“No me diga nada, abogado fracasado. Ni siquiera es abogado”. La fiscal general de Estados Unidos, Pam Bondi, gritaba. El destinatario de su furia, que respondió en el mismo tono, era Jamie Raskin, demócrata por Maryland, miembro de mayor rango del Comité Judicial de la Cámara de Representantes, graduado en Harvard y antiguo profesor de Derecho Constitucional. Lo que debía ser una audiencia rutinaria de supervisión del poder ejecutivo degeneró en un combate cuerpo a cuerpo. “Usted es tan buen abogado hoy como cuando intentó destituir al presidente Trump”, espetó a Dan Goldman. “Se le acabó el tiempo”, ordenó a Hank Johnson.
En el Capitolio de la polarización permanente, el espectáculo es parte del guion. Pero con Pam Bondi el espectáculo adquiere una intensidad singular. Olvidada la cortesía institucional o el amago de terreno común, la pelea es constante. La máxima responsable del Departamento de Justicia comparece siempre como la discípula más fervorosa de Donald Trump, olvidando su papel de ejecutor independiente del Estado de derecho.
Su libreto es ya reconocible. Empezó con el Y tú más ante preguntas incómodas, luego Bondi contraatacó interrogando a los demócratas sobre sí exigieron lo mismo a su predecesor, Merrick Garland. Continuó con ataques personalizados. Raskin la acusó de llevar un “libro de quemados”, un dossier con pestañas que le permitía pasar rápidamente al nombre del congresista de turno y citar delitos cometidos en su distrito. Después llegó la indignación. Cuando Mary Gay Scanlon le pidió una lista de organizaciones designadas como terroristas domésticas, respondió con desdén: “Usted no entiende nada de seguridad pública”. “Gracias por el insulto”, replicó la congresista. El demócrata por Florida Jared Moskowitz llegó a retarla a que leyera la investigación de oposición que su equipo había preparado contra él.
Bondi repartió también a los republicanos. Cuando Thomas Massie, libertario y azote habitual del liderazgo de su partido, la presionó por la publicación de los archivos relacionados con Jeffrey Epstein, Bondi lo llamó “político fracasado” afectado por el “síndrome de trastorno por Trump”. Lo acusó además de hipocresía por haber votado contra una ley para prohibir la pornografía de venganza generada con inteligencia artificial. En la era del agravio permanente, la fiscal general opta por la ofensiva total con un lenguaje que recuerda al utilizado en las sectas.
La sesión estuvo dominada por las preguntas sobre la gestión de los documentos del caso Epstein. Se la criticó por tachaduras excesivas, por la exposición de identidades de las víctimas y por la retirada posterior de miles de páginas. Varios supervivientes asistieron con camisetas blancas en las que podía leerse: “La verdad es…los supervivientes de Epstein siguen esperando”.
Cuando la congresista Pramila Jayapal le pidió que se disculpara ante las víctimas por el manejo de los archivos, Bondi intentó desviar la respuesta hacia Garland. “Le he hecho una pregunta concreta”, insistió Jayapal. “Voy a entrar en el barro por su teatralidad”, zanjó la fiscal general. Más tarde, ante Jerry Nadler, habló de “teatralidad” de nuevo. “Esto no es un circo”, aseguró a Zoe Lofgren. Su frase, en ese contexto, era pura ironía.

Las críticas no se limitan a las formas. Bondi ha generado controversia por afirmar que el Departamento de Justicia “perseguirá” el llamado discurso de odio. Expertos constitucionales han advertido de que esa retórica difumina la frontera entre violencia criminal y la ley de expresión protegida por la Primera Enmienda. Sus detractores la describen como una seguidora acrítica de Trump, más preocupada por exigir disculpas a Trump que por centrar el foco en las víctimas. El senador Dick Durbin, número dos demócrata en la Cámara Alta, le dijo: “su principal cualificación es la lealtad”.
En Washington se ha vuelto habitual que la ira cotice al alza. Las audiencias son combustible para las redes sociales; el clip viral vale tanto como una enmienda aprobada. Pero en el caso de Bondi hay algo más que cálculo mediático. Hay una transformación. Quienes la conocieron como fiscal general de Florida recuerdan a una política pragmática, de trato afable, apodada Pambi. Ella misma contó que de joven quiso ser pediatra y que no soñaba con la política. Con el tiempo ganó dos elecciones estatales y se convirtió en figura ascendente del Partido Republicano. Durante el primer mandato de Trump aspiró, según confesó, a ser embajadora en Italia. Ahora ocupa uno de los cargos más poderosos del país en un ecosistema donde la moderación se interpreta como debilidad.
Trump ha dejado claro qué espera lealtad de su fiscal general. De hecho, calificó de “sensacional” la aparición de Bondi en el Congreso. El presidente estadounidense despidió a su primer titular, Jeff Sessions, cuando se recusó en la investigación rusa. Se distanció de su sucesor cuando este se negó a secundar sus tesis sobre el fraude electoral de 2020. En la transición hacia su nuevo mandato, el equipo del presidente sometió a aspirantes a pruebas ideológicas sobre el 6 de enero y la legitimidad electoral. Bondi superó ese examen. Fue abogada personal de Trump, defendió públicamente sus denuncias sobre Pensilvania y ha abogado por investigar a fiscales y agentes que, a su juicio, actuaron con sesgo político.
Ese alineamiento tiene un precio. El Departamento de Justicia ha cultivado durante décadas una imagen de autonomía respecto a la Casa Blanca. La identificación plena con el presidente erosiona esa tradición. Cuando, en plena audiencia, Bondi enumeró cifras bursátiles. “El Dow por encima de 50.000, el S&P cerca de 7.000”, y afirmó que eso era de lo que debería hablarse, la escena ilustró la fusión entre agenda política y función institucional. También pidió a los demócratas que se disculparan por haber intentado destituir a Trump. “No voy a permitir que lo ataquen”, dijo. La fiscal general se convirtió en ese momento en el perfecto escudero de su líder.

Sin embargo, en el universo simbólico del trumpismo la lealtad puede no ser suficiente. Trump aprecia la combatividad, pero ha mostrado incomodidad ante mujeres que encarnan la ira en exceso. El paralelismo con la comparecencia airada de Brett Kavanaugh en su audiencia de confirmación resulta revelador. La indignación masculina fue reinterpretada por sus aliados como prueba de carácter. La femenina, en cambio, suele leerse como descontrol. En una administración obsesionada con la imagen, la percepción importa tanto como el fondo. Una fiscal general que pierde los nervios ante preguntas sobre un caso de explotación sexual masiva puede proyectar sensacionalismo donde pretendía exhibir firmeza.
La pregunta es si Bondi ha cambiado o si el entorno la ha cambiado. El ecosistema político estadounidense premia hoy el enfrentamiento. Las bases electorales demandan púgiles culturales. En ese contexto, la antigua Pambi se ha convertido en la mujer enfadada. Tal vez porque entiende que la supervivencia en la corte de Trump es una evaluación continua, con el mando a distancia en manos del presidente. En esta secta, la única defensa es el ataque.
Las audiencias del Congreso ya no son meros ejercicios de control parlamentario; son episodios de un reality en directo. Bondi ha decidido interpretar su papel sin guantes. Falta saber si, en la lógica voluble del poder trumpiano, esa interpretación la consolidará dentro de la corte de Mar-a-Lago. En el Washington de hoy, la ira parece rentable.
