Como saben, dos niños, de 8 y 10 años, murieron y otras 17 personas resultaron heridas este miércoles pasado en un tiroteo en una iglesia de una escuela católica de Minneapolis, Estados Unidos, durante una misa. En las noticias se habló de que el autor era Robin Westman, una mujer joven. Pero resultaba extraño. La última vez que se supo de una tiradora femenina juvenil fue en diciembre de 2024, cuando una adolescente de 15 años, Natalie Rupnow, perpetró un tiroteo en la Abundant Life Christian School en Madison, Wisconsin, matando a dos personas (un estudiante y un profesor) e hiriendo a seis. Un caso inusual, porque las francotiradoras femeninas juveniles son extremadamente raras. Según el Violence Prevention Project, este fue el primer tiroteo masivo escolar perpetrado por una menor de edad en 45 años desde que Brenda Spencer, en 1979, a los 16 años disparase desde su casa hacia una escuela primaria en San Diego matando a dos adultos e hiriendo a nueve personas más.
En Estados Unidos las mujeres representan una minoría muy pequeña de los tiradores en escuelas (4-6%) y una proporción aún menor en tiroteos masivos escolares (menos del 2%). Por lo que respecta a las iglesias, los datos sugieren que casi todos los tiradores han sido hombres (~98%). Pero Robin Westman era realmente un chico. Se identificaba como mujer y había abandonado su nombre original, Robert, para vivir como una “mujer” trans en ropa y pelo largo. Podríamos decir con eso que el tiroteo de masas depende sobre todo de la testosterona. Pero no va a ser tan sencillo, porque en el 2023, en Nashville, otra persona transgénero, Aiden Hale, de 28 años, causó una masacre en la Covenant School de esta ciudad. ¿Cuál es la diferencia? Pues que Hale era nacida mujer, se identificaba como hombre y usaba pronombres masculinos. Casos como estos complican las estadísticas por sexo, pero son raros (menos del 0,1% de los tiroteos masivos). Sería fácil, por lo tanto, reducir estas dos tragedias al transgenerismo. Pero la mayoría de los jóvenes atrapados en esta ideología no son violentos, aunque puedan verse afectados en su salud mental por las distorsiones ideológicas de la realidad con las que les machacan tanto activistas, como legisladores, políticos e, incluso, la propia clase médica.
En este reciente caso de Madison, el tirador dejó un manifiesto plagado de fantasías violentas, odio político y admiración por otros asesinos en masa. El biólogo evolucionista Colin Wright ha escrito sobre él en un artículo titulado Lecciones de la tragedia de Minneapolis. Para Wright, la pseudociencia, las mentiras médicas y los mensajes apocalípticos en torno a la identidad transgénero son grandes desestabilizadores. Y el asesino de la iglesia de Madison estaba profundamente perturbado. En su opinión, la enfermedad mental a veces precede a la adopción de una identidad trans, que puede ser un mecanismo de defensa ante la angustia subyacente más que la causa raíz de la misma. Se desconoce si Robin Westman tomó hormonas cruzadas o se sometió a cirugías. Pero, en lugar de darle paz, la ideología que le inspiraba solo profundizó su dolor y aceleró su crisis. Sus propios escritos revelan el efecto devastador que negar la realidad le causaba: “¡Estoy harto de mi pelo, quiero cortármelo! Estoy harto de ser trans. Ojalá nunca me hubiera lavado el cerebro. No puedo cortarme el pelo ahora, porque sería una derrota vergonzosa y podría ser un cambio de carácter preocupante que podría llevarme a una denuncia”, decía.
Dejemos claro que, en ningún caso, la crítica debe dirigirse a cómo las personas viven su vida, se presentan ante los demás u orientan su sexualidad dentro del marco de la Ley y la convivencia. Pero negar la realidad siempre es profundamente dañino para los individuos y para la sociedad. Debbie Hayton, periodista y profesor de física, es transgénero de hombre a mujer, con una cirugía de “reasignación de género” que se realizó en 2016. En su libro del 2024, Transsexual Apostate: My Journey Back to Reality, sostiene que el sexo biológico es inmutable y que las personas trans no pueden cambiar su sexo. Y no tiene inconveniente en detallar su transición y su posterior rechazo a ciertas ideas del activismo trans mainstream, como la autoidentificación de género y el concepto disparatado de que las mujeres trans son idénticas a las mujeres biológicas. Debbie es una persona valiente, generosa y nada amiga de pseudociencias, que se enfrenta a muchos problemas por decir la verdad. Paro todas las sociedades progresan gracias a insospechados héroes y heroínas. Hay que darles las gracias.