Opinión

La culpa no es sólo de las escuelas

Varios niños escalan en el rocódromo del patio del colegio público Nicolas de las Peñas de Murcia, este martes primer día de clase tras las vacaciones de verano.
Varios niños escalan en el rocódromo del patio del colegio público Nicolas de las Peñas de Murcia, este martes primer día de clase tras las vacaciones de verano.
EFE/Marcial Guillén
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Quizá el informe PISA sea la más catastrófica de todas las noticias de esta semana, sólo seguida –bien de cerca, eso sí– por las palabras virales de un trabajador de Anthropic, la empresa responsable del modelo de lenguaje extensivo, o sea, de la inteligencia artificial, Claude: que hay un 10% de probabilidad de que la IA nos extermine a todos en los próximos años y que ninguna de las empresas de IA está haciendo lo suficiente para evitarlo. Bueno, bien. Pero ese fin del mundo aún nos queda más lejos que el fin del mundo pequeño, común, cotidiano, que vemos muchos más días, y que tiene que ver con lo otro: dinámicas de idiotización general, un desplome global del rendimiento en nuestras evaluaciones. Los dos hechos van a la vez: los seres humanos ofrecemos peores resultados que nunca, las inteligencias artificiales superan con cada modelo sus propias métricas.

No sé a quién le sorprende. Verso España acaba de publicar la traducción de un estupendo libro de Anna Kornbluh, investigadora y catedrática estadounidense, titulado “La inmediatez o el estilo del capitalismo demasiado avanzado”. Tiene cosas criticables, pero me parece una aportación muy valiosa en su conjunto para señalar cómo se está transformando la cultura contemporánea, a qué aspira ahora. A la inmediatez le sigue lo que otras autoras, como Namwali Serpell, han denominado como nuevo literalismo. O sea: todo literal. Como dijo un jefazo de Netflix en el podcast de Joe Rogan, hay que escribir los guiones para que todo se repita al menos cuatro veces, sobre todo si es relevante para la trama; porque, como el público ahora ve las series mientras mira el móvil, o lo repites todo mucho o no se entera. Si la reacción de los creadores a la idiotización del público es idiotizar sus producciones, si eso buscan las empresas, ¿cómo no vamos a volvernos todos cada día más idiotas?

La culpa de este desplome generalizado no es sólo de las escuelas, ni de las pantallas, ni de las redes sociales, ni de los dispositivos. Pertenezco a una generación para la cual el acceso temprano a Internet supuso en igual medida un manantial inagotable de conocimiento y un camino repetitivo e insistente a la perdición. El problema es que todos los factores conspiran en una suerte de bucle de alimentación cerrado que aniquila la capacidad de atención, y todo esto sin incluir, que a ver qué consecuencias tiene, el momento –está por llegar– en el que nos resulte imposible creer en las imágenes, en las voces o en los videos, pues la mayoría de imágenes, voces o videos estarán falsificadas, serán artificiales. Es el mundo que viene. No hará falta que nos destruya la IA si nos destruimos nosotros mismos.

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