Opinión

Hermanos de tinta

Cristina López Barrios
Actualizado: h
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Empezamos juntos en esto de publicar novelas en una gran editorial. Era nuestro bautismo literario, el salto al vacío con la primera de ellas. Luego la vida nos perdió a cada uno por distintos caminos, en esa ciudad que a veces parece gigantesca y otras, no más que un barrio. Una ciudad que ofrece encuentros inesperados o separa a las personas durante años, como si cada uno se perdiera en su propio laberinto.

Solo volvimos a cruzarnos una única vez, ya no recuerdo ni en qué sarao relacionado con las letras. Se me fue de la memoria. Un intercambio de teléfonos, un tenemos que vernos, un recordar cómo nos conocimos, aquella fiesta, un momento para los dos inolvidable, las risas, las fotos, la locura, la ilusión. Y luego, de nuevo los años, los años que caen como las hojas en otoño, que se desprenden sin que nos demos cuenta, sin dolor, frágiles; y luego, un día de agosto en los que parece que no puede pasar nada más que la pereza del calor, vivir a ralentí, entonces ¡zas! como un zarpazo, un mensaje de una amiga con la noticia de tu muerte. ¿Pero, cómo? ¿Cuándo? Estas preguntas estúpidas que se hace uno para darte tiempo a hacerte a la idea, a recomponerte, a racionalizar un vértigo, un agujero que se te abre en medio del estómago y se expande; ya está, ¿así? Preguntas que más que una respuesta, solo buscan tomar un poco de aire.

Soportar esa certeza de que ya no estarás, de que no volveré a encontrarte en ningún sarao de letras como aquel donde nos conocimos. Corría el año 2010, el mes era junio. Una fiesta celebrada por el gran grupo editorial donde nos estrenábamos como autores. Los dos juntos. Compartiendo editor, fecha de salida de libros. Los dos novatos. Los dos unidos por ese destino que luego no seguimos compartiendo. ¿Cómo era aquello que me decías aquella noche? ¿Aquello que celebramos sin fin, por lo que brindamos sin tregua? Sí, estábamos hermanados por ese bautismo, por esa salida conjunta, por ese salto al mundo de las letras cogidos de la mano. Éramos como hermanos de tinta, lo fuimos ese año. Pero, además, nos unía también un amor común. ¿Por qué existen estas casualidades? Estoy en la casa de vacaciones de mis padres, justo donde guardo tu libro que busco en la estantería. Lo hallo ya con las hojas amarillas, a medio leer, y me arrepiento. Tenías una prosa única, lúcida, sabia y desternillante. Pues ese amor común no era otro que Gabo, Gabriel García Márquez, que en aquel 2010 nuestro, aún vivía y, por si fuera poco, publicaba en el mismo grupo editorial que nosotros. Por eso hablamos con nuestro editor y le rogamos: si Él pudiera firmarnos un autógrafo en la distancia. Allí en su Colombia natal y que volara después hasta nosotros. No pudo ser. No pudieron ser tantas cosas después de conocernos. Ese volver a vernos que una espera, mientras pasan los años. Qué engañosa es esa frase, ese: “a ver si quedamos y nos ponemos al día”, de toda una vida si nos descuidamos. Creemos que siempre hay tiempo, que aún es pronto, que nada pasará más que el carrusel de lo cotidiano. Adiós, Javi Cid. Me quedo con esa noche donde fuimos hermanos de tinta. Con esas risas, esos brindis y esas fotos testigos de nuestra fugaz historia. Pero tú, en una sola noche, en un encuentro que puede parecer tan breve, dejabas huella para siempre.

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