En este estío en el que nos hemos desparramado en la casa de verano familiar, se nos ha ocurrido poner a la chavalada después de las comidas – a eso de las 18 horas, que es cuando se almuerza en el mundo civilizado- un capitulito de Verano Azul. Disrupción a tope. Out of the box. Y ha funcionado. Mi hermana, una de las tres que mis padres me han dado, que es de mucha sapiencia popular -por algo es periodista y de las serias-, me comentó al quinto episodio (creo que era en el que a Bea le venía la regla o en el que a Javi le daban el sornavirón de todos los tiempos) que, visto lo visto, los usos y costumbres no han cambiado demasiado desde 1980, al menos en los veraneos, con la pequeña/gran diferencia del pasotismo ilustrado de unos padres (“¿Alguien sabe dónde está Tito?”) que trasegaban raciones de gambas y vermú mientras sus hijos pegaban la hebra con un pescador jubilado y una pintora que nadie sabe de dónde venía. Me decía, digo, mi hermana, que básicamente era lo mismo que ahora. Asentí en un primero momento, pero después pensé en el maldito monolito. Ese monstruo de aluminio, vidrio y plástico.
En estas vacaciones agosteñas somos bastantes en la casa de verano. Ha habido de todo en esta viña onubense: esposa, hijo, madre, hermanos, hermanas, cuñados amados, ahijados, sobrinos, amigos…incluso algún pasajero del que no sé su nombre, ni su cara, ni su aspecto. Creo que es una niña, por su voz, con la que mi sobrina -que por cierto es un sol- juega todos los días a través de un monolito llamado tablet, tableta o iPad. Ya tú sabes, como dicen ellos. Maldito monolito. En casa hemos hecho de todo; somos costumbristas maximalistas. Hemos ido a la playa, hemos hecho la siesta –una modalidad deportiva para mi cuñado-, hemos ido a Portugal, hemos jugado al ping pong, al tenis y al golf, hemos cocinado fideuás, hemos quemado una mesa haciendo la fideuá, hemos discutido un poco y un mucho, nos hemos dicho lo que nos queremos, hemos llorado al pater y, básicamente, hemos estado juntos y apretados, que es lo que mejor sabemos hacer los españoles: estar juntos. Dile a un inglés que esté junto a otro inglés un verano entero y te insultaría si su cachaza se lo permitiera. El caso es que, en cada uno de esos momentos, ha estado sobrevolándonos una niña sin nombre, a la que yo llamo la- que- juega- con- mi- sobrina. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas vespertinas, la estoy escuchando a través de ese dispositivo del diablo llamado tableta. No sé quién, es, ni de dónde viene, ni su nombre, ni su cara; es una especie de poltergeist adorable, al otro lado del espejo, a la que cada mañana, bajando las legañosas escaleras, escucho desde el salón. Y cuando pongo los colacaos, a veces, en un absurdo retruécano, le preparo uno a ella, a ver si se lo bebe y se le oxida algún conducto androide. Qué cruel: sé que, de alguna manera, ha pasado sus vacaciones con nosotros, una más en la familia. El noveno pasajero.
Sigo pensando que una de las mejores cosas que hemos hecho durante este verano es mostrar a nuestros hijos, descubrirles más bien, Verano Azul, meterles el hiper costumbrismo en vena, más presente que un cuadro de Antonio López. Verano azul es una serie, como bien sabes, de Antonio Mercero, del año 1980, que en contra de lo que pueda parecer, solo tuvo una temporada y se estrenó entre el otoño y el invierno del año 1981 y 1982. A nadie se le escapa que marcó una época, sobre todo porque no había nada más que echarse a las retinas. Pero vista más de 40 años después se parece de una manera muy sospechosa a lo que son las vacaciones de ahora. Bendito Mercero y su costumbrismo: qué tío más sabio, joer. Después de tantos años el cordón umbilical sigue más fresco que nunca, generación tras generación. La diferencia son esas tabletas, monolitos del diablo, presentes en cada una de nuestras casas y que nos condiciona la vida. Eso sí que es costumbrismo. Ni Javi, ni Bea, ni Quique –el NPC-, ni Desita, ni Pancho, ni los enanos Tito y Piraña tenían una.
Stanley, sabemos que nunca viste Verano Azul, pero ahora entendemos tu metáfora.
Kubrick nos lo anticipó, pero no quisimos verlo. Lo que los críticos interpretaron en 2001: una odisea del espacio, como el símbolo de la supra inteligencia, no era más que un gigantesco iPad. Y bastante antes de Verano Azul. El maestro nos advertía con su monolito frío e inerte de que la verdadera ruptura vendría de manos de una manzana, qué cosas, pero no del paraíso precisamente. Y de esa niña, de la que no me sé ni el nombre, pero me la imagino en un pasillo de alfombra geométrica mirándome fijamente. Bueno, más bien, mirando fijamente a su tableta. O a su monolito.