí empezó parte del problema.
Las mejor vestidas
Después de diez años sin pisar sus escaleras, Beyoncé descendió sobre la Met Gala y apareció con un diseño de Olivier Rousteing que convertía el cuerpo en reliquia, armadura y radiografía sagrada. El vestido, cubierto de cristales y con una lectura esquelética, iba acompañado de una gran capa de plumas y un tocado brillante. Llegó además junto a Jay-Z y Blue Ivy, lo que transformó el momento en algo más que una entrada… fue una escena de sucesión dinástica.
Blake Lively volvió a hacer lo que Blake Lively hace mejor, convertir una alfombra roja en una historia con planteamiento, nudo y bolso joya. Eligió un Atelier Versace de primavera de 2006, con una cola inmensa, tonos pastel y referencias al rococó veneciano del siglo XVIII. En su mano sujetaba un clutch Judith Leiber personalizado con dibujos de sus cuatro hijos.
Y mientras muchos asistentes perseguían la juventud eterna en forma de bótox, brillo y piel tensada, Bad Bunny decidió llegar viejo. Y ahí estuvo la genialidad. Su transformación, con maquillaje que lo convertía en una versión envejecida de sí mismo, bastón incluido, fue uno de los gestos más conceptuales de la noche. El traje negro, con lazada al cuello, venía firmado por Zara, lo que añadió otra capa de lectura: la estrella global, el gigante del retail, la alfombra más elitista del planeta y un cuerpo que se niega a obedecer el mandato de verse joven para siempre.
Anne Hathaway tomó el lema Fashion Is Art casi al pie de la letra, pero con la suficiente inteligencia como para no parecer disfrazada de museo. Su vestido de Michael Kors, pintado a mano por el artista Peter McGough, estaba inspirado en la Ode on a Grecian Urnde John Keats. La prenda incorporaba motivos de palomas, flores y una diosa de la paz, convirtiendo el cuerpo de Hathaway en una superficie pictórica en movimiento.
Nicole Kidman llegó como copresidenta con su Chanel rojo, cubierto de lentejuelas y rematado con plumas en puños y cintura, tenía algo de cabaré aristocrático, algo de diva de cine y algo de mujer que conoce muy bien el efecto de una entrada medida.
Y entonces apareció Marta Ortega junto a Carlos Torretta y eligió un vestido azul noche de satén de Galliano, cubierto por una capa de gasa a juego, con joyería discreta, una cartera metálica y unos Manolo Blahnik. Su estilismo, sobrio, elegante y fiel a su manera de entender la moda, también tenía una lectura industrial fascinante. Zara no solo estuvo en la conversación por Bad Bunny: Stevie Nicks debutó en la Met Gala con un diseño de John Galliano para Zara. La pregunta era inevitable: ¿puede el imperio del fast fashion sentarse a la mesa del museo sin pedir disculpas?
Anna Wintour: la mujer que convierte una cena en geopolítica
Anna Wintour no necesita subir la escalinata para estar en todas partes. La Met Gala es, en gran medida, su gramática: una combinación de moda, celebridad, filantropía, control de imagen y diplomacia cultural. Este año, su presencia como copresidenta junto a Beyoncé, Nicole Kidman y Venus Williams reforzaba la idea de que la Met no es solo una gala benéfica. Es el lugar donde se decide quién pertenece al relato de la moda. Y tal vez por eso Anna sigue siendo la figura más interesante de la noche: no porque lleve el vestido más comentado, sino porque entiende que el verdadero look es la lista de invitados.
La polémica Bezos
Pero ninguna noche de moda está completa sin una sombra perfectamente iluminada. La participación de Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos como patrocinadores principales y honorary chairs convirtió la gala en algo más incómodo que una mala prueba de vestuario. El Met los anunció como patrocinadores líderes de la gala y de la exposición, y su implicación generó críticas, llamadas al boicot y una conversación internacional sobre la influencia del dinero privado en las instituciones culturales.
Y aquí está el problema; la Met Gala siempre ha sido una fiesta de dinero. La diferencia es que este año el dinero dejó de parecer fondo de armario y se convirtió en protagonista. De pronto, la pregunta ya no era quién iba mejor vestido, sino quién estaba pagando la iluminación.
Las ausencias
En la Met Gala, una ausencia puede tener más estilismo que un vestido. Los nombres de Zendaya y Meryl Streep circularon con fuerza entre las grandes ausentes. The Independent vinculó esas bajas al clima de críticas por la implicación de Bezos y Sánchez Bezos, aunque también recogió que Zendaya se habría tomado un descanso tras varias promociones y que el representante de Streep explicó que la gala “nunca ha sido realmente su escena”. People también informó de que Streep nunca ha asistido a la Met Gala, pese a haber sido invitada durante años.
Y ahí estaba la ironía perfecta: Meryl Streep, convertida otra vez en icono fashion por El diablo viste de Prada 2, ausente de la fiesta más Wintour del planeta. A veces, el mejor asiento es el que queda vacío.
Beyoncé fue mito anatómico. Blake Lively, memoria envuelta en Versace. Bad Bunny, una provocación contra la juventud obligatoria. Anne Hathaway, poesía pictórica. Nicole Kidman, disciplina roja. Marta Ortega, poder silencioso. Y Anna Wintour, como siempre, la editora final de una noche en la que hasta las ausencias parecían haber sido estilizadas.
Y mientras los flashes se apagaban, una pregunta quedó flotando sobre la Quinta Avenida… si la moda es arte, ¿quién decide su precio? Porque en la Met Gala 2026, el vestido era importante. Pero la verdadera obra estaba en mirar quién lo llevaba, quién lo financiaba y quién decidió no aparecer.
Y mientras los flashes se apagaban, una pregunta quedó flotando sobre la Quinta Avenida… si la moda es arte, ¿quién decide su precio? Porque en la Met Gala 2026, el vestido era importante. Pero la verdadera obra estaba en mirar quién lo llevaba, quién lo financiaba y quién decidió no aparecer.
