La primera entrevista de María Costanza Cipriani para un medio impreso fue para Artículo14. Una televisión española se nos adelantó por unas horas, cuando en Caracas marcaban las 2 de la madrugada. Era el 28 de agosto de 2024. El día anterior, su marido, Perkins Rocha, abogado de María Corina Machado, había sido detenido al salir de una farmacia en Caracas.
Aquel día, María Costanza, también abogada, tenía 61 años y una total inexperiencia en el uso de teléfonos móviles para atender a la prensa y grabar mensajes públicos. Hoy es una experta. Ya estaba especializada en libertad de expresión y derecho a la información por la Universidad Católica Andrés Bello, de modo que terminó siendo una portavoz natural en los asuntos sobre los que, en los últimos meses, ha sido consultada sin tregua. En aquella primera entrevista envió un mensaje a su esposo: “Si esto le llega por alguna vía, quiero que sepa que no está solo. Y que sepa que soy su voz”. Y cumplió.
Ni familiares ni su abogado
Al día siguiente de ese estreno forzado, en la madrugada del jueves 29 de agosto, Perkins Rocha fue imputado en audiencia clandestina por cinco delitos: terrorismo, traición a la patria, conspiración, asociación para delinquir e instigación al odio. Ni su familia ni su abogado pudieron verlo. Le impusieron un defensor público y lo enviaron a El Helicoide, en Caracas, como sitio de reclusión. Allí permaneció hasta la tarde del domingo 8 de febrero de 2026.
-A la primera defensora pública que le asignaron la vio una sola vez, el día de la imputación —precisa Cipriani—; y al segundo, a quien tampoco conocía, lo vio en una audiencia telemática. De manera que Perkins “contó con defensor público” solo en dos ocasiones. Yo lo vi seis veces en más de un año y medio de prisión; la primera, catorce meses y once días después de su detención, en octubre de 2025.

“Perkins pasó por varias celdas. La primera era como un pasillo con dos literas, pero eran cinco presos, de manera que uno dormía en el suelo, entre las camas. En un rincón había una bomba de agua que se activaba cada vez que se bajaba el wáter o se abría el lavamanos. Era imposible dormir así. Además, el lugar estaba espantosamente sucio, lleno de cucarachas y otros insectos. Luego fue trasladado a otras celdas hasta llegar a una con luz natural y una pequeña ventana desde donde veía los alrededores del Helicoide. La última era muy grande y había mucha gente; con el tiempo fueron saliendo y al final quedaron cuatro”.
El encargado del grillete
Ese mismo domingo de la excarcelación, cuando los esposos apenas llevaban un par de horas de reencuentro, “llegó un funcionario de la PNB a ponerle el grillete en el tobillo, una imposición que no figura en la orden de excarcelación. Cada tres horas Perkins tiene que abrir la puerta del apartamento e invitar a los oficiales apostados afuera para que fotografíen el dispositivo y comprueben que está operativo, que no ha sido manipulado. El lunes en la noche, pasadas las diez, nos visitó una comisión para reiterar que ese ritual debía repetirse cada tres horas. Les pregunté si, entonces, no íbamos a dormir más nunca. Me dijeron que consultarían si podían eximirnos de la revisión de madrugada. Desde luego, no puede quitárselo ni para bañarse, aunque tiene prohibido sumergirlo. Debe ser fastidioso; es pesado”.
A una semana de la excarcelación, Perkins Rocha no ha podido ver a su médico. “No ha sido posible porque, como tiene arresto domiciliario, no sabemos cuál es el mecanismo para solicitar autorización y trasladarlo. Urge que lo evalúe un internista; me ha dicho que siente dolores en la cabeza del fémur. Y también debe ir al odontólogo”.
A pesar de todo, María Costanza Cipriani lo ve “muy ubicado”, incluso relajado. “Parece que no hubiera transcurrido tanto tiempo, ni en condiciones tan duras. Da la impresión de que regresara de un viaje; con las mismas manías. En algún momento me dijo que había aprendido el valor del silencio, pero desde que volvió hay mucho ruido en el apartamento: enciende muchas cosas a la vez. Fuera de bromas, lo siento igual, el mismo hombre aplomado de siempre. Hemos tenido poco tiempo para digerir todo esto. Quizás más adelante afloren conductas o actitudes que antes no tenía; por ahora es como volver de un viaje y estar juntos otra vez. No guarda rencor. Perkins nunca ha sido rencoroso y esta experiencia no lo cambió. La rencorosa soy yo. Él no. Su trabajo personal dentro del Helicoide fue no convertirse en aquello que adversa”.
Cómo agradecer a la diáspora tanta solidaridad
Al pedirle un balance de quiénes estuvieron a la altura y quiénes la sorprendieron, María Costanza advierte que en Venezuela hay mucho miedo.
—Y aunque estoy segura de que muchísima gente estaba pendiente de él, yo me convertí en una persona radioactiva —dice—. La gente tenía miedo de escribirme, de saludarme; muchos se salieron de chats donde yo estaba. Lo entiendo. A estas alturas no me interesa, porque nunca me sentí sola. Cada día de estos larguísimos meses hubo personas que hicieron cosas por mí, que me acompañaron y me consolaron. De muchos no podía esperar menos; otros me sorprendieron por su generosidad. Casi todos nuestros amigos estuvieron a la altura; otros no tanto. Me quedo con el vaso medio lleno.

“La diáspora fue un descubrimiento. Jamás pensé que alguien con quien nunca había intercambiado palabra pudiera decirme cosas tan bellas en cada post. Fue un bálsamo, por su empatía y porque, al estar fuera de Venezuela, escriben sin miedo. No tengo cómo agradecer tanta solidaridad”.
Preso en su casa, con policías en la puerta y un dispositivo de vigilancia remoto en el tobillo, sin poder hacer pronunciamientos públicos ni saber cuándo podrá acudir al médico, Perkins Rocha tiene, según su esposa, “muchas expectativas sobre Venezuela y ganas de volver a trabajar por lo que siempre ha soñado: un país de libertades, oportunidades, Estado de derecho y justicia”.
